En España, colombiano A. Prado Lima gana “Premio César Vallejo de Literatura”

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El 20 de marzo de este año, el periodista y escritor nariñense Arturo Prado Lima recibió el Premio Literario César Vallejo, en Madrid, España, otorgado por la “Asociación de Artistas, Creadores y Escritores en Defensa de los Derechos Humanos”. Prado Lima (apellidos no comunes en nuestro Sur) es dueño de una historia personal al mismo tiempo que impetuosa, enternecedora. Y como es un poeta, su narrativa está atravesada por la esencia de esa macabra experiencia, que transforma en poesía, del día a día de cada día y así la consignó en su primera novela, conmovedora que, injustamente, no ha tenido el reconocimiento y difusión que merece.

Y trabaja en silencio, como lo hace un ebanista (midiendo, señalando,cortando, moldeando, clavando y puliendo) o como los campesinos de su Chambú, distante y cercano de sus dedos entre su tierra húmeda. Y digo esto, porque nuestro Dpto. de Nariño se nos ha venido “llenando” de personitas que han tomado en la opción de la literatura, no la de la reflexión en búsqueda de la esencia del ser humano en su tierra y con su sol, sino como una elección de volverse importantes y famosos, a punta de “me gusta”, de banalidades difundidas en las redes sociales y garrapateadas en las tardes de sábados u otros momentos de “desparche”. ¡Fatuos!, “caspas”, los llamaría el poeta Helí Ramírez. Pero parece que no es sólo de hoy; ya Vargas Llosa señalaba en El País (21.IX.97): “…los jóvenes impacientes y cínicos de hoy … aspiran a tocar la gloria a como dé lugar, aunque sea empinándose en una montaña de mierda de elefante”.

En febrero de 2014, me permití escribir una reseña de la hasta ahora semiclandestina y desgarradora novela “La guerra sigue llorando afuera”, desgarradora porque es contada desde adentro de los acontecimientos, buscando como dije la esencia poética que esconden los hechos de la realidad y que, nosotros los comunes y corrientes, no vislumbramos, sino sólo nos empapan las atropelladas noticias, y el poeta, cuando es verdadero poeta nos los enseña.

Aquí la reseña en mención:

‘No hay soledad más espesa que la del hombre que va a entrar definitivamente a la guerra’, contundentemente señala de Alba, uno de los personajes de esta novela del nariñense Arturo Prado Lima (Chambú, 1960), es posible que alter ego de Prado Lima. Las expresa un soñador “letrado”, un estudiante a quien le duele “este país de mierda” al que ha salido a conocer arriesgándose más allá de los límites de su universidad en un autobús que recorre las carreteras patrias, comiendo, sufriendo y amando perdido entre las gentes, y que termina enredado en la guerra de guerrillas.

“En lo personal, conocí al periodista Prado Lima una tarde-noche en ese Sandoná que vive por siempre en mi corazón; lo conocí (¿?) entre vapores de vino y ron, cuando él se desempeñaba como periodista de medios de Pasto y Bogotá. Aún no era uno de los 2.556 amnistiados de la fracción del Ejército Popular Liberación (EPL) que dejó las armas a cambio del indulto y la amnistía en 1991, en el gobierno de César Gaviria. Jamás volví a saber de él hasta que el semi sandoneño Jaime, un amigo común, me proporcionó un ejemplar de La guerra sigue llorando afuera (Imprenta Nacional de Colombia, Bogotá. Junio 2001), ejemplar al que le falta desde la página 225 a la 240, a pesar de que su edición fue supervisada por el funcionario nacional Jaime Gutiérrez Hernández, según los créditos iniciales (o quizá por esa misma causa, vaya uno a saber). Hoy, por la magia tecnológica, somos vecinos en Página10.com, un periódico virtual originado por dinámicos jóvenes desde Pasto, aunque él vive en Europa.

“La novela es una prolongada pesadilla que hace la radiografía y la disección de la corrupción, las ambiciones arribistas y el manejo del poder con todas sus bajezas al interior de una agrupación guerrillera -todo esto mirado desde adentro-, desde sus mínimos combatientes hasta sus míticas y enigmáticas cúpulas. Prado Lima recurre a la construcción onírica con lenguaje poético, casi siempre el surrealista y barroco propio de los sueños, que puede llegar a marear a aquellos lectores afanados, quienes no tienen tiempo para reflexionar con pausa sus sentencias de poeta -recordemos que todo verdadero poeta es un profeta moderno- que también lo es. Difícil manejar esta técnica en un trayecto de 385 páginas sin llegar al abuso o al error. Prado Lima lo logra, así se le pueda señalar alguno que otro exceso.

“Cada capítulo es una etapa de la vida del combatiente: de simpatizante a militante y de aquí a combatiente-guerrillero. ¿Cómo va cayendo cada uno en el remolino de la guerra?  Unos la escogen conscientemente. Otros no tienen opción diferente. A todos los arrastra esa vorágine: a unos lejos, a otros cerca; la muerte se encarga de marcar parada para unos, allí mismo por donde los otros pasarán de largo no se sabe hasta cuando; el fragor de los combates impresionantemente descritos tanto en las tomas que ejecutan como en las emboscadas que reciben o sufren. La angustia siempre. El amor urgente, porque el mañana no cabe en su mochila combatiente; otra vez la angustia. Lo políticamente correcto ordenado desde la cúspide de la pirámide. La duda, que tampoco cabe en la mochila ni en el corazón; otra vez la angustia. Debes matar a tu amor o a tu amigo porque es la orden. O quizá tú eres el objetivo esta vez; de nuevo la angustia. El Comando Nacional no se equivoca jamás. ¡Jua, jua, jua!

“Pero si empezar la guerra es difícil, como dice Prado Lima por boca de Gustavo de Alba al iniciar esta reseña, soñar con arañar la paz es casi imposible. En la novela lo saben los combatientes que disciernen. Y en la vida real, quienes lo sufrieron. Con ataques y asesinatos de lado y lado, como ocurrió con los excombatientes del EPL, cuando á. Raúl Reyes (Farc) propagó el rumor de que su principal líder de la desmovilización, Bernardo Gutiérrez, lo hizo para asegurarse una curul en el Congreso y con el dinero de los hermanos Castaño, según Wikipedia. Comenzar la paz es otra guerra. Lo vemos cada nuevo gobierno. Hoy como ayer son las mismas razones: comprensibles las de las víctimas; respetables las de quienes temen no sólo la impunidad sino “la repetición de la película”; abominables las de quienes las usan con cualquier excusa sólo para satisfacer sus apetitos personales de poder económico o político (o ambos, como es lo común y en nuestro país tienen conocidos y reconocidos nombres propios).

“En La guerra sigue llorando afuera se necesitó otra guerra para el proceso de paz. Algunos no lo culminaron; por eso su bello título, porque -no me canso- Arturo es un poeta. ¿Material para otra novela?”.

Esta fue la reseña de 2014. ¿Qué me motivó a traerla hoy? La esperanza de que quienes manejan los hilos de la cultura de Nariño y Pasto, la rescaten. Me han contado que hay una persona en Pasto, un periodista inteligente e independiente, que aún tiene (¿tenía?) algunos ejemplares. Ojalá la distribuyamos en las bibliotecas de Pasto y Nariño. 10.IV.24

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