Escuchando nota
Por: José Arteaga
(X-Twitter: @jdjarteaga)
Una de las cosas más habituales que solemos hacer hoy por hoy es criticar que los niños pequeños usen el celular, pero no hacer nada efectivo por evitarlo. Es verdad que para los padres jóvenes, darle un celular al pequeño es más rápido, más cómodo y más barato que comprarle un juguete y andar cargándolo por ahí. Además, es perfecto para que el niño deje de gritar y que ponga a la mamá nerviosa porque el niño se ha perdido por ahí jugando a las escondidas.
Todos los días vemos campañas en redes sociales destinadas fomentar el uso adecuado del celular en la infancia y en la educación. Esas campañas de instituciones como el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) o la Comisión de Regulación de Comunicaciones (CRC), previenen de los peligros que ocasiona permitir pantallas antes de cierta edad.
En Colombia, no existe una edad legal estricta para el uso de celulares, como se está debatiendo ya en los países europeos. Lo que se ha hecho en el país (y en el resto de Latinoamérica) es establecer una ley para el control de pantallas en los centros educativos. Un buen paso, sin duda, que pone al país en la órbita de la UNESCO, que convirtió este tema en un asunto de política pública regional. Menos celulares, más aprendizaje.
Hasta ahí todo bien, pero falta el ámbito familiar, y allí el asunto se vuelve complejo, porque más allá de las leyes, prevalecen las recomendaciones y la educación ciudadana. El Gobierno ha dejado el tema en manos del Ministerio TIC que, sin duda, tiene mucho que argumentar, pero no es el único, ni debería ser el único. El tema atañe a los ministerios de Educación, Cultura, Igualdad y Equidad, y Ciencia. ¿Porqué? Veamos primero las estadísticas.
En Colombia el 81% de los adolescentes (14 a 17 años) tiene su propio celular. El 55% de los preadolescentes (10 a 13 años) tiene celular. Y el 35% de los niños en infancia temprana (6 a 9 años) ya tiene acceso a un celular. El tiempo promedio de uso en menores de edad en el país supera las ocho horas diarias. En esas ocho horas está el Quid del asunto.
En 1975 el lepidopterista y ecólogo Robert Pyle acuñó el término “Extinción de la experiencia”, que describe cómo la degradación de los ecosistemas locales y el aumento del urbanismo provocan que las personas, especialmente los niños, crezcan sin contacto directo con la naturaleza. Esta ausencia genera apatía e indiferencia hacia el medio ambiente, ya que “no se puede amar ni proteger lo que no se conoce”.
Christine Rosen, investigadora del American Enterprise Institute, de Washington, ha venido analizando, por su parte, los cambios culturales y emocionales que acompañan nuestra adopción de la tecnología y el mundo digital, y suele acudir a la Extinción de la experiencia para describir cómo las nuevas generaciones se forman y desarrollan en función de las nuevas tecnologías, alejándose cada vez más del contacto directo con la naturaleza.
César Morales, CEO de la network Badabun, de México, lo resume así: “Muchos niños pasan menos tiempo afuera que cualquier generación anterior. Menos tierra, menos árboles, menos juegos reales, menos aventuras, menos libertad. Y por el contrario, más pantallas, más encierro, más vida digital… Explorar no sólo es hacer scroll”.
Gabriela Jimenez, de la Fundación Instituto de Ingeniería, de Venezuela, argumenta que “cuando los niños, niñas y jóvenes interactúan con la naturaleza tienen 25% más habilidades de aprendizaje. La naturaleza promueve la oportunidad de la creatividad en la enseñanza aviva la imaginación y las experiencias ante todo lo que nos rodea. ¡Las pantallas no!”.
Y concluye: “No se trata de erradicar las tecnologías, es ser conscientes de su uso. Debemos establecer modelos híbridos de enseñanza, donde la conexión con la naturaleza y la vida en comunidad estén en la primera línea de acción de la educación en casa y en las escuelas”.
En Venezuela hay un interesante programa educativo llamado Semilleros Científicos. En éste, los niños y jóvenes aprenden sobre la cotidianidad de las ciencias con la vida y, al mismo tiempo, aprenden a manejar herramientas tecnológicas para crear propuestas en robótica, matemáticas, física y nanotecnología.
Colombia tiene una serie de condiciones bastante similares a las de Venezuela en este sentido, como para establecer algo similar. Uno de ellos es la opción de ver el lado positivo de las cosas negativas. Me explico: mentalmente asociamos celular a redes sociales, aunque no sean éstas lo único que viva en un teléfono móvil. Y las redes, como bien lo sabemos en esta época, y como bien lo han vivido en Venezuela en los últimos años, están cargadas de odio y de mala intención. Si cortamos con las redes sociales, extirpamos una fuente importante de odio, y dejamos al celular como espacio para otras cosas.
La idea de Semilleros Científicos es que le saquemos partido a ese celular sin redes, para desarrollar proyectos educativos y científicos. El plan es perfecto y demostraría que la tecnología digital no es la enemiga, que el problema es el uso que se le da a las herramientas informativas de esa tecnología.
Ahora bien, Robert Pyle trabajó durante su investigación de la extinción de la experiencia con el psicólogo ambiental Peter Kahn, quien a su vez acuñó otro concepto:”amnesia generacional ambiental”. Kahn argumenta que cada nueva generación normaliza el medio ambiente degradado en el que crece como si fuera el estado original o normal de las cosas. Esto quiere decir que al olvidar cómo era la naturaleza antes, las personas no perciben la pérdida ambiental hoy. En otras palabras, que a los niños y adolescentes no les hace falta el parque y el campo, sino un teléfono donde ven la imagen del parque y el campo.
Por supuesto, el problema está en los padres, quienes por lo general no calculan el efecto de las redes sociales del celular en la salud mental de sus hijos y en su propia salud mental. Como no es algo que se vea de forma tangible e inmediata, pues no se calcula el problema. La madre atiende en un mostrador mientras su hijo pequeño juega con una pantalla al fondo del almacén.
Hay actividades sencillas que simbolizan experiencias reales: cambiar cromos del álbum, pasear al perro, hacerle el mandado a la mamá, pintar el suelo con tiza… , síntomas de un cerebro sano en crecimiento. Pero a veces nos llenamos de excusas para evitar esa experiencia, como los peligros del barrio y de la noche, aunque sean evidentes. El resultado es que sobreprotegemos y evitamos que el niño salga y juegue. Mejor que se quede en casa con el celular, o en su defecto con la televisión.
Julio César Álvarez, psicólogo de la Universidad de Nebrija y especialista en adicciones, dice que la paradoja actual es cómo el teléfono móvil con acceso a Internet, que parecía creado para favorecer la comunicación, ahonda en el aislamiento y la soledad. “El uso del móvil está generando pérdida de empatía. Nos enfrentamos a un aparato que, desde el punto de vista psicológico, no solo cambia lo que haces, sino quién eres”.
Por eso se habla hoy de más ansiedad en la sociedad, de menos tolerancia a la frustración, de más dificultad para concentrarse, de menos conexión emocional. “El problema no es tener la pantalla sino lo que dejan por tenerla. Hace falta aburrirse, imaginar, convivir, explorar, resolver cosas solos, caerse, ensuciarse, descubrir, intentar otra vez”.
Deja que jueguen fuera, permite un poco de aburrimiento, menos pantallas hasta donde sea posible, más parques, más bicicletas, más tiempo con nuestros hijos, más experiencias reales.
Yo diría que algo grave está pasando con los padres, porque esos tienen edad para que un padre lo corrija y le quite definitivamente el celular, no son los niños, son los padres que l dan un celular a los niños
Por eso debo repetir lo que ya había dicho aquí hace unos años: según el Observatorio Colombiano de Ciencia y Tecnología (OCyT), el 56,3% de los ciudadanos declara necesitar su celular de forma constante y sin motivo específico. Y uno de cada seis jóvenes en el país muestra signos de ansiedad relacionados directamente con este uso excesivo.
Una enfermedad que no se cura con paños de agua tibia.




