EL MORRITO. RECODO DE PESCADORES Y DE OLVIDO.

Fotografía: Julio Andrade

Por: Julio Andrade

Hace algún tiempo, tal vez dos décadas atrás, un octogenario residente en el Morrito, nos contaba según sus recuerdos extraídos del baúl de su memoria ya borrosa, de qué forma se había empezado a formar el caserío que hoy todos conocemos como el barrio El Morrito. Un barrio como tantos de nuestro municipio, lleno de inmensas dificultades y necesidades a las que a diario les buscan respuestas y solo obtienen el inmenso silencio de la noche.

Decía el personaje, que su memoria no le daba para recordar la fecha exacta, pues sus recuerdos a veces eran incompletos, pero estaba muy seguro, que fue un campesino de una de las desembocaduras de nuestra ensenada, que apunta de canalete en su potrillo había traído a su mujer enferma al hospital de las monjitas y cuando ya iban de regreso con la enferma aún convaleciente, esta le había dicho, que “ por qué no se quedaban en la punta de ese estero, que si ella volvía a recaer, les iba a tocar volver de tan lejos y quién sabe si la próxima vez, alcanzaría a llegar con vida”.


Sin pensarlo dos veces, el humilde hombre le hizo caso a su mujer y arrimó su potrillo al manglar y machete en mano con la destreza del hombre de campo en un dos por tres, cortó unas cuantas ramas del manglar y en menos de lo que canta un gallo armó un jurón, el plástico de la vela del potro les sirvió de techo, un petate, un trozo de majagua como cama y un toldillo que le habían regalado las monjitas para que en su vereda se protegieran de los mosquitos de patas largas, alas de zumbambico y zumbar de helicóptero.


Hoy ya no está este narrador de la historia del Morrito, pero encontramos a don Luciano Caicedo, el más veterano de los actuales moradores. 
Dice don Luciano que “cuando él llegó en el año 1965, ya habían 12 viviendas. Que el primero que había construido una casita de ver en ese sector había sido un señor de nombre Abelardo Hurtado. 

 

Él trabajaba con los ingenieros que construyeron la pista del aeropuerto y como vivía en Chapilar, le tocaba venir en potrillo todos los días, madrugar a las tres de la mañana y regresar a punta de canalete a las cinco de la tarde. Le pidió permiso al Ingeniero, para que le dejara hacer una ranchita de paja en el extremo de la cabecera de la pista, cerca de la playa junto a unas empalizadas donde moraban unos pescadores, para traer a su familia y no estar en ese ir y venir todos los días.

 

Posteriormente otro trabajador pidió en mismo favor y poco a poco se fue formando un caserío, pues familiares de los primeros empezaron a llegar y encontraron allí un lugar agradable cerca al pueblo y que se asemejaba mucho al lugar de donde venían.

 

Al principio era una especie de poblado campesino, con ranchos de paja, llenos de canastos de rampira para salir a cangrejear, canastos de ojos anchos para pianguar y atarrayas para pescar.

 

En la orilla abundaban potrillos de vela y canaletes, pequeñas redes y empalizadas de chonta para armar las atajadas. 

 

Cuando el caserío se hizo más y más grande un teniente del batallón que quedaba donde ahora están los gringos, nos quería sacar, porque decía que nosotros éramos un peligro para ellos y nos tocó organizarnos para reclamar y hacer valer ante las autoridades nuestros derechos que habíamos adquirido como poseedores de esos terrenos y no podíamos permitir que por capricho de un militar loco arruinara lo que con tanto esfuerzo habíamos conseguido. 

 

Se vivía en paz y tranquilidad, la brisa del mar, las tardes soleadas y las noches de luna llena, hacían de este caserío un verdadero paraíso.


Hoy El Morrito ya es un barrio de más de 200 viviendas y cerca de unos mil habitantes, en su mayoría pescadores y concheras.


En las tardes sabatinas y dominicales después de una buena rumba, se distraen los mayores con el juego del dominó y los muchachos con el microfútbol en la cancha que el municipio les construyó.

 

Cuentan con una escuela compuesta por siete aulas construidas las dos primeras por el gobierno nacional y las otras cinco por dos ex-alcaldes.

 

Dice don Luciano, que no cuentan con sistema de aguas negras y residuales, por lo que la mayoría de sus necesidades terminan en la orilla y en el mar.

 

Tampoco contamos con un puesto de salud que es muy necesario y cuando se enferman nuestros familiares o vecinos, por cualquier motivo debemos ir al hospital y si es en horas de la noche nos toca esperar a que amanezca y rezar para que el enfermo llegue al otro día, pues muchas veces nos toca madrugar es a la funeraria. 

 

La iglesia que teníamos era una choza en madera pero la curia la dejó caer y no la han vuelto a levantar, hoy sus escombros son un dormidero de perros y marranos. 

 

El agua del acueducto nos llegaba cada doce o quince días pero ahora ya vamos para un mes que no la vemos por acá. El carro de la basura si viene todos los días, pero tenemos la desdicha de que todas las basuras que tiran al mar en el centro de Tumaco, se vienen a nuestra playa y a nuestros esteros perjudicándonos no solo a nosotros sino a toda la población porque eso afecta al manglar.

 

Pero el mayor problema que tenemos es la vía de la entrada, que ya parece la entrada a Barbacoas. Cuando llueve no se puede pasar y cuando hace sol, el polvero nos enferma.

 

Del ruido de los aviones, ni se diga, ya ni nos afecta, ya estamos acostumbrados. Aquí desde que nacen los muchachos ya nacen medio sordos y así hasta que nos lleva quien nos trajo.

 

Acá vivimos con tembladera, cada que vienen los aviones del ejército parece un terremoto con huracanes, nos toca salir de las viviendas, porque nos da miedo que el techo se nos venga encima. Nadie se apiada de nosotros, enteramente a pesar de pertenecer y estar dentro del pueblo “vivimos en el olvido”.

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