Escuchando nota
Pablo Emilio Obando A.
Cada año se celebra en Colombia el DÍA DEL MAESTRO. Se envía, entonces, la tarjeta ocasional, el detalle de siempre o el saludo de tinte diplomático. Sus condiciones laborales se mantienen intactas, los recursos didácticos no aparecen y su salario no justifica tanta responsabilidad. Este día se convierte en uno más del calendario. Un día de asueto y nada más. La sociedad parece ignorar el compromiso con la educación y su profunda incidencia en el desarrollo de los pueblos. Se mantienen estructuras obsoletas y métodos desgastados.
Pero, hay algo profundamente inquietante en la escuela contemporánea. Algo que, aunque muchos docentes perciben en silencio, pocos se atreven a decir en voz alta por temor al señalamiento, a la incomprensión o incluso al linchamiento moral de ciertos sectores fanatizados. Y es el hecho de que, en pleno siglo XXI, todavía haya niños y adolescentes que llegan a las aulas convencidos de que la Tierra nació hace unos pocos miles de años, que los seres humanos aparecieron de manera instantánea y milagrosa, que la ciencia es sospechosa y que cualquier explicación racional sobre el origen del universo constituye casi una herejía.
Uno escucha entonces, en medio de una clase, a estudiantes defendiendo con apasionamiento la historia de Adán y Eva, la torre de Babel o ciertas interpretaciones literales de textos religiosos, mientras rechazan con agresividad las teorías científicas sobre la evolución, la cosmología o la formación de la vida. Y no se trata aquí de burlarse de la fe ni de irrespetar las creencias espirituales de nadie. El problema surge cuando el dogma reemplaza el pensamiento crítico y cuando la religión pretende ocupar el lugar de la ciencia dentro de la escuela.
Allí es donde emerge la gran pregunta: ¿cuál es el verdadero rol del maestro de hoy?
¿Debe el educador limitarse a repetir aquello que tranquiliza a las familias y evita conflictos? ¿Debe convertirse en una figura complaciente, incapaz de controvertir ideas claramente alejadas del conocimiento científico? ¿O, por el contrario, tiene el deber ético e intelectual de abrir ventanas hacia la razón, hacia la investigación, hacia la duda creadora y hacia el conocimiento verificable?
Porque no nos engañemos. Educar no es adiestrar creyentes obedientes. Educar es formar seres humanos capaces de pensar. Y pensar implica cuestionar, confrontar, investigar, comparar evidencias y aceptar que el conocimiento humano evoluciona constantemente.
El verdadero maestro no puede ser un simple repetidor de tradiciones. Para eso bastaría un eco. El maestro auténtico debe ser un sembrador de preguntas. Un provocador intelectual. Un constructor de conciencia crítica. A veces incluso un incómodo agitador de certezas.
Sin embargo, muchos docentes terminan atrapados entre el miedo y la conveniencia. Miedo a los padres de familia que consideran ofensiva cualquier mirada científica que contradiga sus creencias religiosas. Miedo a las directivas que prefieren evitar polémicas. Miedo al colega conservador que señala al profesor crítico como “conflictivo” o “peligroso”. Entonces aparece la autocensura. Y la autocensura, en educación, es una forma silenciosa de traición al conocimiento.
Así, en lugar de enseñar astronomía, se enseña resignación intelectual. En vez de promover el método científico, se fortalece la obediencia ciega. Y mientras otras sociedades invierten en inteligencia artificial, robótica, exploración espacial y pensamiento computacional, nosotros seguimos atrapados en discusiones medievales sobre si la ciencia contradice o no determinados relatos religiosos.
Lo más grave es que muchos niños poseen una curiosidad natural extraordinaria. Quieren entender el universo. Quieren saber qué son las estrellas, cómo nació la vida, qué existe más allá de nuestro planeta. Pero esa curiosidad termina asfixiada por discursos dogmáticos que les enseñan a temerle a la duda. Y cuando una sociedad le enseña a sus jóvenes a temerle a la duda, les está enseñando también a renunciar a la libertad intelectual.
El maestro del presente —y mucho más el del futuro— tiene que ser un puente hacia la ciencia y la tecnología. No un guardián de supersticiones. Debe enseñar a verificar fuentes, a distinguir evidencia de opinión, a comprender que la ciencia no es un enemigo de la espiritualidad, sino una herramienta humana para comprender la realidad.
La ciencia no exige fe: exige pruebas. Y justamente allí radica su grandeza.
Por supuesto, esto implica valentía. Porque enseñar ciencia en sociedades profundamente dogmatizadas puede convertir al docente en blanco de sospechas y ataques. Pero la historia demuestra que todo avance del conocimiento humano ha tenido que enfrentarse al miedo, al fanatismo y a la ignorancia organizada.
Hubo épocas en que afirmar que la Tierra giraba alrededor del Sol era considerado un sacrilegio. Hoy parece absurdo. Mañana quizá también parecerá absurdo que en ciertas escuelas se haya combatido el pensamiento científico para proteger interpretaciones literales de antiguos relatos religiosos.
El verdadero maestro no es quien domestica conciencias, sino quien ayuda a liberarlas.
Y quizás ahí esté la misión más noble de la educación: enseñarles a los jóvenes que ninguna idea —por sagrada que parezca— debe estar por encima de la razón, de la evidencia y del derecho humano a pensar con libertad.




