La responsabilidad del Barniz

Hay una cosa importante sobre el barniz de Pasto, a propósito de su declaración como patrimonio inmaterial universal por parte de la Unesco, y es que esto así como viene se puede ir. No me refiero sólo a la existencia de un patrimonio o tradición como algo que puede desaparecer de forma natural, sino a la responsabilidad de los Estados para cuidarlo y fomentarlo.

Lo que busca la Unesco es visibilidad para las tradiciones inmateriales y movilizar alrededor de estas a un número cada vez mayor de interlocutores. Estos patrimonios han existido en la medida en que han sido importantes durante siglos para un grupo social en particular, pero con el avance de los tiempos han quedado relegados en su papel de cohesión.

Y es justamente su pérdida de importancia la que ha hecho que se inscriba el barniz de Pasto en condición de salvaguardia urgente. Se estaba perdiendo, pero ¿nos habíamos dado cuenta? Pues no. Como vemos tanto artículo de madera cubierto con mopa-mopa en el mercado de Bomboná, pues suponemos que la tradición se mantiene viva y rozagante. Pero nada más lejos.

Como bien se ha explicado en la declaración, la técnica del barniz abarca tres actividades: la recolección de los brotes de mopa-mopa, el torneado y talla de la madera, y el barnizado decorativo. Y cada una de estas etapas tiene un problema.

La recolección porque hay que estar en la selva amazónica, con todo lo que implica en conocimiento, tiempo, dinero y supervivencia. La talla por la consecución y precio de la madera. Y el barnizado por la precariedad de los talleres. El producto final se vende, naturalmente, pero a unos precios tan distintos en un lugar y otro, que no parecen regularizados, y si lo están, no se suelen aplicar. Y ahí viene la gran pregunta: ¿se beneficia el artesano?

Ya lo decíamos en esta columna, el pobre barniz ha estado siempre caminando por la cuerda floja de su existencia, a pesar de los muchos reconocimientos que recibe. La endémica violencia que ha azotado las selvas del Putumayo, desde los terratenientes caucheros hasta los narcos, hizo siempre peligrar su producción. Y la poca plata que por décadas le dio la Alcaldía a sus artesanos, hizo peligrar su realización final. Además, como es tan difícil almacenar la resina mucho tiempo, esas realizaciones fueron, durante años, a cuentagotas.

La Unesco en asocio con el Estado colombiano, en este caso, gestiona una asistencia internacional a través del Fondo del Patrimonio Cultural Inmaterial. El monto relativo suele depender de muchos factores, pro al ser un dinero estatal, exige un proceso de supervisión cada cuatro años mediante un informe de evaluación. No es dar plata para hacer negocio, es apoyar para que se garantice su permanencia y las nuevas generaciones sigan la tradición.

Por eso, si no hay una muestra de eficiencia en estas tareas, ese apoyo se esfuma y la condición de patrimonio universal se desvanece. Ya lo dice la propia Unesco: “El patrimonio puede quedar bloqueado o descontextualizado, alterarse o simplificarse su sentido a ojos de los extranjeros, y perderse su función y significado para las comunidades interesadas… (si hay) obtención de beneficios injustos por parte de miembros individuales de la comunidad, el Estado, operadores turísticos, investigadores o personas ajenas a la comunidad, así como a la sobreexplotación de los recursos naturales, la creación de un turismo insostenible o la comercialización excesiva”.

El mopa-mopa es desde noviembre de 2011 un producto colombiano con denominación de origen, y a comienzos de 2019 el Ministerio de Cultura estableció un Plan Especial de Salvaguardia para el barniz de Pasto. Consistía en una serie de estrategias para garantizar su supervivencia. Un buen plan a nivel teórico, pero que se veía como un proceso lentísimo de aplicación por sus protocolos: estudio, diagnóstico, evaluación, planteamiento, planificación de fases… En fin, demasiado teórico.

Lo bueno es que Mincultura ya había puesto sus ojos en el barniz y ahora lo hace la Unesco. Falta que sea el propio Pasto el que ponga sus ojos más allá del “que lindo ques”, que decimos todos.

Comentarios

Comentarios