Por el derecho invencible a elegir nuestro destino

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Por: Manolo Villota B

Esta es una historia breve sobre un hombre valiente.

La persona en la foto se llamaba Ramiro Bernal. Nació en Pasto y era sociólogo. Es probable que no lo haya conocido, pero, créame, de haberlo hecho, comprenderá la razón del siguiente texto.

“Ramirin, ¿en serio?”, le dije, escéptico, luego de que me contara la carrera que iba a estudiar en la Universidad de Nariño, la misma institución en donde yo recién había terminado derecho. Entonces corría el 2010.

En aquel momento reaccioné igual que mucha gente cuando le mencionaban que una carrera que salía de la categoría de “estable y lucrativa”, era la elegida para ser un proyecto de vida. Ignoraba cuán equivocado estaba.

Si reflexionamos por un instante, nos daremos cuenta de las innumerables veces que una melodía hizo plena la vida, un libro desentrañó verdades que hasta entonces nos fueron ajenas, o nos estremecimos hasta las lágrimas con una película. Cada experiencia, por inadvertido que parezca, tuvo uno o varios artistas que pusieron su empeño en ello.

Áreas humanísticas como la antropología, la sociología o la filosofía, no son para nada menores. Todas nos han hecho entender la profundidad y complejidad de lo que significa ser humanos, nos han enrutado en la búsqueda de nuestra razón de ser en la vida y han permitido que podamos caminar hacia sociedades más justas y empáticas.

Tal vez, la idea de la retribución material como  absoluto se volvió una verdad porque en algún punto perdimos la noción de que la educación no solo es un camino para conseguir empleo o montar un negocio, sino que su razón de ser también está ligada a volvernos mejores de lo que éramos. Estanislao Zuleta, pensador por excelencia, reflexionó años atrás sobre el tema:

“Es un sistema educativo en el cual la gente adquiere la disciplina desgraciada de hacer lo que no le interesa ganar; de competir por una nota; de estudiar por miedo a perder el año, de la misma manera que va a trabajar por miedo a perder el puesto”, es decir, una maquinaria para producir personas sentenciadas a hacer lo que les toca.

No se trata, por supuesto, de desestimar la necesidad de la subsistencia, entenderlo así, sería reduccionista, pero sí de poner nuestros ojos sobre algo tan íntimo e individual que nos pertenece más que cualquier otra cosa: el propósito de estar aquí y el valor de perseguirlo.

Entonces, en este punto, vuelve a aparecer Ramiro. Luego de aquella charla y luego de algunos años se recibió como sociólogo. A pesar de que nuestros caminos se separaron, jamás dejamos de ser amigos. Cambié de ciudad y de profesión por otra que tampoco encajaba en las “rentables y duraderas”, pero, ciertamente me daba más razón de ser.

Cada vez que conversábamos, a través del chat o en mis retornos a Pasto, me contaba entusiasmado sobre su profesión que se ligaba a la convicción de querer construir un mundo mejor. También me hablaba de su cambiante vida laboral, esa misma que en un giro inesperado lo llevó a trabajar en un periódico local al que terminaría renunciando porque no estuvo de acuerdo con ciertas situaciones. “¿y qué vas a hacer?”, le indagaba preocupado, “algo saldrá”, decía con una tranquilidad que siempre admiré.

En efecto algo salió. El camino lo llevó al Putumayo a trabajar con comunidades en temas de paz en un territorio históricamente afectado por el conflicto. En nuestra última conversación por teléfono, me dijo lo feliz que se sentía haciendo lo que le gustaba y yo, guiado tal vez por un impulso emocional o por un designio que escapa a mi comprensión, le dije lo importante que había sido conocerle, pues los buenos encuentros y los tiempos felices de la vida, creo, son algunos de nuestros mayores tesoros.

Una mañana a mediados de noviembre me enteré que mi amigo había fallecido luego de un quebranto de salud.  Todo fue intempestivo, veloz, inesperado. Él, fiel a su manera de ser, lo encaró con valentía. Cumplió treinta años en octubre, unas semanas antes del final.

Días después, Felipe, su hermano menor me invitó a conectarme a un homenaje virtual que prepararon desde la Fundación para la que trabajó. Grande fue mi sorpresa cuando encontré más de cincuenta personas en línea y desdé Pasto un salón repleto de asistentes para rendirle tributo.

Se proyectaron videos, se cantaron canciones, muchas personas, incluyéndome, hablamos de esa persona que no estaba presente, pero de algún modo había encontrado la manera de seguir viviendo dentro de cada uno. Agradecieron su compromiso y su aporte al territorio y a la gente. Ramiro había sido relevante y no solo eso, había dejado un legado positivo, había impactado la vida de otros.

El día que me contó que iba a estudiar sociología lo hizo sonriendo, mirándome con calidez, y hoy, mientras escribo estas líneas, pienso que no podía ser de otro modo. No se necesita siempre ser ingeniero, médico, contador o abogado para “hacer algo de tu vida”, si cabe aún usar esa expresión, como tampoco se está obligado a elegir un destino porque es lo “bien visto” o premeditando un futuro que no existe.

A veces una vida de hacer papeleo en la oficina vestido de traje tiene una incidencia menor respecto a un músico que alegró la vida de una audiencia, de una filósofa que enseñó en un colegio lleno de adolescentes, o de un sociólogo que creyó en la paz y caminó quebradas, valles y montañas para encontrarse con la gente.

Vivir como se quiere también es un acto de valentía que ejercen aquellos destinados a encontrar uno de los caminos que conducen a la felicidad.

* En memoria de Ramiro Bernal, por supuesto, cuya ausencia aún resulta inverosímil. Que el tiempo dé sosiego a tu familia y que tu recuerdo nos empuje a ser mejores de lo que alguna vez fuimos. Hoy ya eres parte de un todo, amigo. Gracias por haber existido.

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