Pasto de colores – Crónica de ciudad

El grafiti es un arte callejero que ha sobrevivido a través del tiempo alimentándose de las emociones, sentimientos, desgracias y pensamientos de la sociedad. Su naturaleza ilegal, clandestina y anónima marca a quien desee romper silencios o gritar realidades a través de paredes blancas que no marcan límites ni barreras a sus razonamientos. Sus autores caminan en la delgada línea que separa lo que está correcto o no y la diferencia estará en cómo deciden empuñar su aerosol. Ya decía Norman Kingsley “Siempre hubo arte en un acto criminal”.

La evidente anarquía, el aspecto desordenado y poco pretencioso de los grafitis marca la inconformidad de una sociedad que vió en las paredes en blanco la oportunidad para mostrar su inconformismo hacia temas políticos, sociales o de autoridad. Intentos anónimos que los jóvenes encontraron para darle forma a sus pensamientos. El resultado, quedaba ahí a la vista de quien decidiera pararse unos minutos a leer lo que el otro quería decir.

Siempre en el centro de la discordia, este arte urbano desata odios y amores entre sus seguidores y detractores.  Como vandalismo o arte de libre expresión, es evidente que el graffiti refleja la mutación de la ciudad a través del tiempo,  exteriorizando sus emociones  a través de mensajes y trazos a medio terminar, una ciudad que  habla, sufre, se lamenta, rie y llora, con paredes que son murallas y libertades al mismo tiempo.

Es la libertad de poder expresarse, de levantar la voz sin pedir permiso o aceptación. El poder de la decisión, una elección que carece de planeación, un simple encuentro personal e íntimo con esa pared en blanco, el dominio, la supremacía. Yo elijo mis palabras y mejor aún yo decido donde las quiero escribir. Actos de rebeldía que no necesitan autorización ni verificación, no necesitan estar dentro de ninguna estructura para que existan porque la misma sociedad les otorgó esa validez,  cualquiera puede hablar, nadie puede controlar lo que dirá, lo mismo pasa en la ciudad, cualquiera tomará un aerosol para escribir en la pared, es su decisión, su responsabilidad y deberá asumirla frente a quien decida escucharle.

 

Caminar por la ciudad es encontrarse con pensamientos ajenos que quedaron marcados en las paredes, amores que tal vez ya no lo sean, odios que quedaron perdonados, luchas sociales que resultaron estériles, inconformismos políticos que permanecen constantes, letras escritas nacidas de momentos exactos, sentimientos creados sin retoques puestos al azar para que sean leídos o comprendidos o simplemente dejados ahí para incomodar. Sea como fuere están ahí, son parte nuestra, historia de la ciudad y reflejo de una época.

Todo evoluciona, nosotros lo hacemos y las paredes de las calles que nos servían para expresarnos se convirtieron ahora en los muros donde hacemos nuestras publicaciones en las redes sociales, no en vano Facebook los bautizó así. La libertad entonces es más amplia, ya no hay límites, el aerosol escribirá con benevolencia o tirará a matar, se enaltecerá a la persona o se la desacreditará para siempre. Ahora es cuando todos están escuchando, cuál será entonces tu mensaje? La responsabilidad siempre ha sido nuestra.

 

“Una pared es un arma muy grande. Es una de las cosas más desagradables con las que puedes golpear a alguien” Bansky

El arte urbano es una potencial fuente de creatividad, pasar del graffiti al muralismo es complementar a este primero con un toque de expresión, es embellecer una pared que se sentía perdida, darle voz a una calle anónima por la que ya no  queríamos pasar. Es devolver espacios a la ciudad para que se recuerde su historia. Los murales dan protagonismo a sus autores, su trabajo en la luz los evidencia y permite que la sociedad se integre a su trabajo, tome los pinceles y aporte a la construcción de su barrio, integrando actores violentos que encuentran una alternativa edificadora en lugares donde antes solo había destrucción.  

 

El muralismo amplio la visión del artista mucho más allá de sus deseos personales, lo llevó a levantar cimientos en zonas donde se había perdido la esperanza, creando sentido de pertenencia a comunidades que vieron cómo la violencia les arrebató todo, pero que encuentran en estas  obras un medio para aportar, para sentirse vinculados a un proyecto y ser parte de la sociedad de nuevo. Jóvenes que se identifican con este nuevo arte urbano que les permite reformarse a sí mismos y a sus familias sacándolos de problemas sociales como la droga o el alcoholismo. Es una respuesta diferente a lo que la sociedad actual parece ofrecerle.  

Vivimos y caminamos la ciudad de otra manera, hemos sido intervenidos, colonizados por estos nuevos artistas que se empeñaron en darle voz y color a estas paredes grises que nada tenían que decirnos. Ya no somos ajenos a nuestras calles, ya nadie lo será jamás. Las entidades de gobierno se han vinculado a proyectos con este tipo de arte y han entendido que se puede hablar a través de las paredes, que la pintura sana las heridas y que estas manifestaciones culturales pueden desahogar viejos rencores y abrir nuevos caminos de reconciliación y trabajo en equipo. Estas son épocas de paz y se deben cuidar los caminos que nos conduzcan a ella, se siente que hay esperanza cuando se cambian armas por brochas.  

Se están recuperando espacios como la zona de la Ratonera que por años fue un sector vetado para la gente, zonas como Bombona que fue intervenida para darle un amigable aspecto de respeto con el medio ambiente y los animales, La Panadería en el Onomástico de Pasto, Parque Infantil, Biblioteca Carlos Cesar Puyana, Coliseo Sergio Antonio Ruano con sus ilustraciones relacionadas al deporte, la recuperación de los parques en la Comuna 10, la zona de los 2 puentes, o el trabajo que varios artistas adelantan en el Intercambiador Vial Agustín Agualongo.

La pintura se toma a Pasto en un intento sano de embellecer la ciudad con talento de jóvenes que a diario entregan sus habilidades a las calles, artistas con la pasión por el arte en las  manos, genios del color que viven creando mundos para conquistarlos con sus trazos, personajes ficcionarios que desafían las pautas, las verdades, sus temores, su propia naturaleza humana y se sumergen en los lienzos blancos de la ciudad para tomarlos, volverlos su realidad, intervenirlos con sus pinceles  y regalarnos magníficas obras de arte.

El arte urbano, llegó de la calle hablando desde el anonimato, cubriendo su rostro, escribiendo con el impulso de los pensamientos en paredes, vallas, postes y en general cualquier parte de la ciudad que en la noche quedaba a su merced, los artistas libraron  fuertes batallas para superar la incomprensión de una sociedad que veía solo vandalismo en su trabajo y exigía que este  fuera borrado de los frentes de sus casas.  Toda esta tormenta resultó en un camino más claro para las dos partes, un acuerdo que involucraba ya a una comunidad que quería verse reflejada en este arte, quería ser parte de este mensaje que iba a quedar para la posteridad. Al final hay una ganancia colectiva, una ciudad que habla con las voces de la paz y la tolerancia y ante los  violentos que les impiden su camino alzaran sus brochas y sus  rodillos y se identificaran como los artistas que vienen a transformar,  a intervenir, a recuperar su  ciudad y sus campos. En zonas donde solo había grises llevarán el color.

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