Por Tirso Benavides Benavides
Existe una vieja ilusión que pretende consagrar al deporte como territorio sagrado, un oasis de neutralidad donde las pasiones humanas se depuran en nombre del juego limpio. Nada más falso. La política, para bien o para mal, es el tejido conectivo de la sociedad, todo lo toca, lo impregna, define nuestras libertades y también nuestras prisiones. ¿Cómo podría el fútbol —el fenómeno de masas más grande del planeta— escapar a esa ley de gravedad social? No lo hace. El campo de juego no es un refugio de la realidad, sino un espejo que amplifica nuestras batallas geopolíticas, nuestras taras ideológicas y la inagotable codicia del poder.
El Mundial que se juega ahora lo confirma partido a partido, declaración a declaración, camiseta a camiseta.
Empecemos por casa, que es lo que más nos duele. Colombia, eliminada de la cita mundialista, no ha logrado sacudirse la sombra de la política en su relación con el balón. Ahí está el doloroso episodio de Jáminton Campaz, señalado injustamente por una ocasión fallada ante Suiza y sometido después a amenazas tan graves, contra él y su familia, que ni siquiera pudo tomar el vuelo de regreso con sus compañeros. Y ahí está también la trinchera de las redes sociales, desde donde el presidente Gustavo Petro, en un trino cuestionable, le recordó a Juan Guillermo Cuadrado el asesinato de su padre para reprocharle su apoyo al presidente electo Abelardo de la Espriella, insinuando un vínculo de solidaridad entre el jugador y los grupos armados que sembraron el terror en el Urabá. Dos hechos, dos formas de violencia simbólica: la del hincha anónimo que convierte un error futbolístico en amenaza de muerte, y la del jefe de Estado que instrumentaliza el dolor personal de un deportista para cobrar facturas ideológicas. Ambas posturas son igualmente censurables.
Y si de oportunismo se trata, la propia camiseta de la Selección terminó convertida en trofeo de una burda estrategia de marketing político. De la Espriella la hizo símbolo de campaña al punto de que una jueza de Bogotá le ordenó dejar de usarla, por considerar que ningún candidato puede apropiarse de un emblema que es de todos los colombianos. El uniforme nacional dejó de representar solamente unión para convertirse en una valla publicitaria de la polarización.
Este secuestro ideológico del juego no es patrimonio exclusivo de nadie; es una epidemia que se agrava conforme el torneo avanza a sus instancias definitivas. En las semifinales que hoy concentran la atención del mundo, la política se sentó en primera fila.
El expresidente español Mariano Rajoy encendió la polémica con una columna en la que, al analizar el poderío de Francia, deslizó un comentario de innegable sesgo racista: dijo que los franceses juegan muy bien, pero que “no son franceses”, apuntando al origen africano de buena parte de la plantilla. Rajoy prefiere ignorar que esos jóvenes representan la Francia real, multicultural y compleja de hoy, la misma que cierto conservadurismo solo quiere ver cuando llega el momento de celebrar un gol. La frase le costó una tormenta de críticas que atravesó todo el arco político francés y también el español, con el propio Pedro Sánchez deseando que ganara el mejor y perdiera el racismo. El viejo fantasma que persigue a Francia desde el título de 1998 —esa obsesión de decidir quién es “francés de verdad”— volvió a asomarse en este torneo.
Este choque cultural nos recuerda que el fútbol es, en el fondo, geopolítica por otros medios. El duelo entre Argentina e Inglaterra es la reactivación de una herida que nunca cicatriza del todo: la guerra de las Malvinas. Cada cruce entre ambas selecciones arrastra ese subfondo bélico, y este Mundial no ha sido la excepción, las autoridades de seguridad prohibieron el ingreso de banderas y camisetas alusivas al archipiélago al estadio de Atlanta por considerarlas “contenido político”. A eso se suma, entre los hinchas más suspicaces, la vieja sospecha de una FIFA que allana el camino a Lionel Messi.
Es imposible mirar este partido sin el recuerdo de México 86, cuando Maradona resumió en un mismo partido las dos caras de la genialidad argentina frente a los ingleses: la picardía criolla y tramposa de la “mano de Dios”, y minutos después el que muchos consideran el gol más hermoso de la historia, esa jugada en la que dejó sembrada a media selección británica sobre el césped del Azteca.
Esa mística, sin embargo, agoniza cuando la intervención del poder se vuelve vulgar. En esta edición vimos la mano grotesca de Donald Trump restándole cualquier rastro de seriedad al campeonato y terminando de hundir el prestigio de una FIFA ya golpeada. Bastó una llamada del presidente estadounidense a Gianni Infantino para que la federación reversara —por primera vez en más de sesenta años— una tarjeta roja directa aplicada al goleador norteamericano. Con ese gesto, Infantino confirmó lo que muchos sospechaban: que el reglamento se dobla ante el poder, y que su prioridad no es la justicia deportiva, sino el dinero y la buena relación con el que manda.
Nada de esto es nuevo, conviene decirlo con calma. La historia del fútbol está escrita, en buena parte, con tinta política. Ahí está Benito Mussolini utilizando el Mundial de 1934 para legitimar el fascismo italiano, o la dictadura militar argentina exhibiendo la copa de 1978 como vitrina de un régimen que por esos mismos días hacía desaparecer gente. La cancha nunca ha sido neutral, apenas ha sabido disimularlo mejor en algunas épocas que en otras.
En las ligas domésticas el fenómeno se repite a pesar de ser un duelo cotidiano El clásico español entre el Real Madrid y el Barcelona sigue cargando, partido tras partido, el peso de una historia que enfrenta al independentismo catalán con un club marcado por el estigma histórico de haber sido el equipo consentido del franquismo
Al final, la verdad se impone con el frío peso de las cifras. El fútbol dejó de ser una simple manifestación deportiva para convertirse en una industria multinacional que mueve miles de millones de dólares, y donde hay tanto dinero siempre terminan revoloteando los políticos, con sus banderas, sus discursos y también sus peores vicios. El balón ya no rueda solo por el amor al arte o la gloria de la camiseta, rueda empujado por los intereses de las élites, del poder, recordándonos que incluso, en el instante de mayor júbilo en la tribuna o en la grama, el poder político y financiero siempre se queda con el botín de oro, sin necesidad de calzarse los guayos.




