Gracias por la solidaridad

Marco A Valencia

@valenciacalle

Un jueves 31 de marzo de 1983 tembló la tierra en Popayán. Era una mañana afilada, de rostro encendido, de labios fervientes y promesas que nunca se cumplieron.

Brama el cielo, parpadea la tierra, se descuaja el día, chispea el miedo, el paisaje se arruina.

La gente balbucea herida mientras le brotan cicatrices en los recuerdos para el mañana.

Las cosas se fracturan, se hunden, sangran, se deshojan.

La muerte aletea y abre sus fauces como un animal ciego, hambriento, ebrio.

El miedo sale de su escondite en busca de ojos para ver el horror. La esperanza respira mal en los que invocan a Dios.

La mañana se quiebra y el aire de los jardines se empaña de llanto. La sombra de una ciudad devastada deja caer sus espinas sobre una noche que naufraga en un destino más oscuro que la penumbra.

La angustia de los heridos galopa sobre la ansiedad de los que no tienen techo, de los que no encuentran a sus amados. Los desaparecidos son ofrendas al misterio.

Los perros se comen entre sí, las ratas se alimentan de gritos quemados. La ciudad sin agua ni luz se convierte en un pozo de silencios podridos. La gente… la gente muerde su temor y cobija sus huesos con oraciones vanas, llantos y quejas.

Tembló. Afloró la ruina y la muerte se atragantó. Después, en el reposo, unos se robaron el fuego, otros desarreglaron la armonía y el caos reinó en el horizonte. Entonces, los muchachos comenzaron a fornicar para crear otro mundo. Otra vida.

Florecieron hambres nuevas.

El blanco follaje de las fachadas se desboronó y de las antiguas casas volaron espíritus de otro tiempo.

Las oraciones de iglesia se volvieron gritos de angustia frente al palacio municipal.  Se alimentaron esperanzas nuevas tres veces al día, aunque para la cena siempre fue el pan de la incertidumbre.

Los campamentos de refugiados parpadearon una ansiedad fluvial porque nunca dejó de llover.

El síndrome de la ira, traumas y resentimiento carcomían el alma de algunas personas que, para sobrevivir preferían ahogarse en humo, licor y libertinaje hasta sedar sufrimientos.

Mujeres renacidas y vigorosas enseñaron a sus hijos no quejarse, a no llorar, a no dejarse. Esposas ataviadas con la fuerza de la palabra y el trabajo señalaron caminos de renovación.

Pasados los años, hay aplausos de gratitud por la solidaridad.

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