Dos libros.

Dos libros de música, uno recientemente en circulación y otro a punto de aparecer, hablan de Pasto y Nariño.

El primero se titula En El Mundo En Que Yo Vivo y es una obra coral editada y coordinada por Sergio Santana Archbold, un viejo sabueso de la investigación musical y uno de los más fecundos creadores de ensayos en torno a la música del Caribe, este caso en torno a la salsa.

El libro recoge como nació la fiebre por la salsa en cada una de las principales ciudades colombianas, y como se transformó en el fenómeno que es hoy. La pluma que ilustra Pasto es la de Daniel Olarte Mutis, otro viejo zorro de la melomanía, que ha pasado por todos los avatares salseros, desde creador musical hasta dueño de taberna. Ecuajey en su caso. ¿Recuerdan? Carrera 30A abajito de la 15.

De manera que el capítulo es una catarata de recuerdos de una ciudad que existió antes de la actual, una Pasto de peligros distintos a los de ahora, llena de galladas y reuniones esquineras, con mucha agitación nocturna, pero sin tanta balacera. Era la ciudad de los clubes, las tabernas y los encuentros casuales, de las discotecas que combinaban salsa y música disco, de aquellos locutores que Daniel enumera con detalle: Pablo Pinto, Hernando Guerrero, Carlos Enrique Pérez, Mario Enrique Miranda, Hernán Roger Villa, Moncho Benavides, Pollo Orbes…

Hago hincapié en ello, porque la salsa se ha mantenido vigente en la ciudad desde aquel entonces gracias al baile y a los locutores de radio, a la vez animadores, a la vez melómanos, a la vez coleccionistas. Daniel combina estos recuerdos de personajes con sus experiencias personales y eso es literatura.

Más allá de obras puntuales, la inmensa mayoría de libros escritos sobre salsa (y son muchos), son ensayos, crónicas y reportajes acerca de un fenómeno social y musical. Es más, diría que casi todos son biografías adaptadas de grandes artistas. Pero está muy bien. Es la consecuencia lógica de un género revolucionario, aunque aún queda mucho por ofrecer. Las vidas de Edy Martínez o Eduardo Maya, o si me voy por los linderos del bolero, de Tito Cortés, tienen mucho de novela. Llegará.

Ahora bien, el otro libro es diametralmente opuesto a este en su tratamiento. Se titula Legado Musical Nariñense y es el volumen 1 de una serie de obras inéditas para piano de los siglos XIX y XX. Su autor es Javier Martínez Maya, músico, productor y, siguiendo los preceptos de su ilustre padre, don Fausto Martínez, compilador y editor.

Se trata pues de una compilación de partituras originales escritas por compositores nariñenses nacidos entre 1875 y 1964, una auténtica antología que Javier ha recogido, interpretado y transcrito para esta serie de recoge lo que hicieron maestros muy poco conocidos por el gran público de hoy: Jeremías Quintero, Primitivo Burbano, Jesús Maya Santacruz, Conrado Hammerle, Dionisio Santander o Epaminondas Sarasti, entre otros.

O sea que aquí hay tres valores evidentes: uno, la investigación, porque ya me dirán ustedes lo que significa bucear en un mar tan profundo como el de la composición para órganos de iglesia y pianos de casa de Pasto, Ipiales, Túquerres o Las Lajas de hace cien años. Ahí si, como decía, Pachito Muñoz: ¡venga ese aplauso!

Dos, la historia. Nariño es tierra de música, lo sabemos todos. Pero siempre hemos valorado su música popular, sea regional, andina, rock, salsa o romántica. Sobre todo esta última por la enorme cantidad de tríos que existen. Pero ¿y las otras músicas? En la llamada “ciudad teológica” la música religiosa, por ejemplo, hizo parte de su desarrollo. Descubrirla es un deber y darle la importancia que se merece, una obligación. La música cristiana abarca muchos estilos y la música sacra es sinfónica casi en su totalidad.

Y tres, la educación. No hay nada como revisar el pasado para valorar el presente. Lo que hace Javier es lo que hizo don Fausto: enseñar. Nariño seguirá siendo semillero de músicos. Está en nuestro ADN. Pero esas nuevas generaciones necesitan saber como las antiguas construyeron una identidad nariñense. Así podrán saber cuales son los alcances del uso de la música folclórica en lo sinfónico, o el sentido de la música programática en la región. Hay un camino infinito.

De aplaudir ambos libros y que vengan muchos más.

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