Escuchando nota
Por: José Arteaga
(X-Twitter: @jdjarteaga)
Ya sabemos lo evidente: que la crisis del petróleo, generada por el cierre del estrecho de Ormuz, tiene un efecto dominó que impacta en el transporte aeronáutico, marítimo y terrestre; y que esto genera a su vez, una escalada en los precios de turismo, hostelería y mensajería. Y que los precios en todos los sectores de consumo que dependen de cargas que se envían de un lugar a otro. También sabemos que el mundo aún no está lo suficientemente preparado para vivir de energías renovables.
Lo que no sabemos y apenas estamos asumiendo, es la consecuencia directa en la industria y la manufactura. Les cito un caso: la empresa japonesa Calbee ha anunciado que sus habituales bolsas de papas fritas y otros snacks empezarán a salir en blanco y negro, porque ya no tienen suficiente materia prima para hacerlas en color.
¿Se imaginan las estanterías de los supermercados colombianos en blanco y negro, porque las bolsas de Cheetos, patacones, ondinas, crocantes y demás ya no tienen ni verde, ni rojo, ni azul, ni amarillo para diferenciar los sabores limón, BBQ, natural y pollo?
Empaques como las bolsas de papas fritas están hechas de capas de plástico, aluminio y películas metalizadas que mantienen los alimentos frescos y protegidos. Pero la tinta de la decoración exterior de los diseños se hace con resinas derivadas de la gasolina, bencina o nafta. Y esta, como también sabemos, es un subproducto del petróleo.
Toda la industria petroquímica depende de la gasolina. Los plásticos y envases y las fibras sintéticas como el nailon o el poliéster, se hacen con etileno y propileno. Los solventes industriales como lacas, pinturas, adhesivos y quitamanchas se hacen con benceno, tolueno y xileno. Todos productos derivados de la gasolina.
No es un asunto menor. El etileno es el compuesto orgánico más producido en el mundo. Para crear plásticos masivos se lo somete a una polimerización, cuyo resultado es el que vemos en diferentes materiales cotidianos como las tuberías de PVC.
Colombia consume aproximadamente 225.000 toneladas de resina de PVC al año. La mayoría va a la construcción repartiéndose en tuberías, accesorios y cielo raso. Pero hay un gran porcentaje que se destina para fabricar suelas de zapato. El problema es que es tanta la demanda, que el mercado nacional no da abasto y esta resina de PVC (materia prima para su fabricación) se tiene que importar.
Es más, la empresa que fabrica el 50% de la resina de PVC nacional es mexicana: Mexichem, del grupo multinacional Orbia. El resto proviene de Estados Unidos y de China. Y a China le está afectando de lleno el cierre de Ormuz, con lo cual sus exportaciones empiezan a reducirse y países como Colombia comenzarían a verse afectados.
Ahí no para la cosa. Empresas que fabrican PVC con esa resina importada hay varias: Colombiana de PVC, Intraplas Colombia, Pavco Wavin, Polyvalle, PVC Gerfor, PVCOR y Tubosa. Estas generan cerca de 250.000 empleos directos, sin contar los 100.000 puestos de trabajo adicionales en la cadena de reciclaje del sector. Si hay menos resina, hay menos PVC; y si hay menos PVC, hay menos empleo.
El efecto dominó continúa en los sectores que afecta: está claro el de la construcción y el del calzado, pero es que también toca de lleno a un, de por sí, ya afligido sector de la salud. Con este producto también se fabrican bolsas de sangre, bolsas de suero, tubos endotraqueales, catéteres intravenosos, sondas nasogástricas, guantes de examen, mascarillas de oxígeno y envolturas de esterilización.
Y el tema de la salud nos lleva a hablar del otro derivado de la gasolina: el propileno, que es el segundo compuesto más utilizado en la industria química del mundo. En Colombia se usan 350.000 toneladas de polipropileno (derivado plástico del propileno) al año. La mayoría se procesa en Reficar, la Refinería de Cartagena (Reficar), que ofrece 1.000 empleos directos y 13.000 indirectos, y uno de cuyos principales sectores de abastecimientos son los niños, las mujeres y los ancianos. Pañales, toallas sanitarias y pañitos húmedos se hacen con polipropileno.
Ahora bien, ¿qué se fabrica con benceno? Pues miren, solamente en farmacéutica, se usa para crear principios activos y hacer la síntesis química del paracetamol o el ácido acetilsalicílico, de consumo libre habitual. ¿Y el tolueno? Lo mismo, principio activo para conservantes de cremas, pomadas, lociones y colirios. ¿Y el xileno? Pues como agente de limpieza y deshidratante en procesos hospitalarios.
Dicho todo lo anterior, sería equivocado considerar la crisis petrolera en Ormuz como un asunto demasiado lejano para Colombia. Las crisis globales son globales por algo. Durante la pandemia hubo una crisis de contenedores, que afectó el comercio e incrementó los precios de la mayoría de productos provenientes de Asia; y hubo una crisis de papel que afectó la industria editorial e incrementó el precio de los libros de texto en los colegios.
El asunto es que los efectos no se sienten de forma inmediata porque hay producciones locales, hay servicios planificados a largo plazo y hay stocks para un tiempo determinado. Pero el tiempo no se detiene y los conflictos tampoco lo hace, siempre se llega a un punto de inflexión. Y en ese punto es que suban los precios sin importar donde estés y si vives en un país desarrollado o en una sociedad en vías de desarrollo.
Colombia tiene en los próximos años un premio de montaña, como se diría en el argot ciclístico, fuera de categoría, que es una crisis energética generalizada, la que nos podría llevar a los tiempos de “La hora Gaviria”, cuando sufríamos apagones programados cada día. Por otro lado, el país ya viene sufriendo una caída estructural en la producción y la reducción de reservas de petróleo. Así las cosas, habrá una dificultad enorme para enfrentar una escasez de insumos y materias primas para todos los productos anteriormente citados.
Insisto. América Latina aún no está preparada para defenderse en su totalidad con las energías renovables. Por eso los gobiernos de la región mantienen posturas duales frente al tema, como Brasil. Allí, por un lado se lidera compromisos internacionales para la eliminación progresiva de combustibles fósiles; pero por otro lado, expande su producción petrolera. Un país que pudo ser líder en la materia como Venezuela, acabó lastrado por sus malos manejos.
Pero es indudable que hay que caminar en ese sentido. Según la BBC hay varias empresas de energía renovable que han crecido desde que estalló la guerra en Irán. La británica Octopus Energy ha subido en un 50% la venta de paneles solares y bombas aerotérmicas de calor. Las empresas danesas Vestas y Orsted han subido en ganancias por instalación de molinos de viento. Y la estadounidense NextEra Energy registró un auge de 17% en instalación de placas solares.
Un complejo panorama global que esperamos no se vuelva asfixiante.




