Nuestro “momento populista”

Como suele ser ya costumbre, asistimos como Estado y Nación tarde a las citas de la historia. Cuando la mayoría de los países latinoamericanos realizaban a mediados del siglo XX las reformas agrarias y los derechos de la oposición política iniciaban a garantizarse con el desplome de las dictaduras a inicios de la década de 1980, en Colombia se necesitó de más de 50 años de conflicto armado y las reivindicaciones de una guerrilla marxista-leninista para sentar las bases de dichos procesos en pleno siglo XXI.

 

Asistimos tarde a las citas de la historia simple y llanamente porque unas élites nos tienen anclados al pasado. Son lo viejo que no acaba de morir y se oponen a sangre y fuego a lo nuevo que no termine de nacer, y hoy, cuando todo indicaba que estaban llegando a su ocaso producto del rechazo masivo que han recibido en las urnas y las calles, han iniciado a mutar para hacerse por cuatro años más a un pedazo del desvencijado pastel que conocemos como Colombia.

 

Hemos llegado, o más bien, estamos experimentando nuestro “momento populista” producto del resquebrajamiento del régimen político gracias al daño irreparable que le ha hecho a la política la clase política. Esta, con sus escándalos de corrupción y su impunidad aun más escandalosa ha terminado por configurar una cleptocracia que ha hecho metástasis en todos los niveles del Estado. Con un caldo de cultivo como estos no es sorpresivo que hayan irrumpido en el tablero nuevas formas de populismo. Lo realmente sorpresivo es que nos hayamos tomado tanto tiempo, lo cual en gran medida es explicable en razón al nivel de captura del Estado por unos pocos.

 

El éxito de la candidatura presidencial del Pacto Histórico y de alguna parte de sus congresistas electos responde a que han comprendido la naturaleza de la actual coyuntura política: crisis de la formación hegemónica neoliberal, y que hayan llegado a esa comprensión en contacto directo con las múltiples reivindicaciones que, valga la pena precisar, se han ampliado y profundizado producto del incumplimiento del Acuerdo de Paz y la crisis económica desatada por la COVID-19. Entendieron que las transformaciones ocurridas en nuestro país en los últimos 30 años han modificado las coordenadas políticas y que ya no es posible responder a dichas reivindicaciones sola y exclusivamente en términos de clase social.

 

La conquista de un número significativo de votos por parte del producto electoral denominado “Rodolfo Hernandez” se da por un camino completamente distinto. Es en gran medida resultado de la mediatización de la política y su estrategica utilización por parte de los y las asesores en comunicación política. A inicios de 2021 Colombia reportaba más conexiones en celulares (60 millones) que población (51 millones) y los usuarios activos en redes sociales rondaba el 76% de la población total. Por esta vía los y las asesores de “Rodolfo Hernandez” supieron explotar su imagen, permitir que la polarización erosionara la imagen de su más claro adversario y con ello ascender sin mayor mérito.

 

Esto quiere decir que no hay equidistancia entre el populismo de “derecha” y el populismo de “izquierda”. Pese a que meditaticamente se insista en que con el paso del producto electoral “Rodolfo Hernandez” y Gustavo Petro se han superado las metáforas “izquierda” y “derecha” y algunos medios se resistan a caracterizar a “Rodolfo Hernandez” como un claro representante de la nueva derecha, lo cierto es que más elocuente que sus desatinadas intervenciones y desconocimiento del país, es su no-programa. Este vacío solamente puede decirnos algo: todo seguirá igual.

 

Frederic Jameson, crítico y teórico literario de origen estadounidense hace mucho llamaba la atención que nos era más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Espero que a los colombianos no nos resulte más fácil imaginar el fin de Colombia que el fin de su régimen de corrupción.

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