Nariño, un mes entre la espada y la pared

Por Omar Raul Martinez Guerra

El paro nacional tiene caras diferentes, según el departamento, el distrito o el municipio donde se lleve a cabo. No hay casi lugar del territorio en el que la población no se identifique con los motivos del movimiento social de protesta más aguerrido y complejo que pueda recordarse. Millones de personas, sumadas todas, se ven desfilando por las calles. Grandes mayorías de jóvenes, adultos, mujeres, niños y niñas, gente de todas las edades, de todos los estratos, religiones, etnias, profesiones y oficios, desfilan diariamente. Impacta la presencia de los jóvenes, no solamente por ser jóvenes, sino también por la extraordinaria originalidad en sus llamativas formas de expresar su solidaridad y descontento.

Hace tres años, en noviembre de 2019, en Pasto y en Ipiales se vieron por primera vez los masivos desfiles de estudiantes con tambores y clarinetes, saxofones y chirimías, con cánticos y danzas, figurando todo un carnaval como un original modo de protesta. Un espectáculo hechicero que atrae y une a todos.  Dos años después, lo imitan en Bogotá, en Cali y Medellín, en todas partes. Un aporte del arte popular de Nariño.

 Esas imágenes, esos colores, esos sonidos, esos cantos, contrastan radicalmente con la violencia saliente de las fuerzas del orden público, así como con la respuesta provocada en un sector, en ocasiones tan minoritario como se vio y denunció en videos contra los edificios de la gobernación, la alcaldía o la oficina de instrumentos públicos, que han dado lugar a no menores sutilezas. ¿a quién le conviene?

La gente se pregunta atónita por qué una manifestación pacífica, en la que nadie lleva arma distinta al clamor de su voz y su conciencia, sea desbaratada sin anuncio alguno por tanques policiales que despiden poderosos chorros de agua, capaces de inmovilizar sobre el piso a personas indefensas. Creado el caos, sobreviene lo que todos ya sabemos: los gases, las piedras, los arrestos, las palizas. La fiesta de protesta justa y democrática, convertida en locura, caídas, carreras, golpes, pedreas. Miedo, desesperación, odio, indignación. Las cosas no paran allí. Casi sin excepción, crecen la infamia de los actos de violencia. Hoy en día, éstos sobrepasan todo, pues van proseguidos de incendios, asaltos a bancos o mercados, en cuyos casos sus protagonistas hacen caso omiso a evitarlos, porque ellos como nadie, buscan deslegitimar la protesta.

Carlos Marx lo explicaba cómo la funesta acción lumpesca, o sea, la tarea del lumpen, compóngase éste como se quiera. La acción más repudiable y que más impacta son las armas letales usadas que determinan las muertes, en lo que Cali ha llevado la más execrable parte. Es posible que las cifras de muertos se aproximen a un centenar en toda la nación.

La gente de las marchas solo lleva como arma su voz y su conciencia, dije antes. Grita enfurecida con razón, pero nunca piensa ni en atacar ni menos incendiar a un policía, porque son nada menos que bárbaros enfrentamientos de pueblo con pueblo. Desecha de sobra lo abominable de todo lo que se convierta en   intento de lesión contraria.  Son defensores de derechos, empezando por el más importante, el derecho a la vida. Eso ni siquiera hay que repetirlo. Están cansados de violencia y por eso votaron por la paz.

 Pretenden soluciones, no más injusticia, no más corrupción, no más atracos al erario, ni favoritismos o nepotismos, mejor salud, mejor educación pública, trabajo decente, salarios dignos, erradicación en serio de la pobreza.  No nos digan que son imposibles. Llevamos años de años escuchando que la plata no alcanza, lo cual es una mentira. La gran verdad es que Colombia tiene la peor distribución de la riqueza en América Latina, y ocupa el 3er lugar de los países más inequitativos del mundo. Miren bien, el primero es Haití. Hace unas tres semanas, un reconocido columnista de un diario nacional señalaba:

 “Hay muchas fuentes de recursos que los gobiernos no tocan. Podrían desmontar las exenciones tributarias aberrantes; vender ISA, $15 billones (pero venderla en serio, no cambiándola de bolsillo); vender el 10 % de Ecopetrol, otros $15 billones; vender bien las propiedades confiscadas a los narcos ($40 billones mal contados) en vez de feriarlas a huevo entre los testaferros de los barones políticos; rescatar los $18 billones de impuestos que producirían los $300 billones que veranean en paraísos fiscales; renegociar el altísimo costo que suponen las intermediaciones de los bancos y las EPS con los dineros del Estado. ¿Será mucho pedir que el Gobierno atenúe la hemorragia de los $40 o $50 billones anuales de la corrupción? “

Nada de lo anterior, pues la fallida reforma tributaria, el gran logro del paro, pretendía exención de impuestos al sector bancario, que anualmente ganan 15 billones, sacados de sus ahorros, del 4x 1000, del cajero automático por tan solo consultarle cuantos pesos le quedan en el banco; o eximir de impuestos a las empresas petroleras, también con ganancias por encima de los 10 billones al año.

La respuesta recibida ya se ha sufrido en carne propia. Eso que llaman vandalismo, eso que falsea la manifestación pacífica, no hace parte de la misma, porque la gente es consciente que ese bandolerismo desacredita y menoscaba el movimiento. Y puesto que mucha gente no distingue quien es quien, los noticieros de la televisión dejan el equivocado mensaje que la violencia proviene de los protestantes o de la oposición. Que me perdonen, pero se “comen el cuento”. Y si algo tenemos que aprender de estos hechos debe ser la cautela con las noticias, incluidas las redes sociales. No es posible entre tantos ejemplos, que se haya corrido la voz diciendo que en otras regiones del Pais, las ambulancias transportaban armas; la reacción de a quienes ingenuamente se lo creyeron, fue impedir el paso de estas, un hecho verdaderamente absurdo. En ningún país del mundo ni en las guerras más despiadadas, se impide el libre tránsito de la Cruz Roja, de una misión médica o de una organización humanitaria.

Vamos al grano. Los efectos inmediatos del paro son diferentes según el lugar donde se viva. En Bogotá y en Medellín los efectos en la economía y en el bienestar son indiscutiblemente graves. Cali, por unas condiciones excepcionales que son particularidades de la ciudad y por un historial de carteles del narcotráfico, el paro ha sido un verdadero infierno.

Reconociendo la absoluta gravedad del conflicto en el resto del país, sobre todo en el centro y el suroccidente, poca ha sido la atención prestada por el Gobierno Nacional y por los medios informativos, televisión, radio, periódicos, sobre el delicado escenario en que se encuentra Nariño. El departamento está incomunicado por el norte, por donde circula la mayoría de la carga comercial. Por el sur, desde la frontera internacional. Por el occidente, con Tumaco, y por el oriente, con el Putumayo. Resultados:  ya se dificulta conseguir una aspirina, un Dolex, un paquete de algodón, en pandemia plena. No hay pollo, no hay insumos para fabricar el pan, una bandeja de huevos subió el 70 %, la carne el 30 %, no se consigue una salchicha, tampoco elementos de aseo. Se carece de gas para la cocina, y hace más de un mes cero gas y poquísima gasolina.

La ubicación geográfica de Nariño lo hace un departamento distinto a los 31 restantes. Su economía depende básicamente de cuanto ingrese por la vida Panamericana. Un mínimo derrumbe cerca al Bordo o un camioncito atravesado en la recta del Patía, en el Cauca es suficiente para suspender todo acceso. Ciudades como Medellín, Bogotá o Bucaramanga, con todos los problemas imaginables, nunca han carecido, ni por un minuto, de gas, gasolina, medicinas o alimentos. En Pasto, en Ipiales, en Tumaco es lo contrario. Nada entra. Y lo peor, cuando la hermana república de Ecuador quiso ayudar, tanques de gasolina no pudieron ingresar por la frontera de Rumichaca, ni tampoco por la vía desde Tumaco, debido a las interrupciones de las vías, o como más se conocen, los bloqueos.

Lo de Nariño ya tiene las peculiaridades de una crisis humanitaria de proporciones aberrantes. Por esa razón, la mejor noticia del año es el paso dado por el comité de paro, sobre permitir el levantamiento de todo obstáculo que permita la comunicación por carreteras, como muestra de voluntad ante el Gobierno Nacional, para que éste acceda al dialogo de manera inmediata. Colombia entera espera una respuesta. Vana esperanza por lo pronto, porque el gobierno no ha aceptado este primer ofrecimiento. Amanecerá y veremos. En todo caso, la peculiaridad geoestratégica de Nariño, que desde afuera puede verse como un privilegio, se convierte fácilmente en la peor desventaja. Y ese es un punto crucial a tener en cuenta en la negociación que no da más espera, por hoy y por siempre.

Es la hora de pensar pragmáticamente en acuerdos posibles entre nariñenses, entre autoridades y gobernantes, representantes del paro, organizaciones juveniles y estudiantiles, sindicatos, gremios, empresarios, la iglesia, para lo que pueden ser acuerdos básicos, si se quiere mínimos de supervivencia. Me pregunto si al menos sea factible la provisión de gasolina, alimentos y medicamentos desde Ecuador, vía panamericana sur, o vía desde Tumaco, estando de por medio la vida. No se ve por ahora otra alternativa.

Junio 1 de 2021

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