Galán: ayer, hoy y siempre.

Por: Parmenio Cuellar Bastidas

Conocí a Luis Carlos Galán cuando vino a Pasto, antes de su primera candidatura presidencial. Recorría el país dictando conferencias sobre El Cerrejón. Me encantó su posición nacionalista, la defensa de nuestros recursos naturales y la crítica de un contrato leonino que perjudicaba gravemente los intereses del país, además del grave daño ecológico que estaba generando a la Guajira y a la región de la Costa Norte en general. Al terminar la conferencia, en una conversación privada, me invitó a que lo acompañara en su empresa política.

Yo que acababa de perder mi elección a la Cámara de Representantes en el año de 1978 a nombre de Izquierda Liberal, después de haber sido diputado en representación de esa naciente fuerza política, consideré que era conveniente incorporarme a un movimiento nacional, y acepté. Fui elegido Coordinador Departamental del Nuevo Liberalismo, y desempeñé esas funciones hasta después del asesinato de Galán.

Cuando la Corte Constitucional ha reconocido la vigencia de la personería jurídica del Nuevo Liberalismo, creo mi deber hacer algunas reflexiones que me parecen importantes ahora que los promotores de esta nueva etapa se aprestan a darle una interpretación a la actual realidad social y política que vive Colombia.

Quisiera empezar contando una anécdota que, para mí, y desde esa época, dejó claramente establecido cuál era su ubicación en el contexto de la política colombiana: siendo yo diputado suplente de Galán a la Asamblea de Nariño, vino a tomar posesión y a ejercer sus funciones por un día. Recuerdo que un colega de la Duma, que a la vez ejercía las funciones de senador de la Republica había dejado con su suplente una carta dirigida a él, en la cual le preguntaba si un profesor de la Universidad de Nariño que dictaba clases de marxismo podía ser coordinador del Nuevo Liberalismo. Tanto a él, como a mí, nos tomó por sorpresa, y, como la carta se leyó justo en el momento en que se disponía a hablar, no tuve tiempo de darle ninguna información. Cuál mi sorpresa, cuando acudiendo a Darío Echandía, a Jorge Eliecer Gaitán, a Gerardo Molina y a Indalecio Liévano Aguirre contestó tajantemente que no había incompatibilidad absolutamente para nadie que teniendo un pensamiento tan radical pudiera acompañarlo en la lucha política. Para él, ser liberal era, cabalmente, ser tolerante. El liberalismo, es el partido del libre examen, concluyó.

Con posterioridad, en muchas intervenciones de plaza pública, y en entrevistas en televisión y radio, siempre se definió como un hombre de Centro-Izquierda. En el Senado de la Republica promovió un debate para defender a la Unión Patriótica, cuando esa fuerza política fuera exterminada con el asesinato de sus parlamentarios, a raíz del primer proceso de paz que impulsara el presidente Belisario Betancur. Y no solamente eso. En reiteradas oportunidades le escuché en sus disertaciones en plaza pública, invitar a la guerrilla a regresar a la democracia, como él lo decía, para que defendiera desde la legalidad sus posiciones ideológicas y sus programas. Nunca supe de ataque alguno de su parte contra los actores armados, y tuve la certeza de que los consideraba actores políticos y, por tanto, sujetos de un acuerdo político con el Estado.

Siempre defendía el patrimonio o el legado del liberalismo en la época de la Revolución en Marcha, lo mismo que la reforma agraria promovida en la época del doctor Carlos Lleras Restrepo.

Su crítica de la corrupción y el clientelismo no era prédica moralista sino una condena tajante de esas practicas antidemocráticas que se habían enquistado en los partidos tradicionales.

En alguna oportunidad promovió un acercamiento con los sectores de la izquierda, con el objeto de conformar una especie de frente, mucho más allá del estrecho marco del partido liberal. Recuerdo que el doctor Gerardo Molina le envió una carta aceptando esa convocatoria. Desgraciadamente, un editorial en Nueva Frontera, del doctor Lleras Restrepo, que públicamente expresaba su desacuerdo con esa iniciativa, hizo que Galán no volviera a hablar más de ese tema.

Finalmente, quisiera decir que en el año 2006, después de terminar mis funciones como Gobernador de Nariño y cuando me aprestaba para volver al Senado de la Republica, donde ya había estado a nombre del movimiento Nueva Colombia, que habíamos fundado con el senador Ivan Marulanda, fui invitado por el doctor César Gaviria, en ese tiempo ya investido como presidente de la Dirección Liberal Nacional, a hacer parte de la lista de ese partido al Senado. Al agradecerle su generosidad, le manifesté que me disponía a concurrir a la creación del Polo Democrático Alternativo, como integrante de un sector independiente que Lucho Garzón denominara la Tercera Pata, pues las otras dos eran los partidos que ya tenían presencia en el Congreso: el Polo Democrático Independiente (PDI) y la Alternativa Democrática (AD). Rafael Ballén, y una fervorosa galanista, nos acompañó: María Emma Mejía. No podía ingresar a un partido que había borrado de sus estatutos esa bella definición que Gaitán había incorporado en ellos: “el liberalismo, es una coalición de matices de izquierda”.

Estas breves reflexiones, ahora que los promotores de esta nueva etapa se aprestan a señalar los criterios y el derrotero de esta importante fuerza política, que seguirá gravitando con mucho énfasis en la memoria de los colombianos.

Estoy seguro que el Nuevo Liberalismo, que ahora renace, mantendrá el pensamiento del líder sacrificado.

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