Los inga de Aponte, el resguardo que se resistió a dejar el café

El resguardo inga de Aponte vivió en medio del rojo de la sangre y el rojo de las amapolas. En 1991, la llegada de la planta, materia prima de la heroína, trajo consigo una amarga bonanza que duró más de 15 años y casi acaba con la cultura, el medioambiente y la vida de la comunidad. Todas las semanas mataban a dos o tres personas en este rincón de Nariño, una marejada de montañas en el Nudo de los Pastos donde reinaron primero el Frente 48 de las Farc y después el Bloque Bolívar de las (AUC). “Teníamos claro que cada tiro que oíamos significaba un nuevo hermano indígena muerto, más sangre derramada de nuestro pueblo”, cuenta Carmen Jansajoy al recorda años de mucho dinero y de poca tranquilidad. 

Carmen ha trabajado la tierra toda su vida. Cuando era niña, en cuanto terminaba sus labores en la cocina, corría a las parcelas para ayudarles a sus padres y hermanos en los sembrados de amapola. Sus manos saben acariciar la tierra, tejer en figuras de lana sus pensamientos y cuidar de sus dos hijas. Hoy, como el resto de su comunidad, esta joven de 28 años vive del cultivo del café, un producto que le da el sustento y ha traído la paz a su comunidad desde 2003, cuando el  gobernador indígena Hernando Chindoy emprendió una lucha para que su pueblo recuperara la dignidad, la soberanía y la cultura. Para entonces, ya se contaban más de cien asesinatos, 60 de los cuales eran indígenas. 

“En la época de la amapola -cuenta Carmen reconociendo el trabajo del gobernador Chindoy-, todos teníamos plata, dejábamos de estudiar. Muchos se independizaron, dejaron de usar los vestidos inga, de hablar nuestra lengua materna. Estábamos perdiendo nuestro pueblo”. El proceso para convertirse en un pueblo cafetero sostenible fue difícil. A 2000 metros de altura los árboles crecen más lento y sus granos son más pequeños, tanto, que en lugar de caminar con un balde atado a la cintura, como se acostumbra, los recolectores suelen arrodillarse o sentarse sobre el pasto para arrancar los granos ocultos entre las ramas. El tamaño del café fue un problema por varios años, pues hasta hace poco sus características físicas, entre ellas el tamaño, eran clave para definir el precio. El de Aponte lo pagaban muy barato.

Por varios años, el resguardo se resistió a dejar el café, a pesar de los bajos precios que pagaban los intermediarios, con la excusa de su tamaño. Pero en 2015, la suerte empezó a cambiar. José Gómez, gerente de la Cooperativa de Cafés Especiales de Nariño, que beneficia a 2000 productores del departamento, recuerda que ese año les llegó un pequeño lote del que califica como “un café excepcional”. Venía de Aponte. “Empezamos a catarlo y de inmediato notamos que tenía un potencial inmenso. Nosotros ni siquiera conocíamos el resguardo”, cuenta Gómez, quien decidió presentar el grato descubrimiento a un cliente importador de Corea. Ese fue el inicio de una nueva etapa para los cafeteros de la comunidad inga, cuyo producto llega desde entonces a Asia, Europa y Estados Unidos. 

Poco después de las primeras exportaciones, ocurrió una tragedia que cambió la historia de Aponte, cuya cabecera municipal es el Tablón de Gómez. El resguardo se levanta sobre una falla geológica que meses atrás anunciaba lo que llegaría, como temblores y grietas que rayaban las paredes. En marzo, la tierra se partió en dos a causa de una falla geológica. Más de 300 casas se convirtieron en montañas de escombros. Una de ellas, la de la familia de Carmen, que luego de evacuar la vivienda destruida tomó en arriendo un espacio donde otras personas de la comunidad. “Recolectamos los pedazos, la madera, parte del techo. Con los escombros  de la casa hicimos un rancho y allí vivimos: sin luz, sin agua, sin baño”, cuenta. 

Ahora la situación es distinta, en gran parte gracias al café. En 2016, Enrique Hernández, de la empresa Think Coffee, una firma que tiene 11 tiendas en el sector de Manhattan, en Nueva York, vino a Colombia para buscar un proyecto de café de una comunidad vulnerable y apoyarla comprando su café. Después de buscar en varias regiones, encontró a José Gómez y, por medio de él, conoció el resguardo de Aponte y sus necesidades. Ese mismo año empezaron un proyecto para dar vivienda a 20 familias víctimas de la tragedia cada dos años. Think Coffee y la cooperativa dan 40 centavos por libra de café para devolverles la vivienda a quienes la perdieron.

Uno de ellos es el padre de Carmen, quien después de vivir en medio de las carencias de su rancho, ahora tiene un hogar digno. Otros, como Hernando Santracruz, quien también trabaja en los cultivos de café, viven aún en albergues. Por eso es necesaria una mayor ayuda del Gobierno a los damnificados. 

A pesar de la arisca tierra bajo la cual levantaron su vida, los inga de Aponte se resisten a abandonarla. El café les ha traído una nueva esperanza después de años de miedo. Gran parte del que compran del exterior pasa por un proceso llamado honey, en el que no se usa agua. El café se fermenta, se despulpa y se deshidrata. Gómez calcula que el 70 por ciento del café que venden en Aponte es Honey. El hecho de no usar agua está íntimamente relacionado con el cuidado al agua que profesan los ingas. 

El resguardo, que produce unos 300 mil kilos de café por año,  también tiene su marca propia. Se llama Wuasikama, que traduce “Guardián del territorio”.  Esos son los ingas: guardianes de la naturaleza, de una cultura que resiste y una cosmogonía ancestral, y desde hace unos años, un pueblo caficultor. 

Carmen, que hasta ahora acopia y recolecta el café, ya tiene sus primeros 400 árboles de café variedad castillo. Espera con paciencia que pronto den fruto. Ella se ha convertido en el puente entre Think Coffee, la cooperativa y la comunidad.  Con la pacha puesta, como llaman a la falda de los ingas, recoge los granos de café que luego llegarán a los exigentes paladares de quienes consumen cafés especiales. Una parte del café de Aponte está en este momento en una bodega de Nueva York, esperando para ser servido lejos de la tierra donde, timido, creció: en la altura de las montañas de Nariño.

Este texto fue tomado de: Semana Rural/historias.

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