Especies amenazadas

Cantabria en España me recuerda mucho a las montañas de Boyacá y Nariño. Es una región que respira un aspecto indomable con todos sus matices de verde. Y al igual que sus émulos colombianos, Cantabria sufre por la falta de nuevas legislaciones que defiendan su marco natural. Por eso, la aprobación del Plan de Recuperación del Oso Pardo, especie en vías de extinción, fue tan celebrada.

Resulta que hay un plan protector desde hace 30 años, pero está desactualizado. Y es que los factores que amenazan a la especie han cambiado, así como los protocolos de actuación. Está, por ejemplo, el cambio climático. El calentamiento irremediable y paulatino de la tierra hace que los ríos se sequen, que la flora disminuya y que las zonas donde estas especies habitan, se vean reducidas ostensiblemente. Por eso, dicen, hay que consolidar un núcleo reproductor estable para su protección.

En fin, que viendo lo que hacen allí, pienso en nuestro querido oso de anteojos, especie también en peligro de extinción, habitante de 23 de los 59 parques nacionales naturales de Colombia, y auténtico rey de la Reserva Natural de La Planada, en Ricaurte.

Puede que en la desactualización de las leyes protectoras esté el meollo del asunto sobre la conservación de esta especie. Pero también es verdad que hay una enorme falta de conocimiento sobre el animal, sobre su territorio y sobre su importancia. Su fotografía es símbolo de Colombia, pero toda la simpatía que despierta entre niños y entre personas de otras partes del mundo, se traduce en rechazo entre sus vecinos humanos. Las cifras indican que en diez años se ha reducido en un 50% el número de ejemplares y se cree que ese porcentaje aumentará por diferentes motivos humanos y ambientales.

El motivo más reciente es El Paro. La situación está modificando los hábitos de todos los habitantes del campo y, por ende, de los animales. La conservación de esos parques se ha complicado y la presencia del oso en sectores habitados por humanos se hace cada vez más notoria. Y cuando se lo ve, nadie dice “¡qué bonito!”, sino “¡qué miedo!”, y al miedo sigue la agresión.

Al parecer, hay una tendencia humana a invadir las zonas protegidas y parques naturales para sembrar allí productos como maíz. El oso acude allí, por supuesto, en busca de alimento, y por eso es atacado. Lo curioso es que el origen de ambos problemas es el mismo: la tala de árboles, bien sea por procesos industriales o por iniciativas criminales para sembrar coca.

En suma, que esto pasa con el oso de anteojos, pero también con las 42 especies de mamíferos consideradas, o bien en peligro crítico de extinción, o bien en peligro, o bien proclives a desaparecer en Colombia. Entre ellas, el delfín rosado, el jaguar y el tití cabeciblanco. Lo anterior, según el último informe de Conservación Internacional ¡de 2006! La actualización de la estadística es tan vital como la de las leyes.

Hay un interés por parte del Instituto Humboldt, la Asociación Colombiana de Zoología y la Sociedad Colombiana de Mastozoología para actualizar la lista de especies protegidas, pero estaría muy bien que también la legislación existente sea actualizada, sobre todo por el otro gran delito que es el tráfico de animales.

De acuerdo con la Asociación de Corporaciones Autónomas Regionales y de Desarrollo Sostenible, Colombia, aunque es el segundo país del mundo con mayor biodiversidad, también es uno de los primeros (después de los africanos) en tráfico ilegal de especies. La situación viene de lejos. Basta recordar la época de los grandes capos de la droga y sus excesos.

Y luego está lo que anotábamos. La falta de educación sobre el animal. En el caso del ojo de anteojos, hace algunos años se encontraron varios osos envenenados en Santander, porque un grupo de personas los consideraban dañinos y peligrosos. Nada más lejos de la realidad. Y otro grupo creía que su grasa ofrecía poderes curativos. Nada más nocivo que dicha creencia.

Como dijimos en su momento en esta columna, el oso es dispersor de semillas y ayuda a regenerar el ecosistema y crear microambientes. Son omnívoros y se alimentan por lo general de plantas, hojas y frutos secos. El poder curativo de su grasa es una creencia ancestral, pero de ahí a matarlos hay un trecho muy largo y una actitud innoble y delictiva. La pena, sin embargo, es de uno a tres años de prisión, con lo cual puede ser excarcelable. Esa es la actualización necesaria de la ley.

Hay un programa de conservación elaborado por el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, pero sólo quedan 5.000 osos de antejos en toda Suramérica. Su situación va a ser crítica en breve tiempo. Por eso la idea que cobra cada vez más fuerza es trabajar con el Ministerio de Educación y enseñar a los niños a conocerlos mejor. Si ese conocimiento se da, investigadores como los del Instituto Humboldt tendrán más fácil su tarea de recopilación de datos.

El apoyo de las universidades es vital para ello, así como la tecnología. En este momento hay 60 universidades y ONG implicadas en el tema en Suramérica, pero deberían implicarse todas. Y mientras, que se actualice la ley, insisto. Los alrededores de La Planada, donde está el oso de anteojos en Nariño, es una zona muy sensible y peligrosa por la siembra de coca, y hay zonas indígenas a las que no se puede acceder. Allí hace falta diálogo y acción.

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