Transformando desde el pensar/hacer en el pacífico colombiano

Fotografía: Andrés Arbelaez

Arturo Escobar es un intelectual colombiano, nació en Manizales, estudió ingeniería química en la  Universidad del Valle e hizo estudios de maestría en la Universidad de Cornell y de doctorado en la  Universidad de Berkeley. La siguiente entrevista fue realizada por Diana Marcela Gómez Correal en el 2012 y recoge una serie de conversaciones que tuvieron lugar en su residencia en Carolina del  Norte. Se trata de un documento excepcional sobre el proceso de descubrimiento y transformación  intelectual de este pensador de las ciencias sociales.

 

Su principal apuesta ha sido fertilizar el campo académico con experiencias integrales provenientes de actores culturales y políticos  profundamente imbricados con luchas locales, cuyas propuestas implican la defensa del  conocimiento sobre el territorio acumulado durante siglos, como sucede con el Proceso de Comunidades Negras de Colombia, PCN

 

Diana Gómez: ¿Y cómo entra en toda la discusión sobre teoría, práctica y academia el trabajo con el PCN,  con el Proceso de Comunidades Negras? 

 

Arturo Escobar: Yo creo que es fundamental desde ese punto de vista. Y de pronto podemos comenzar con  cómo llegué al Pacífico y al PCN. Yo no llegué al Pacifico a estudiar, entre comillas “cultura  negra”, ni movimiento negro, yo llegué al Pacífico porque después de terminar mi tesis de  doctorado, de meterme en esta cuestión del discurso del desarrollo, y la desconstrucción del discurso, me interesaba investigar formas de resistencia al desarrollo en la práctica. La primera  propuesta que escribí fue en el 91, simplemente se llamaba algo así como “respuestas afro  colombianas a la modernización”. Es decir, estaba lo afro pero no como afro mismo, sino como  respuesta al desarrollo. Y la hipótesis fundamental era muy sencilla. [Primero], se están creando  imaginarios sobre el desarrollo en el Pacífico que no tienen que ver nada con las culturales locales,  y va a ser devastador; segundo, las comunidades han presentado resistencia histórica a estos  procesos, y por eso quiero ir a ver y documentar lo que está pasando. Pero cuando llegué al Pacífico  Sur me encontré con dos hechos contundentes. El primer hecho contundente fue, y este fue el  inicial, la explosión de la preocupación por la biodiversidad, que llegó con Río 92. Yo llegué al  Pacífico en enero del 93 para hacer un año de investigación de campo con un grupo colectivo que  formamos muy bueno, de cuatro personas, incluida la socióloga Betty Ruth Lozano, el antropólogo  de Timbiquí Jesús Alberto Grueso, y mi amigo y colega de la Universidad del Valle Álvaro  Pedrosa. Y nos encontramos con todo el boom de la conservación de la biodiversidad, con el hecho  de que el Pacífico es una de las grandes reservas de biodiversidad del planeta, así como con los  planes para la conservación de la biodiversidad, Proyecto Biopacífico, y [con los planes] para el  “desarrollo sustentable” de la región, el Plan Pacífico, que de sustentable no tenía nada. El segundo  hecho con el cual me encontré fue que estaba creciendo un movimiento muy interesante, llamado  organización de comunidades negras en ese momento, y que luego se convertiría en el PCN, como  red de organizaciones de comunidades negras. En junio del 93 hicimos una reunión de un día  entero, donde participaron varias personas de la OCN [Organización de Comunidades Negras] de  Buenaventura en ese momento, especialmente Carlos Rosero y Libia Grueso, y otras personas que  siguen muy activas en el PCN, así como algunos intelectuales negros del Pacífico, por ejemplo,  Alfredo Vanín, que es un poeta y experto en tradición oral del Pacífico, oriundo de Guapi, y que  sigue muy activo. También estaban algunos comunicadores populares activos en el Pacífico, y un  par de académicos, incluyendo a Michel Taussig. De todo este primer año de trabajo salió un primer  libro colectivo sobre el Pacífico, llamado Pacífico: ¿desarrollo o diversidad? Estado, capital y  movimientos sociales en el Pacífico colombiano [Editorial CEREC 1996], que incluye una  colección de ensayos de académicos no afros, de intelectuales afros, y de activistas, incluyendo una  larga entrevista que hicimos en Buenaventura a final de año con el grupo de la OCN de esta ciudad,  donde discutimos muchos aspectos del movimiento.

 

La relación con el PCN se fue consolidando a través de los años, con altibajos no tanto por  desconfianzas, sino por falta de presencia mía en Colombia. Pero hicimos muchas cosas en  Colombia e internacionalmente, en Europa y Estados Unidos, sobre todo en los noventa, hasta el  2002, 2003. Luego vinieron unos años de menor actividad, entre otras cosas porque en Colombia se  desmovilizaron los movimientos por la represión uribista, en parte por razones personales mías. Sin  embargo, en los últimos tres años se ha vuelto a intensificar [la relación] a pesar de mis dificultades  de salud, y se ha vuelto una relación mucho más intensa, más estrecha y muy bonita para mí, y creo  que para alguna gente del PCN también. [El trabajo con ellos] es en realidad de lo que más me  anima. Entonces, para resumir, no llegué al Pacífico a estudiar cultura negra, sino a estudiar la  cuestión del desarrollo, y me encontré con la biodiversidad y con el movimiento de comunidades  negras. Y fue una fortuna haberme encontrado con ambas cosas, sobre todo con el movimiento, el cual desde ese momento se convirtió en mi referente de investigación y de pensamiento, pues me di cuenta que era un grupo de intelectuales no solamente súper comprometidos sino realmente brillantes, que estaban pensando cosas nuevas y que tenían un análisis político conceptual súper  sofisticado, yo diría que más sofisticado que el de los mismos académicos que estudian estas cosas.

Claro que este pensamiento no está escrito en textos explícitos o en trabajos académicos, pero existe  en reportes y de otras formas, en parte porque el escribir reflexiones teóricas no es práctica  cotidiana de los activistas ni hay condiciones materiales para hacerlo. Lo que empezamos a hacer  con ese primer libro, Pacífico: ¿desarrollo o diversidad?, y que he intentado continuar con el libro  Territorios de Diferencia [Editorial Envión, Popayán, 2010] fue precisamente establecer  conversaciones entre los conocimientos activistas y los conocimientos académicos, tratando de  construir sinergias entre ambos. Esta estrategia, para mí, tiene sentido epistemológicamente y es  enriquecedor, comparada con la estrategia académica más utilizada, que es la de proceder de la  teoría a la realidad, es decir, en este caso del canon teórico al análisis de los activistas. En  Territorios de Diferencia, me planteé la posibilidad de invertir el orden, es decir, comenzar de los  activistas hacia el canon teórico y enriquecer ambos desde ese punto de vista. La cosa es más  compleja de lo que puedo explicar en esta entrevista, pero este fue el principio básico.

 

DG: ¿Cómo te ha contribuido el trabajo con el PCN teóricamente, es decir, como se traduce esa interacción en lo teórico que tú has producido?

 

AE: Comencemos con un ejemplo. Uno de los conceptos básicos del libro, Territorios de  Diferencia, es el concepto de territorio-región, es decir, la afirmación de que el Pacífico es un  territorio-región de grupos negros. Ese concepto surge de los movimientos a lo largo de varios años  de conversaciones entre indígenas y movimientos afros en el Pacífico, y que culmina en una reunión  en 1995, en Perico Negro, un sitio en el Valle, donde los activistas indígenas y afros logran una  articulación contundente del concepto. Luego el concepto se va refinando en varios espacios, incluyendo un taller que hicimos con Libia Grueso durante toda una semana, realizado en  Buenaventura en 1998, sobre lo que llamamos diseño ecológico de ríos; el objetivo del taller era contribuir al proceso de ordenamiento territorial que todas las comunidades de los ríos y las municipalidades del Pacifico tenían que hacer por mandato del Estado. El PCN ha tenido unos  grandes aciertos, así sean cuestionables desde ciertos puntos de vista, como todo, pero yo pienso  que históricamente han sido grandes aciertos, por ejemplo, aquello de apuntarle a comienzos de los  noventa a la diferencia cultural como uno de los principios fundamentales de la lucha. No luchamos  por inclusión, no luchamos por desarrollo, no luchamos por convertirnos en ciudadanos  colombianos, luchamos por el derecho a la diferencia y desde esta perspectiva el derecho al  territorio. Desde el 93 [el PCN] logró la articulación de los cinco principios fundamentales de su  lucha. Es impresionante como se ha mantenido la consistencia de esos principios, a pesar de que se intervenciones están los cinco principios, que son los que rigen la práctica política del movimiento.

 

[Estos] son: identidad, el derecho a ser negro, a una identidad negra. El derecho a un territorio, espacio para el ejercicio del ser y la identidad. El derecho a cierto grado de autonomía en lo político-organizativo. El derecho a una propia visión del futuro y del desarrollo. El quinto derecho es una declaración de solidaridad con las luchas afros de todo el mundo. Esos derechos, en parte, marcan la organización del libro Territorios de Diferencia. Entonces, por ejemplo, ¿el territorio con que lo vinculó en las literaturas más académicas?, con la cuestión del lugar, la defensa del lugar; la diferencia obviamente con la producción de teoría sobre identidades. Entonces, ¿qué es la identidad, cómo se teoriza? Allí introduzco el debate entre constructivismo y anti esencialismo. Lo del territorio también lo vinculó con el concepto de redes, que aparecen en la práctica de PCN en términos de la decisión de meterse en redes internacionales de movimiento. Hay una elaboración de por qué lo hacen, clara y contundente, y desde ese punto de vista hay una contribución real conceptual, y política, y de gran claridad política, de por qué se lucha y por qué se avanzan determinadas estrategias.

 

DG: Entonces esa relación te ayuda para que los conceptos tomen cuerpo, algunos que vienen más de ti, de la academia, y otros son producto más de esa interacción. Y sobre lo que estás trabajando de ontologías relacionales, ¿la relación con el PCN te ayuda a pensar y a trabajar el concepto?

 

AE: Y [los conceptos] resuenan desde allí, desde la interacción, toman por lo menos ciertos matices con la interacción. Si fuera puramente teórico sería diferente. Para mí el trabajo que surge de esta manera es más contundente, es más enraizado en una realidad, en una lucha.

 

DG: ¿Y cuáles crees que son tus contribuciones al PCN?

 

AE: Bueno, eso está en un footnote (pie de página) del libro, eso aparece por allí, y en realidad tendrías que preguntárselo a ellos y ellas. La contribución se da en campos muy pragmáticos. Pienso que he contribuido a visibilizar situaciones concretas, sobre todo situaciones difíciles de riesgo, desde mediados de los noventa, alrededor de la minería de oro en los ríos, violaciones de derechos humanos, escribir cartas de denuncia, visibilizar procesos, establecer conexiones entre gente del PCN y ONGs de derechos humanos en Europa y en Estados Unidos, esto en menor grado, [pues] ellos tienen sus propias redes de conexiones y demás. También he colaborado en generar algunas posibilidades de financiación de proyectos que hemos hecho más o menos conjuntamente, escribir las propuestas, etc. Uno de estos proyectos, de los más importantes, se implementó entre el 2000 y el 2005 en el rio Yurumangí y en unas haciendas recuperadas del Norte del Cauca, y se enfocó en lo que hoy llamaríamos soberanía o autonomía alimentaria, y estaba orientado a fortalecer sistemas productivos tradicionales y al mismo tiempo fortalecer las organizaciones locales. Luego ha habido otros grants (financiaciones) más pequeñas por aquí y por allá, algunos premios, cosas por el estilo, en que he participado en alguna medida. En los últimos años mi colaboración se ha centrado en la campaña internacional en defensa del Pacífico, incluyendo la creación del Grupo de académicos e intelectuales en defensa del Pacifico Colombiano, GAIDEPAC; con este grupo hemos hecho algunas intervenciones que sabemos que se han notado. Tú participaste en una reunión del grupo aquí en Chapel Hill. Hemos hecho varios eventos parecidos en Colombia, tanto en Bogotá como en Cali y en Manizales, donde hicimos un evento de dos días que salió muy bien este verano pasado del 2012, con mucha participación de activistas jóvenes de PCN e indígenas del Norte del Cauca, aunque muy pocos académicos. Hemos hecho algunas cartas y denuncias claves en los últimos tres años alrededor de toda la cuestión sobre consulta previa y el consentimiento previo, libre e informado, y cartas para visibilizar lo que está pasando con el extractivismo en el Pacífico. O sea,  siento que mi relación con el PCN se vuelve más íntima y más cercana en los últimos dos años y  medio, a pesar de mi enfermedad. Esto incluye nuevas colaboraciones y nuevas colaboradoras,  especialmente del Palenque Alto Cauca. Pero yo no me doy crédito por nada de esto, el crédito es  todo del grupo que persevera en su lucha, como las comunidades mismas, con tenacidad,  inteligencia y dignidad. Esto no es propaganda, ni para ganar puntos con ellos y ellas, sino que es  sinceramente lo que pienso. 

 

DG: ¿Y tú crees que les has ayudado a pensarse? 

 

AE: Es una pregunta un poco más difícil para mí de saber. Quizás un poquito o en algunas cosas. Sé  que algunos de los jóvenes leen los trabajos y se entusiasman, y les gusta conversar conmigo  cuando yo estoy allá. No sé, yo creo que en algunos casos sí, y en algunos casos no. Y en los casos  en que no, lo digo no porque no les interese o porque sean tercos, sino porque son gente tan brillante y tienen un análisis tan agudo qué el trabajo académico no es que les contribuya mucho  sinceramente hablando, y me parece que eso está muy bien. Pero para ciertos temas o aspectos del análisis de las situaciones siempre han estado abiertos al diálogo con la academia y a aprender de  esta.

 

DG: ¿Crees que has ejercido una capacidad crítica con el movimiento?

Arturo: No, y nunca me ha interesado, y no creo que sea mi papel. Desde una academia convencional hay que hacer la crítica a los movimientos o sino es romantizar. A nosotros, por  ejemplo el trabajo que hemos hecho de movimientos sociales con Sonia Álvarez, los dos primeros  libros que hicimos, nos decían: “¿bueno, ustedes porqué no hablan de los aspectos malos de los  movimientos buenos ni de los movimientos malos?” Y yo digo: “si, es algo que está bien, si hay  académicos que lo quieran hacer adelante, a mí no me interesa, ni creo que es mi papel.” Ahora  bien, en conversaciones personales con PCN o en eventos pequeños a veces se dan discusiones  interesantes sobre diversos temas, pero no en publicaciones académicas. Me parece que abordar una  posición de crítica a los movimientos es adoptar un papel político complicado, especialmente en momentos en que pueden ser susceptibles de convertirse en objetivos y esas críticas pueden ser usadas para desactivar los movimientos.

 

DG: Y ponerlos en riesgo.

AE: Exactamente. Yo he criticado algunos académicos que han adoptado esas posiciones. A mí me interesa más potenciar las cosas interesantes que hablar, al menos públicamente, de los problemas, algunos de los cuales conozco por mi nivel de participación en el grupo. En los noventa me acuerdo  de algunos activistas del PCN, sobre todo de mujeres, [diciendo:] “¡es qué la ropa sucia se lava en casa!.” Sobre todo en relación con académicos y académicas que tomaron posiciones críticas con cuestiones importantes, tales como el género en el movimiento o en relación con académicos que criticaban a los activistas pues supuestamente no representaban realmente a las comunidades, “cuya realidad”, decían estos antropólogos, “nosotros sí conocemos”. Y claro, esa es una pregunta importante, la distancia entre los movimientos y los grupos de base. Yo nunca he escrito sobre eso, ni me interesa. Yo digo: “yo trabajo con un grupo de activistas que tienen relación directa, concreta y más o menos estrecha con esos procesos pero que no son de allí,” eso sí lo digo, la mayoría no son de allí y ya no están en los ríos, en gran medida porque no hay condiciones de seguridad mínimas para que puedan hacerlo. 

 

Sí desea leer la entrevista completa la puede encontrar aquí: http://www.colombianistas.org/Portals/0/Publicaciones/Entrevista_A_Escobar.pdf

 

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