Luis Efrén Delgado Eraso
Presidente de ASOINAGRO
La Extensión Agropecuaria debía convertirse en el gran motor de la transformación del campo colombiano. La promesa era sencilla: llevar conocimiento, innovación, planes de mercado, asociatividad, transformación, asistencia técnica y acompañamiento permanente a los productores, con el fin de incrementar la productividad, la rentabilidad y la sostenibilidad de los pequeños y medianos agricultores.
Lamentablemente, esa promesa no logró materializarse.
El primer error fue creer que formular un Plan Departamental de Extensión Agropecuaria era suficiente para transformar el campo. Los documentos quedaron medianamente estructurados, pero la ejecución avanzó lentamente. La verdad es que, en muchos territorios, los productores nunca sintieron la presencia efectiva del servicio.
El segundo problema fue la falta de continuidad. La Extensión Agropecuaria exige procesos permanentes, sostenidos durante varios años; sin embargo, muchos proyectos fueron concebidos con tiempos demasiado cortos para generar cambios reales en los sistemas productivos.
También existió una débil articulación entre la ADR, las gobernaciones, los municipios, las EPSEA y los gremios. Cada institución trabajó con prioridades diferentes, duplicando esfuerzos o dejando vacíos precisamente donde más se necesitaba apoyo. A ello se sumó la insuficiencia de mecanismos de supervisión, seguimiento y evaluación.
Los organismos de control han identificado debilidades en la planeación, en la metodología y en los indicadores para medir resultados, lo que ha dificultado demostrar el impacto real de las intervenciones.
En Nariño, donde tenemos una enorme diversidad productiva y geográfica, la Extensión Agropecuaria requiere equipos técnicos locales, bien coordinados, que conozcan las condiciones agroecológicas, sociales y culturales de cada territorio. Un modelo centralizado difícilmente puede responder a las necesidades de un productor de papa de la exprovincia de Obando, de un caficultor del norte del departamento o de un cacaotero de la cordillera.
Otro aspecto crítico fue la desarticulación interna de la ADR. Algunos funcionarios, por desconocimiento de la entidad y del territorio, concentraron buena parte de sus esfuerzos en el cumplimiento administrativo antes que en los resultados productivos. Al final, no cumplieron ni con lo administrativo ni con lo técnico.
El éxito de la Extensión Agropecuaria no debe medirse por el número de talleres realizados o de productores inscritos, sino por indicadores concretos: aumento de la productividad, reducción de costos, mejor acceso a mercados, mayor adopción tecnológica y mejores ingresos para las familias rurales.
Esta amarga experiencia con los Planes de Extensión Agropecuaria de 2025, y lo que viene con los de 2026, deja una enseñanza clara: la asistencia técnica no puede ser un contrato temporal ni feriarse al mejor postor. Debe convertirse en una política pública permanente, con recursos estables y asegurados, extensionistas capacitados y una estrecha articulación con la investigación, el crédito, el riego, la comercialización, la asociatividad y la innovación.
El campo colombiano no necesita más documentos archivados. Necesita profesionales en las fincas, transferencia de tecnología, acompañamiento continuo y resultados medibles. Solo así la Extensión Agropecuaria dejará de ser una promesa vociferada en las tarimas y se convertirá en el instrumento que realmente impulse la competitividad del agro.
Porque, al final, el éxito del campo no depende únicamente de sembrar más, sino de producir mejor, con conocimiento, innovación y acompañamiento permanente.
Lo que vivimos en Nariño con el Plan de Extensión Agropecuaria 2025 fue un engaño a 2.600 productores de 47 municipios del departamento, a quienes les arrebataron $2.940 millones. También fue un irrespeto con nuestra Universidad y con las EPSEA de Nariño.




