Las elecciones presidenciales y la demás en general, no pueden ser observadas como una competencia entre candidaturas. Lo que está en disputa es más profundo que un pulso por quien tiene más gente. Estamos hablando de la posibilidad de continuar transformando un país construido sobre la desigualdad o permitir que las viejas élites recuperen plenamente el control del Estado para restaurar el orden de sus privilegios.
Durante años nos dijeron que Colombia debía acostumbrarse a la pobreza, a la violencia y a la concentración obscena de la riqueza, bajo la lógica del “así ha sido siempre “. Nos hicieron crecer con la idea de que la exclusión era inevitable, que el campesino debía resignarse al abandono, que los trabajadores debían aceptar la precarización por que afortunadamente se tiene trabajo y que las víctimas debían conformarse con la indiferencia institucional. Lo triste es que ese modelo no fracasó, las élites cumplieron exactamente el propósito para el cual fue diseñado. Durante dos siglos garantizaron la acumulación de riqueza para unos pocos mientras millones sobrevivían en condiciones de incertidumbre.
Es en este escenario donde tiene relevancia la propuesta política de Iván Cepeda. No porque represente una apuesta revolucionaria con el sistema económico, sino porque identifica con claridad los problemas estructurales que han impedido la democratización del país y plantea la necesidad de profundizar transformaciones que apenas han comenzado. Aquí, vamos a conocer las principales propuestas.
1- la llamada revolución ética es un asunto mayor. La corrupción no consiste en funcionarios robando recursos públicos, que es la noción primaria que tenemos, es, en realidad, una forma de dominación política mediante la cual grupos económicos y mafias capturan instituciones enteras para ponerlas al servicio de intereses privados. Por ejemplo el caso de Agro ingreso Seguro que se robaron miles de millones de los campesinos. Cada peso que desaparece en contratos amañados, intermediaciones innecesarias o favores políticos, es un recurso que deja de llegar a una escuela, un hospital o una comunidad. Combatir la corrupción es también disputar el poder.
2- La propuesta social apunta hacia una verdad que durante años fue presentada como una amenaza. Los derechos no pueden ser privilegios. La salud, la educación, la pensión y el trabajo digno no deberían depender del tamaño de una cuenta bancaria. Una democracia que permite que millones de personas queden excluidas de condiciones básicas de existencia es una democracia incompleta. Y no se trata, como algunos dicen: “Quieren todo regalado” esa afirmación es contraria a toda la esencia de el preámbulo constitucional, “Colombia es un Estado Social de Derecho”.
3 – Especial atención merece la Reforma Agraria. Colombia sigue siendo uno de los países con mayor concentración de la tierra en América Latina. Es decir, no se trata únicamente de una injusticia económica, de una falta de distribución, no, es una de las raíces históricas de la violencia política. Allí donde la tierra se concentra, también se concentra el poder. Democratizar su acceso significa abrir posibilidades para el desarrollo rural, fortalecer la soberanía alimentaria y reconocer el papel estratégico del campesinado en la construcción nacional.
4 – La paz ocupa igualmente un lugar central, de suma importancia histórica. Sin embargo, la paz que plantea Cepeda trasciende la firma de acuerdos o el silenciamiento de los fusiles. La paz exige transformar las condiciones sociales que alimentan la guerra como la exclusión, la pobreza, la ausencia estatal y la captura criminal de los territorios. Mientras estas causas persistan, la violencia encontrará nuevas formas de reproducirse. Por lo tanto, los caminos para la paz no son con más guerra, son con inversión social y sin reducir el Estado.
5 – En materia económica, la discusión es igualmente necesaria. Colombia figura entre los países más desiguales del continente y del mundo, está afirmación puede basarse en el coeficiente de Gini qué mide la desigualdad en la distribución de los ingresos, donde 1 es total desigualdad y 0 plena igualdad, Colombia tiene un coeficiente de 0,55. Resulta difícil hablar de libertad cuando la riqueza se encuentra concentrada en pocas manos y amplios sectores de la población carecen de oportunidades. Por eso, la idea de una tributación más progresiva y una mayor inversión social no constituye una amenaza para la democracia, por el contrario, busca crear las condiciones materiales que la hagan posible. Y en términos de quien va tributar en un país tan desigual, la carga fiscal no puede caer en los hombros de los más necesitados.
6 – La protección ambiental también adquiere una dimensión estratégica. Defender los páramos, las fuentes hídricas y los ecosistemas no es un capricho. Es una cuestión de supervivencia colectiva. El modelo extractivo (Fracking, minería a cielo abierto) ha demostrado su capacidad para generar ganancias privadas mientras socializa los costos ambientales y humanos sobre las comunidades. No podemos primar el negocio de unos, sobre el derecho de habitar sanamente de todos.
Por supuesto, las propuestas de Iván Cepeda pueden ser debatidas, cuestionadas y perfeccionado si se quiere, por parte de posible aliados. Esa es precisamente la esencia de la democracia. Lo que resulta cada vez más difícil de defender es el modelo que durante décadas produjo desigualdad, desplazamiento, corrupción y violencia, y que ahora pretende presentarse nuevamente como la única alternativa posible.
La pregunta que enfrentará el país no será simplemente quién ocupará la Casa de Nariño. La verdadera pregunta es si Colombia continuará avanzando hacia una sociedad más democrática, más justa y más participativa, o si permitirá que quienes históricamente concentraron la riqueza y el poder recuperen el control absoluto de las instituciones.
La disputa no es únicamente electoral. Es una disputa por el sentido mismo de la democracia y por la posibilidad de que la verdad, la justicia social y la participación popular dejen de ser promesas para convertirse en realidad.




