Escuchando nota
Por: José Arteaga
(X-Twitter: @jdjarteaga)
Se denomina Freemium a un modelo de negocio que ofrece servicios básicos gratuitos, al tiempo que se cobra dinero por servicios Premium o especiales. Este modelo nació en 2006 gracias a Fred Wilson, un inversionista de Wall Street especializado en plataformas Online. “Ofrezca su servicio en forma gratuita… y luego ofrezca servicios pagados de valor añadido”, decía. La fórmula Wilson, que no deja de ser una estrategia de venta perfeccionada, se popularizó en todo el mundo y justificó lo que un chico sueco llamado Daniel Ek llevaba entre manos.
Con sólo 20 años, Ek vio como el servicio de música Napster, que había sido un éxito global, cerraba definitivamente por problemas de derechos de autor, y vio que el mundo funcionaba siempre así: surgía una empresa pirata, se enriquecía ofreciendo servicios supuestamente gratuitos, era denunciada ante la ley y acababa cerrando. Los casos abundaban y había uno muy famoso, Megaupload. Así que Ek se dijo: “voy a crear un servicio que no infrinja la ley, pero cuyo costo para el público sea mínimo”. Y así nació Spotify.
Apoyado financieramente por Martin Lorentzon, Spotify negoció derechos de reproducción en Streaming con las compañías discográficas más grandes del mundo, por la sencilla razón de que sus catálogos eran inmensos. No fue sencillo porque Universal, Warner y Sony exigieron participación en la compañía a cambio de ceder sus licencias. Y como esas licencias cambian según el país y la región, Spotify fue lanzado en 2008 como una plataforma de Streaming, mediante App, sólo para cinco países europeos.
El éxito fue increíble. Los hombres de negocios vieron un modelo de negocio incontestable, las casas discográficas descubrieron un nuevo marco de acción y los músicos en activo entendieron que para triunfar había que meter allí sus canciones. Fue tal la avalancha de descargas de la App, que surgieron otras plataformas ofreciendo el mismo servicio, al tiempo que Spotify daba el zarpazo definitivo para convertirse en Freemium: las suscripciones de pago, sin publicidad, con descargas de canciones y otras prebendas.
Pero hecha la ley, hecha la trampa y ese negocio tan suculento se convirtió en objetivo de ciberataques continuos. El más peligroso, en 2020, con 350.000 usuarios afectados. Y ese fue el año en que las reglas del juego cambiaron para la compañía y para el mundo.
La pandemia y su confinamiento desató un furor por los podcasts. Todo el mundo quería hacer podcasts y todo el mundo quería escucharlos. Spotify adquirió una productora, Megaphone, y se metió de lleno al negocio, aunque con un problema adquirido. Resulta que un podcast (por ejemplo, el mío de Música y Mafia), puede utilizar decenas de clips de audio en cada hora de emisión; muchos de los cuales no están registrados según los estándares de Spotify. Sus motores no los identifican, de modo que esos podcasts no son aceptados, dejando fuera de su plataforma a millones de creadores alternativos.
En cualquier caso, el furor por el podcast decreció y Spotify reestructuró su empresa cerrando divisiones enteras dedicadas al tema. Y volvió a enfocarse en los lanzamientos musicales, ante lo que surgió un nuevo problema: los pagos de regalías.
Los artistas se empezaron a quejar porque los pagos por las reproducciones eran muy bajos, y porque Spotify había establecido una política de no monetizar canciones con menos de 1.000 reproducciones, atentando contra la continuidad de los nuevos músicos.
La cuantificación de visitas, reproducciones y canciones compartidas han sido la base del algoritmo de Spotify y la única manera de tener un control operativo de sus seguidores. Pero al mismo tiempo ha sido su punto débil.
Para la mayoría de personas ese algoritmo facilita la selección y búsqueda de canciones similares a las que te gustan, pero para para un número creciendo de personas es un condicionante a vencer. De tal manera, nos vamos alejando de opciones distintas. Alguna vez en esta columna cité el caso de María Mercedes Iturriaga, vicepresidente de Berklee College of Music, la escuela más prestigiosa de música en el mundo, quien decía: “Creo que el algoritmo de Spotify conmigo cortocircuita porque hay desde Bach hasta Kendrick Lamar, pasando por Celia Cruz o algún coro de voces búlgaras”.
Hace poco se ha desatado una nueva controversia porque la compañía estableció una serie de requisitos para tener un perfil de artista (un check verde, en términos suyos): tener al menos 10.000 oyentes mensuales de forma consecutiva durante tres meses; y tener más de 1.000 seguidores.
Desde luego es una condición que no pueden cumplir los nuevos artistas, los alternativos o los independientes. Es como hacer una sala VIP con prestaciones, o una “casita”, como hace Bad Bunny en sus conciertos. Separar en categorías a los músicos por número de likes, es socialmente anacrónico. Si existen categorías en la música estas son intrínsecas y se dan por la calidad musical, nada más. Y desde luego, tener más seguidores no es garantía de calidad musical.
Pero quien piense que esto es un problema del capitalismo moderno, se equivoca. En 1987 el Ministerio de Cultura de Cuba le encargó al licenciado Eliseo Palacios García que hiciera el “Catálogo de Música Popular Cubana”. De modo que se creó el Centro de Investigación y Desarrollo de la Música Cubana, y se empezó a evaluar por categorías a los artistas y bandas.
¿Para qué se hizo? Nadie lo sabe. ¿Qué criterios se siguieron para determinar que una banda con más de medio siglo de existencia no podía pasar de la categoría B, y un cantante recién aparecido en escena merecía la categoría A? Tampoco se supo. Esta selectividad burocrática tuvo que ser abolida algunos años más tarde, porque afortunadamente se desveló su carácter discriminatorio.
Es decir, estratificar la música no es bueno, y tarde o temprano a Spotify le pasará lo mismo que al Ministerio cubano.
Es verdad que Spotify, aunque no es el único reino (también existen Deezer, Qobuz o Tidal, entre otros), es el reino más poderoso de la música hoy en día. Y como tal ejerce un poder al que la mayoría se pliega. Es imposible desconocerlo y tiene, evidentemente, muchas ventajas de uso y funcionamiento. Los creadores de contenido, por ejemplo, encuentran más facilidades que inconvenientes.
Pero también es verdad que su modelo de negocio ha propiciado la categorización, privilegiando la popularidad por encima de la calidad. Lo que en el siglo XX hacían las emisoras de radio Mainstream, en el siglo XXI lo hacen las plataformas de Streaming.
Esa categorización va unida a un entramado funcional. Un artista Top en Spotify es un ganador seguro de un Grammy Award, y las entradas para un concierto suyo se vuelven excesivamente costosas.
Hoy por hoy Spotify tiene cinco tipos de suscripción para escucha: Free, Individual, Duo, Familiar y Estudiantil. Y un solo perfil para artista, que es el que está en discusión.
El otro asunto es el de la Inteligencia Artificial. Spotify cuenta con dos herramientas: DJ con IA, que es interactiva; y Playlist con IA, con descripción de texto. Hace poco firmó un acuerdo con Universal para que sus suscriptores puedan crear lo que ellos llaman “remezclas controladas”. Y ahí es donde entra el problema, pues no hay un filtro para las canciones creadas con IA. De hecho, es una forma de darle la bienvenida. El productor de Taylor Swift, Jack Antonoff, ha llamado a esto: “nuevas formas de simular que se crea arte”.
Esa delgada línea entre lo legal y lo pirata, que Daniel Ek vio en el mundo digital cuando creó Spotify, se está volviendo en su contra, pues no hay nada que atente más contra los derechos de autor y los Copyrights, que la música creada por IA. Un problema más a sus mil y un líos en este reino de la música.




