La educación aún en la encrucijada y sin anuncios al frente

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Con esa actitud prepotente del arrogante que obedece a un poder superior a él y a su círculo, con la que el entonces presidente Alfonso López Michelsen (1974-1978) no reajustó los sueldos del magisterio durante su gobierno, depreciando su poder adquisitivo por cuatro años con sin igual cinismo, con esa misma desvergüenza condenó aún más la calidad de la educación pública colombiana cuando –para darle gusto al FMI- convirtió en doble jornada diaria de estudio la que hasta entonces había sido una sola en primaria y secundaria, al mismo tiempo que aumentó el número de estudiantes por salón de clase y por docente. ¡Rebajó los costos de la educación pública nacional de primaria y secundaria a casi la mitad! ¡Golazo, pero para nuestro país autogolazo!

Las ciudades habían crecido con la primera Violencia, la de inicios y mediados del siglo XX, y la demanda educativa era una obligada concesión del Frente Nacional (1958-1974, extendido hasta 1978) con los crecientes sectores de clase media y popular urbanas, que cada vez eran mayores. Con la doble jornada y con el aumento de estudiantes por docente en el aula de clases, el socialista-liberal “Pollo López” había duplicado de un plumazo la capacidad locativa y ahorrado un dineral. ¡Macabra jugada! Entonces sólo quedaba sacar una silla esquinera en cualquier lugar del país y sentarse a ver cómo la educación pública iría cayendo de año en año, hasta los culminantes momentos que la llevaron al desbarrancadero los decretos de Promoción Automática en Primaria, del Ministro Jaime Niño Díez, en el narco gobierno de Ernesto Samper, que se complementaron con el adocenamiento del de Promoción Automática en Secundaria, de finales del gobierno del fatuo e inepto Andrés Pastrana, de su mineducación Kiko Lloreda y la posterior y persistente arrogancia de la ministra de los dos gobiernos de Álvaro Uribe, Cecilia Vélez, que al final de los ocho años de sus mandatos, y sólo después de que se diera cuenta de que todos estos irremediables yerros habían llevado a nuestra educación a los últimos puestos en el mundo (sólo mejor que la de los perores países más atrasados de África) trató de rectificar con el decreto 1290/09, y como cereza del pastel dejó ese artículo 6, un “lavatorio” de manos.

Los administradores de la educación privada, la eterna de las élites, siempre encontraron la manera de burlar “a la destapada” el laxo decreto 230 porque ellos sabían, como lo sabemos todos desde que la humanidad es humanidad, que no existe otra manera de aprendizaje que la del esfuerzo personal y que éste sólo se logra formando personas responsables con su deber, responsabilidad que -durante el tiempo en que se es estudiante- es el esfuerzo de estudiar. Que hay diferentes formas de inducir e inculcar este deber en la infancia y en las edades posteriores, pero principalmente en la infancia, estamos en absoluto acuerdo.

Vinieron los años del narcotráfico y su nueva moral del dinero fácil, corrompiendo o asesinando, según la criminal consigna “plata o plomo”. El gobierno de Álvaro Uribe extendió la jornada diurna hasta las 10 de la noche, con la falacia de multiplicar los puestos de trabajo, pero con la secreta consigna de abaratar los gastos de los empresarios a costa del salario de sus trabajadores. El desigual resultado fue que se rebajaron los costos de producción empresarial con desmedro de las clases medias y populares pero no se aumentó el empleo, según información del Dane de entonces y de estudios académicos posteriores. Pero lo más grave fue que después de clases, una gran cantidad de menores se quedaron solos en sus casas mientras que sus padres trabajaban en esa prolongación diurna falsa. Ese alejamiento padres-hijos, la soledad consecuencial de niños y adolescentes, la nueva moral que transformó o sembró y cultivó el narcotráfico, la masificación de medios masivos de comunicación tan persuasivos como la televisión primero y el internet después –con el resto de inventos y redes sociales- llenaron esa soledad y todo, todo eso se juntó y hoy nos va quedando esta sociedad que ahora nos asombra. Con los dos gobiernos de Juan Manuel Santos (2010-2018), la situación no cambió y antes bien, en 2012 se presentó el paro estudiantil universitario comparable al de 1971, sólo que a diferencia de éste, los estudiantes de 2012 ganaron el pulso al gobierno, a mi modo de ver. El gobierno de Iván Duque desperdició su tiempo y sus recursos en torpedear los acuerdos del proceso de paz a los que se había llegado con las Farc. La consigna era “Volver trizas los acuerdos”, según se vio en los telenoticieros. Y la pandemia obligó a las teleclases en casa, más como manera de tener “ocupaditos” a los niños y adolescentes que como herramienta efectiva de estudio.

Ante este panorama, llegó la administración de Gustavo Petro. Nombró a Alejandro Gaviria, como Mineducación. Petro sabía que el librepensador liberal (perdón el pleonasmo) Gaviria no era ni de su grupo político ni siquiera de izquierda, pero había manejado una de las universidades privadas más importantes del país, y tenía creativas iniciativas de cambio. Pero Petro lo “echó” por atreverse a opinar en público de manera diferente a la de su ministra de salud; para muchos, ella más activista política que ministra. Hoy el panorama sigue siendo tan o más oscuro que el que trae esta nota. París, 19.IV.23.

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