Paola Holguín: ministra de cultura, pero de la cultura traqueta

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Por Tirso Benavides Benavides

Abelardo de la Espriella anunció esta semana que Paola Holguín será su ministra de Cultura. La presentación oficial, con ese aire de pieza generada por inteligencia artificial que parece salir del mismo molde para cada anuncio del gabinete -más de publicidad que de comunicación de gobierno- resume su hoja de vida cultural en un solo mérito: ser la autora de la ley que declaró el carriel antioqueño patrimonio cultural de la nación. Mérito que, dicho sea de paso, comparte con decenas de colombianos que a punta de un proyecto de ley han logrado lo mismo para el sombrero vueltiao, la champeta, la arepa de huevo o el mototaxismo. En Colombia declarar patrimonio cultural es, a estas alturas, un trámite como el de sacar la cédula.

Y ya que hablamos del carriel, tampoco sobra recordar que esa pieza de cuero y sus variaciones más recientes volvieron, para bien o para mal, un accesorio predilecto de cierta estética que el país aprendió a asociar con el dinero fácil. Pero de la autoría de una ley conmemorativa a manejar el ministerio que define política editorial, del cine, la música, el patrimonio y las bibliotecas de todo el país, hay una distancia que ni el cuero más resistente logra cubrir.

Holguín no tiene experiencia en el sector. Tiene, eso sí, mucha experiencia en otra cosa, y a eso vamos.

Lo primero que llama la atención no es tanto la designación como el lenguaje que la envuelve. El propio equipo de gobierno la presentó como “la guerrera” que encabezará la “batalla cultural” de la nueva administración. No hablan de política pública, de fomento a las industrias creativas ni de fortalecer el fomento a la lectura, hablan de guerra. Y en esa retórica bélica se delata el verdadero propósito del nombramiento, que no es gestionar la cultura sino colonizarla ideológicamente.

Es el mismo libreto que ensayaron Trump en Estados Unidos y Milei en Argentina, este último con Agustín Laje de vocero cultural de cabecera. La receta es idéntica, convertir el ministerio de turno en trinchera de la extrema derecha y a sus expresiones artísticas en munición. Y esa “batalla cultural” no es más que la cruzada contra la cultura woke, contra el feminismo, contra la memoria histórica, contra cualquier relato que no encaje en la épica patriótica que vende el nuevo gobierno. Aquí no se trata de que la cultura le sirva al país, sino de que la cultura le sirva a una ideología.

Conocí a Paola Holguín como profesora en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, donde dictaba una materia introductoria de ciencia política en el pregrado de Comunicación Social del que ella misma es egresada. Daba una materia de relleno dentro de un programa que navega un mar inmenso de conocimientos —política, economía, historia, semiótica, lo que sea— con pocos centímetros de profundidad en cada uno. Holguín, hay que reconocerlo, era perfecta para ese formato, nadie explicaba con más soltura y menos rigor los conceptos básicos de la ciencia política. De esos semestres guardo, más que los apuntes, el recuerdo nítido de la naturalidad con que hablaba de Carlos Castaño. Sin el menor sonrojo decía que el jefe paramilitar era “un papacito”, allá por la época en que Castaño hacía sus primeras apariciones televisivas con camisa y corbata, jugando a la respetabilidad.

Esa simpatía, hay que decirlo, no era excepcional en este entonces. Gran parte de Antioquia y del país justificaba el actuar de las autodefensas, y muchos celebraron sin reparo operaciones militares como la de la Comuna 13, que hoy sabemos fueron escenario de crímenes de Estado documentados por la justicia. No es un dato menor para entender de qué pasta política está hecha la nueva ministra.

Pero el tiempo, que es implacable con quienes construyen relato, terminó mostrando que la cercanía de Holguín con ese mundo no era solamente ideológica. Como lo ha documentado con rigor mi buen amigo y colega Juan Pablo Barrientos desde Casa Macondo, el padre de la ministra, Frank Holguín Ortiz, fue señalado judicialmente como testaferro de Pablo Escobar; la justicia determinó que tres inmuebles compraron a nombre suyo debían pasar a la Fiscalía y a la extinta DNE, fallo que la defensa —cuyo argumento fue que no existían pruebas de que el capo tuviera relación con actividades ilícitas— nunca apeló. A esa historia se suman otros episodios incómodos: su respaldo a un candidato a la alcaldía que hacía campaña luciendo tobillera del INPEC como si fuera un accesorio más, y el escándalo por terrenos baldíos —bienes que por ley debían destinarse a campesinos sin tierra— de los que ella misma terminó beneficiándose. Todo esto está en casamacondo.co para quien quiera verificarlo.

Con esa hoja de vida, seguridad, paramilitarismo, familia narco, baldíos, cabe preguntarse qué hace alguien así al frente de la cartera de Cultura. La respuesta, me temo, no tiene nada que ver con la cultura.

Este nombramiento retrata, más que a Holguín, al propio gobierno entrante. La ligereza con la que trata sectores como la cultura y el deporte. En Deporte nombró a la hermana del alcalde de Medellín Fico Gutiérrez, como pago a favores políticos, alguien totalmente ajena al sector. En el caso de Cultura, la designación de Holguín no es más que una retribución por el trabajo sucio que ella hizo reclutando gente del Centro Democrático para la campaña del Tigre, que desconoce las necesidades de políticas serias en el sector.

Y hay un dato que le da otra lectura a todo esto. Cultura y Deporte figuran entre las carteras que el propio gobierno ha puesto sobre la mesa para fusionar o de plano eliminar, dentro de su plan de reducir el Estado. Eso lleva a sospechar que la verdadera misión encomendada a estas dos ministras no es gestionar sus despachos, sino enterrarlos con dignidad.

Queda al descubierto el verdadero talante de la nueva ministra: la deslealtad como método. El famoso “haga plata honradamente, pero si no haga plata” en el que se esconden varias familias prestantes como la de la ministra. Creció políticamente a la sombra de Uribe, fue durante años una de sus escuderas más férreas, pero no pensó dos veces en dejarlo a un lado, en cuanto vio que ese barco empezaba a hacer agua, saltó al bote del ganador. Es, en el fondo, la misma lógica traqueta que ha marcado a su familia, sacar el mayor provecho posible, saltándose los principios que sobren en el camino.

Habrá, pues, ministra de Cultura. La pregunta es de cuál cultura. Porque no será la del gestor cultural que en un pueblo de Colombia hace magia con un presupuesto de hambre, ni la de las bibliotecas que resisten a punta de voluntad, ni la de quienes todavía creen que el arte sirve para pensar el país. Esa cultura, me temo, tendrá que arreglárselas sola. La que sí queda blindada, con despacho, chofer y presupuesto, es otra, la que convierte un pasado incómodo en hoja de vida presentable, la que confunde patrimonio con pedigrí y disfraza de “batalla” lo que en realidad es una cacería contra quien piense distinto. A esa, llamémosla por su nombre: cultura traqueta. Y si de algo puede estar segura Paola Holguín es de que, en esa materia, ella sí tiene toda la experiencia necesaria.

 

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