El camino del viche

Después de un opíparo almuerzo nos ofreció un viche de plátano con un sabor exquisito. El almuerzo lo había preparado Milton Portilla (el director de cultura del departamento) y el viche lo había traído desde Soledad Curay, una vereda ubicada en una ensenada del Pacífico nariñense, en el municipio de Tumaco, a donde se puede acceder solo por embarcación.

El momento dio pie no solo para servir hasta la última gota de esta bebida espirituosa, sino para comprender el camino que han emprendido los vicheros de todo el Pacífico colombiano para llegar a un punto de no retorno en el reconocimiento de una tradición que viene desde los ancestros africanos, desarraigados de esas tierras con el propio cultivo de caña, para continuar con una explotación extensiva en unas tierras aún más fértiles; y para que sean los propios negros los que suelten los secretos de los productos de la caña.

Desde el África ancestral hasta nuestros días, toda la sabiduría de las minorías étnicas ha sido proscrita, mientras los beneficiarios no sean los esclavistas, colonizadores y castas dominantes, porque la tradición no cuenta; cuenta mientras las rentas públicas se vean engrosadas. Por eso mismo, el viche es ilegal porque no paga los impuestos: lo persiguen, lo decomisan y lo destruyen.

Por fortuna, a partir de 2019 el Ministerio de Cultura tuvo la feliz iniciativa de adelantar un proyecto con el cual se declararía Patrimonio de la Nación el viche, para proteger la sabiduría ancestral con arraigo en la costa pacífica colombiana, que incluye los saberes de la población negra en los departamentos de Chocó, Valle, Cauca y Nariño.

Y por supuesto, Milton, en su liderazgo cultural, no dejaría pasar la oportunidad para apoyar desde la Dirección de Cultura del Departamento de Nariño; de allí que se ha sumado a empuñar la bandera del reconocimiento patrimonial. La tradición pesa porque su historia se ha escrito con sangre y con la vida de quienes sucumbieron al sufrimiento del impostor. Es por ello que el significado del conocimiento ancestral en la aplicación de unas técnicas antiquísimas no puede perderse en el tiempo por el desprecio de quienes creen tener la superioridad en su sangre, y por eso vieron en el viche como algo de inferior categoría.

El más grande representante de esta tradición ‘vichera’ es don Onésimo González Biojó, un ingeniero estudiado en Bogotá que volvió a su tierra para darle impulso al rescate de esta tradición. Onésimo es un hombre con un espíritu particular que hace que toda la identidad de la cultura en la vida familiar y de su pueblo, gire en torno a él. No se puede hablar de viche sino se menciona a Onésimo, porque Onésimo es el viche y la marca del viche es Onésimo.

Nacido en la vereda Soledad Curay, donde creció, amó y soñó con una oportunidad para su pueblo, tuvo que sufrir lo indecible para evitar que su pueblo sea asediado por agentes del Estado que les destruían sus alambiques y cultivos de caña para impedirles que se conviertan en competencia de las industrias licoreras, estas con un producto desaliñado o aromatizado con químicos.

De allí que al viche lo empezaron a llamar despectivamente como ‘charuco’ con el propósito de manejar su desprecio. No obstante, el viche se levanta triunfante, aún en la ilegalidad. Conocedores de bebidas espirituosas lo califican como exquisito y digno de brindarse en los mejores restaurantes del mundo. Lo curioso fue que el viche empezó a ofrecerse en los restaurantes más destacados de Bogotá, e incluso llegó hasta Nueva York, y catadores lo llevaron a Europa.

En la actualidad el reconocimiento del viche como patrimonio está apunto de convertirse en ley en el Congreso de la República, con lo que los pueblos negros del Pacífico se revelarían en su espíritu para demostrar dónde están los saberes dispuestos a transmitirlos a las nuevas generaciones.

Valga la pena mencionar a algunas personas que impulsan este intento que está por arrojar sus frutos, como Marcela Aragón, desde la Escuela Taller Tumaco, y J. Mauricio Chaves Bustos, que ha sido un enamorado de los temas del Pacífico nariñense en sus saberes tradicionales.

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