El resguardo inga de Aponte vivió en medio del rojo de la sangre y el rojo de las amapolas. En 1991, la llegada de la planta, materia prima de la heroína, trajo consigo una amarga bonanza que duró más de 15 años y casi acaba con la cultura, el medioambiente y la vida de la comunidad. Todas las semanas mataban a dos o tres personas en este rincón de Nariño, una marejada de montañas en el Nudo de los Pastos donde reinaron primero el Frente 48 de las Farc y después el Bloque Bolívar de las (AUC). “Teníamos claro que cada tiro que oíamos significaba un nuevo hermano indígena muerto, más sangre derramada de nuestro pueblo”, cuenta Carmen Jansajoy al recorda años de mucho dinero y de poca tranquilidad.
Esta nota es parte del archivo histórico de Página 10.
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