Por: Conny García-Figueroa*
Abogada, Magister en Derechos Humanos y Justicia Constitucional
La violencia política rara vez comienza con un golpe o una agresión física. Comienza mucho antes, cuando una sociedad aprende a considerar que hay personas que valen menos que otras y que, por lo tanto, merecen menos derechos, menos respeto o menos empatía. Ese es el dogma más peligroso de nuestro tiempo.
Esta lógica ha encontrado en la política contemporánea un terreno fértil. Cada vez con mayor frecuencia, el objetivo de ciertos liderazgos no es persuadir mediante argumentos, sino construir una comunidad emocional alrededor de un enemigo común. La división entre un “nosotros” y un “ellos” deja de ser una simple estrategia electoral y se convierte en una forma de interpretar la realidad y de definir quién merece pertenecer y quién debe ser excluido.
Su éxito no radica únicamente en la capacidad de generar miedo o indignación, sino en un sofisticado proceso de lavado de imagen que convierte lo impresentable en aceptable y justificado. A fuerza de repetir una mentira, minimizar una agresión o justificar una conducta violenta, aquello que antes habría provocado el rechazo social termina pareciendo una simple expresión o una opinión más dentro del debate democrático.
Ahí están el ascenso de Donald Trump en Estados Unidos; el gobierno de Giorgia Meloni en Italia y, en América Latina, los casos de Jair Bolsonaro en Brasil y Javier Milei en Argentina.
En nuestro caso, las presidenciales han estado marcadas por el desplazamiento del debate político hacia la exacerbación de emociones, donde el miedo, el odio, la confrontación y la deslegitimación, o incluso, deshumanización del adversario, son los aspectos determinantes.
Más allá de un mediocre plan de gobierno de tres páginas, el candidato de la ultraderecha, Aberlardo e a Espriella ha instalado en el debate público afirmaciones que contradicen evidencia científica, como la idea de que existe una modalidad de fracking exenta de impactos ambientales; o empírica, como que la reducción sustancial del Estado conduce, por sí misma, a mayores niveles de eficiencia (OECD 2025).
El éxito de esta fórmula es tan evidente como preocupante. Pese a sus cercanos vínculos con el testaferro del régimen chavista, Alex Saab; a su defensa pública de abusadores de mujeres y niñas, como en el caso del pastor Gámez y narcoparamilitares como Salvatore Mancuso; a sus expresiones misóginas y reiteradas agresiones contra las mujeres, particularmente contra mujeres periodistas; a las dudas que rodean el origen y la dimensión de su fortuna; y las múltiples ocasiones en las que ha despreciado las tradiciones y costumbres del pueblo colombiano, Abelardo de la Espriella ha logrado construir una imagen de líder providencial. Ese es el verdadero triunfo de esta fórmula política: conseguir que los hechos pesen menos que la narrativa, que el escándalo o el ataque al adversario sustituya el debate y que la repetición constante termine por normalizar lo que, en una democracia, debería provocar un severo reproche ciudadano.
Imposible que no surja la pregunta: ¿cómo, pese a todos estos hechos, De la Espriella es hoy un opcionado para ocupar la Presidencia?
Una posible respuesta se encuentra en la psicología social. Leon Festinger, a través de su teoría de la disonancia cognitiva, explicó que cuando los seres humanos enfrentamos información que contradice nuestras creencias o identidades más profundas, experimentamos una tensión psicológica que tendemos a resolver no necesariamente cambiando de opinión, sino reinterpretando los hechos. Resulta menos costoso cuestionar la evidencia que admitir que aquello en lo que creemos podría estar equivocado contradecir nuestra estructura de creencias. Así, las contradicciones dejan de debilitar al líder y terminan reforzando la lealtad hacia él.
Hay otra dimensión de este fenómeno que me genera una profunda preocupación: el apoyo a este candidato no se ha construido a partir de una propuesta ideológica sólida, sino de la conversión del otro en enemigo. Su mayor éxito ha sido simplificar la humanidad de quienes piensan distinto y dividir la sociedad entre buenos y malos, patriotas y traidores. El adversario ya no es alguien con quien se discrepa, sino una amenaza para la identidad, el estatus y el orden propio. Y cuando el otro se convierte en una amenaza, cualquier agresión contra él empieza a parecer justificable.
La antropóloga Rita Segato, en Pedagogía de la crueldad, sostiene que la violencia no es un impulso espontáneo, sino una conducta aprendida y normalizada para preservar determinadas estructuras de poder. Su principal mecanismo es la deshumanización del otro. Trasladado al escenario político, esto explica por qué el primer paso consiste en despojar al adversario de atributos socialmente valorados, como el patriotismo, la honestidad o los principios morales, hasta convertirlo en una amenaza y no en un semejante.
Este mecanismo ha sido recurrente en la campaña de la ultraderecha. Y sus consecuencias son evidentes: cuando un candidato presidencial o una figura con amplio reconocimiento instala discursos de odio y violencia, contribuye a normalizarlos y legitimarlos. El siguiente paso es inevitable: justificar el daño, minimizar su gravedad o incluso celebrar la violencia, simbólica o física, ejercida contra quien ha sido previamente despojado de su humanidad. No estamos frente a una reconfiguración del debate político. Estamos frente a un dogmatismo de la violencia.
Por supuesto que las diferencias deben ser respetadas. De ellas se nutre la democracia y el debate público. Pero no podemos olvidar que el machismo, la misoginia, la homofobia, el racismo o el clasismo no son opiniones: son formas de odio. Y tampoco lo que se es se borra con un rosario al cuello o un discurso oportunista. Si el rechazo al otro nos lleva a justificar la crueldad, a minimizar la violencia o a convertirnos en cómplices de lo peor, entonces no estamos defendiendo unas ideas: estamos entregando nuestro criterio y nuestra conciencia al odio.
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