Esa tarde de jueves traía un encanto especial para mí: uno, estaba conociendo el centro de Madrid, pues otras veces sólo había pasado por su inmenso aeropuerto Barajas; ahora me encontraba, para empezar, en La Latina, un barrio céntrico y medio bohemio; y dos, el momento se particularizaba aún más porque iba a conocer personalmente a mi amigo, así como lo leen, yo iba conocer a un amigo de hacía muchos años con quien veníamos relacionándonos por internet alrededor de temas literarios, pues él es escritor y periodista y otro de mis deleites son también los libros y la escritura. La cita se cumplió en el restaurante bar El Búho, en La Latina. Nos dimos el abrazo y -alrededor de una tortilla de patata y una cerveza- conversamos largamente; María Angélica, mi hija mayor, escuchaba atenta todas nuestras anteriores diabluras, las de los ahora setentones. Mi hija me había hecho un mapa-agenda para esa primera tarde así como para toda nuestra permanencia, pero habíamos acordado que no habría apuros, que si nos engolosinábamos en algo y nos quedábamos más de la cuenta, el cuento sería que no tendríamos que dar cuentas a nadie. Y como la primavera había entrado hacía casi un mes, las tardes empezarían a prolongarse.
Esta nota es parte del archivo histórico de Página 10.
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