La Primavera Colombiana

Aníbal Arévalo Rosero

Quienes transitamos por la vida en estos tiempos tan convulsionados, hemos sido testigos de fenómenos significativos: una pandemia que ha acabado con millones de personas en el mundo, los conciertos mundiales en línea, los avances tecnológicos con la educación o el trabajo en casa, pero nada tan grandioso, conmovedor e histórico como la Primavera Colombiana que sacó a marchar a millones de personas. Como fenómeno social es inédito, y, posiblemente, en un siglo esto no se vuelva a ver.

Desde el día 28 de abril, a tempranas horas, empezaron a llegar de uno en uno los marchantes al lugar de las concentraciones en todos los centros urbanos del país. Lo que parecían insignificantes gotas de agua que brotan de los fríos páramos, fueron creciendo hasta formarse en caudalosos ríos humanos que copaban el espacio que cotidianamente es de los vehículos.

Llegadas las horas del mediodía, como en un mandato divino, millones de almas confluyeron en grandes plazas, donde ahora, no solo eran mares de gentes, eran mares de indignación; eran oleadas de banderas que se agitaban para despertar los espíritus de la colombianidad y decirle a cada compatriota: Y venga… y venga, compañero, que aquí se está luchando por un mejor país.

Era la rabia contenida la que movilizaba a tantos jóvenes, como una represa dispuesta a franquear el dique. Claro que había mucha rabia, sus corazones estaban henchidos de ira en contra del tirano, que, violando todo precepto legal, había convertido todo un país al servicio de su camarilla. Y no solo se puede culpar al tiranillo, pues quien le dio forma y movimiento fue su Gepetto. Ahora es un muñeco de madera que suple los deseos de su creador, tiene la nariz tan larga y torcida de tanto decir mentiras.

Pero esta juventud colombiana vino a enseñarnos lo que debimos hacer hace décadas: levantarnos de los puestos donde tenemos un poco de confort a cambio de unas migas de pan. Esta juventud rebelde está dispuesta a marchar todos los días, día y noche; no están dispuestos a retornar a los tiempos de la esclavitud. Si nos dijeron que este país es una democracia, no sólo debe serlo para cambiar de verdugo.

El muñeco de madera con la nariz crecida habla en otros idiomas, intentando hacer creer las mentiras que no se las cree ni él mismo. Por eso combina estrategias, entre las maldades más perversas, hasta el engaño más fútil. Finge la preocupación de la madre más humilde, a veces parece tener dolores de parto cuando sale por la televisión.

Aun así, la República con la mayor diversidad de orquídeas también tiene la mayor diversidad de gentes, que en una etapa histórica han decidido generar una sola vertiente: cambiar de rumbo al país para que sea de todos, que sea una fuente de agua donde nadie muera de sed. No se pide más que lo que produjeron las manos de los trabajadores y se entregó al establecimiento en forma de impuestos, vuelva convertido en forma educación, salud, recreación, infraestructura y salubridad.

Los jóvenes están dispuestos a acabar con el feudo del tiranillo, quieren una Patria donde quepamos todos, donde soñar y cumplir los sueños no sea considerado un atentado contra el establecimiento. La juventud de este tiempo tiene prendado su compromiso con lo que puede significar cambio; un cambio sustancial donde no te tilden de comunista o mamerto porque manifiestas tu sed de justicia.

Esta juventud hastiada de tiranías bicentenarias tiene su mejor laboratorio en medio de una crisis sanitaria mundial y una arremetida gubernamental. Lo que menos le interesa es cambiar de muñeco de madera cuando Gepetto sigue maniobrando en satisfacer su sed de más dinero, más poder, aun por encima de una estela de muertos y paredes salpicadas del rojo de mi bandera.

Los tiempos que vendrán ya no serán iguales. Colombia no se resigna a ser una colonia de tiranos y usurpadores, ha llegado el tiempo de la Primavera Colombiana, el despertar de las rosas, los claveles y las hermosas orquídeas que son símbolo de nuestro país.

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