Las mariposas de Gabo y el cóndor de Gardeazabal.

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“En la madrugada del 21 de octubre de 1982, García Márquez recibió una noticia que hacía ya tiempo que esperaba por esas fechas: la Academia Sueca acababa de otorgarle el ansiado premio Nobel de Literatura. Se hallaba entonces exiliado en México, pues el 26 de marzo de 1981 se había visto obligado a salir de Colombia para eludir su captura; el ejército colombiano quería detenerlo por una supuesta vinculación con el movimiento M-19 y porque durante cinco años había mantenido la revista Alternativa, de corte socialista”.
A cuarenta años de este suceso que celebró toda Colombia de una manera original e inolvidable, únicamente nos resta esperar que este milagro se repita en reconocimiento a uno de los escritores más leídos y respetados de nuestro país. Nos referimos al inolvidable Gustavo Álvarez Gardeazábal, autor de una docena de libros que recogen el sentir de los hombres y el malestar de los pueblos. Sus obras se han llevado al cine y a la pantalla chica como testimonio de su fuerza narrativa y su estilo preciso y muy terrigeno.
Con Gabo entendimos que somos un pueblo capaz de convertir en literatura ese realismo que trasciende hasta lo mágico, nos maravillamos con sus historias de gitanos asombrados por el hielo y por las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia; entendimos que el amor supera los tiempos de cólera y que las cartas son un pretexto ideal para afrontar el olvido de los hombres.
Con Gustavo Álvarez Gardeazábal, el escritor más pirateado de Colombia, descubrimos que la violencia también puede ser motivo de creación literaria y el mejor pretexto para abordar la historia desde una perspectiva de realismo histórico. El Cóndor se convirtió en un personaje universal que nos pinta entre ataques de asma y pasiones godas la sensación de estar ante un villano con ínfulas de héroe o Salvador.
Biblioteca que se respete o lector que lleve las huellas de sus pasos por las páginas manchadas de pueblos y afrentas, debe reconocer la presencia de Gabo y Gardeazábal. Esperamos se repita el milagro, celebrar como locos y maravillarnos una vez más de un nobel que nos ha sido esquivo. Simbólicamente entrego a Gustavo Álvarez Gardeazábal el premio que su consagración merece.

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