¿Quién es realmente Víctor Daniel Bonilla, el autor de siervos de Dios y amos de indios?

 

Por: Alejandro Cuevas Ramirez

Hace ratos, por no decir hace varios años, estuvimos detrás de Víctor Daniel Bonilla Sandoval, el autor de Siervos de Dios y amos de indios.(El Estado y la Misión Capuchina en el Putumayo), libro en el que según expresiones del sacerdote Jaime Álvarez, s. j., director de la revista Cultura Nariñense, “… Para el señor Víctor Daniel Bonilla, los misioneros capuchinos no han hecho otra cosa en el Putumayo que abusar del poder, intervenir políticamente, violar las leyes, incautar propiedades indígenas y atropellar los derechos humanos”; palabras que aparecen en las páginas finales de Crítica histórica al libro de Víctor Daniel Bonilla del capuchino Ramón Vidal.

En su momento, 1968, la obra escandalizó a la iglesia católica, sobre todo a la comunidad capuchina catalana del Putumayo, y también del Amazonas. En el internet existe algún dato biográfico de tipo periodístico, pero no lo suficiente, así que nos propusimos dar con él y finalmente dimos con Víctor Daniel, gracias a la complicidad del ex constituyente indígena Lorenzo Muelas quien estuvo de visita en Leticia en noviembre del año pasado participando del foro20 años de la Constitución política de Colombia. Implicaciones para la Amazonia y sus pueblos indígenas, evento organizado por la Universidad Nacional, sede Leticia.

La falta de información nos llevó a pensar que era un indígena sibundoy o que alguien por ahí nos dijo que era un indígena rebelde, víctima de la persecución religiosa, y que en represalia había escrito Siervos de Dios y amos de Indios, de ahí que en el libro del suscrito, Los versos del Liceo Orellana o los hermanos de La Salle en Leticia, de reciente publicación, lo haya identificado como sociólogo “sibundoy”. Pero no.  La cosa no era así.

Víctor Daniel nació en Cali en 1933, en una familia de origen caucano. Reconoce que no se considera caleño porque desde muy temprano vivió en una finca muy cercana a Popayán. Cuando cumplió los 18 años emigró a Bogotá. Posee el título de licenciado en Filosofía y Letras de la Universidad Nacional, ex alumno en Derecho del Externado de Colombia y de Sociología y Desarrollo en la Universidad de París. En sus primeros años de actividad ejerció la labor de periodista y editor y lo hizo por unos 25 años. En la década del sesenta y del ochenta estuvo vinculado a los diarios de El  Tiempo y El Espectador como colaborador ocasional. También trabajó como redactor del semanario La Calle, luego en la Gaceta Tercer Mundo,  del cual fue su director técnico,  y en la Revista Alternativa, en el cual ocupó el cargo de jefe de redacción. Posteriormente se dedicó al ejercicio independiente actuando como investigador en temas históricos, sociales y políticos y como “solidario” con las organizaciones y luchas indígenas, de las que en cierto modo fue un precursor en el país. En pocas palabras, desde 1962 se ganaba la vida tecleando en una antigua “Remington”, pero en el último cuarto de siglo lo hace en un computador.

   Su profesión de investigador socio-económico lo llevó a conocer la zona rural de todo el país. Primero el oriente colombiano como los llanos y la selva. Luego más adelante pudo viajar al sur y recorrer el Caquetá, Putumayo y el Amazonas. Así llegó asostener contactos y comunicación personal con los indígenas de estas regiones, al punto de escandalizarse por la situación como vivían: prácticamente del modo más inhumano y degradante. En esa década del sesenta, que recuerde Víctor Daniel, si alguien se había pronunciado por esta situación, había sido algún espontáneo antropólogo, porque todo el mundo parecía considerar que la vida del indígena era un problema que sólo atañía a los misioneros y a nadie más. Después de empaparse de la situación, llegó a la conclusión que debía tomar posiciones políticas al respecto, y una de ellas era oponerse al Concordato de 1887, a la unión existente entre el Estado y la Iglesia católica, donde el Estado le había conferido a la Iglesia, a través del Convenio de Misiones,  un enorme poder, no sólo en materia religiosa sino para legislar e intervenir en la política, en la administración y en la educación e inversiones públicas de los llamados “Territorios Nacionales”, que por entonces constituían la tercera parte del país. Como bien lo dice Bonilla: “A la Misión se le dio todo el poder para que gobernara esta región colombiana”; basado en ello Víctor Daniel Bonilla acotó: “El convenio era una monstruosidad para el sistema jurídico y democrático del país. Era el funcionamiento de un Estado dentro del Estado. Y esto se prolongó hasta 1975 cuando se le dio punto final al Convenio. Mi investigación fue muy meticulosa y muy profesional, para finalmente sacar a la luz los efectos y resultados nefastos del Concordato y el Convenio en materia del estatuto misional”.

EN LETICIA

Víctor Daniel Bonilla estuvo en Leticia en 1966. Para esos años ya había iniciado sus investigaciones sobre las relaciones entre los indígenas y los misioneros capuchinos del Caquetá y Putumayo, pero hubo otra razón del por qué se desplazó a Leticia: la presencia de un fugitivo nazi de la segunda guerra mundial, proveniente del Perú. En este país, el europeo había recibido todo el apoyo del gobierno de Manuel Odría (1950-1956), tal como lo había tenido en Argentina. Al respecto, Víctor Daniel nos dice: “Era un ingeniero eléctrico que estaba al servicio de la misión capuchina en Leticia. Allí estaba encargado de los motores y el servicio eléctrico”. Ese fue el motivo para que el joven periodista valluno se desplazara al Amazonas, para averiguar cómo era esa “movida”, como él lo dice.

Además contaba con la información que el europeo estaba dedicado al cultivo de la planta tradicional indígena de la coca con otros propósitos, siendo quizás el primero en la región en dedicarse a este tipo de actividad. Según se sabe, el alemán estaba casado con la esposa de un ex ministro conservador, y posteriormente se vio públicamente mencionado en El Espectador, en un lío de esmeraldas. Estos datos que eran considerados como “muy delicados”, no se podían publicar extensamente. Palabras más o palabras menos, nos dice Bonilla que parte de este material lo dio a conocer a través de Héctor Muñoz, periodista de El Espectador. Para ello hubo un compromiso formal entre ambos en el sentido que Víctor Daniel le informaba de lo que ocurría en provincia, y Muñoz lo publicaba a su propio nombre. Y lo hacía a ojo cerrado porque conocía la seriedad y el profesionalismo de la fuente primaria. Sobre este acontecimiento y otros de diversa índole, en el recorrido de unos 20 o 25 años, logró almacenar una gran cantidad de información en los cuales estaban los recortes de prensa que llegaron a ocupar un gran volumen en el apartamento donde vivía en Bogotá, pero gran parte fue desapareciendo a medida de que cambiaba de residencia. Aunque en ocasiones las “desapariciones” del material escrito eran deliberadas, por razones de seguridad personal, porque entre otras cosas, Víctor Daniel estuvo sometido a persecuciones y amenazas.

Cuando llegó a Leticia para hacer ese tipo de investigación, procuró no hacer vida social ni relacionarse con ninguno de sus habitantes, porque consideraba que estaba metido en la boca del lobo, y que además, según él,  sabía que esta ciudad tenía más de mil oídos y estaba dominada por la Iglesia y la clase política tradicional. Bonilla nos dice: “Hoy esta clase de investigación se realiza con mayor libertad y con equipos sofisticados sin que nadie se dé cuenta, pero en esos años no era posible. Al respecto debo decir  que yo fui uno de los primeros periodistas colombianos que emplee una mini-grabadora para las entrevistas y trabajos de investigación. La había comprado en Europa y la traje en 1962. Antes no habían grabadoras en Colombia”.

La aparición en Colombia del libro Siervos de Dios amos de indios, a finales de la década del sesenta, como él lo dice: “Causó una verdadera hecatombe, aquí en el país y en el exterior. Afortunadamente se presentaron reacciones muy positivas. Porque al año siguiente, después de la aparición del texto en idioma extranjeros, el mismo Vaticano decidió intervenir y reconocer la situación, enviando delegados especiales a Colombia para iniciar contactos con el gobierno colombiano (en agosto de 1969)  y adelantar el estudio de la reforma del Concordato y el Convenio de Misiones”.

La hecatombe a la que se refiere Bonilla, se podría resumir tal como aparece en el texto de la contratapa de la segunda edición en el cual refiere que la aparición del libro originó una denuncia por “calumnia” de algunos misioneros contra el investigador; iniciara un debate nacional sobre el tema; mojara páginas enteras de periódicos y revistas; trascendiera a naciones del mundo interesados en conocer el contenido de la obra en lenguas diversas y el autor fuese invitado a varios países de Europa, entre ellos Francia, Suiza e Inglaterra,  a dictar charlas y conferencias en las universidades y centros culturales.

Cuando Víctor Daniel se encontraba en Bogotá y no daba señales de vida, recibió un marconi de su amigo Alfonso López Michelsen, en ese momento ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Carlos Lleras Restrepo (1966-1970). El canciller le informó que muy pronto se iba a iniciar el estudio de la reforma del Concordato. Ya instalado en el poder, López Michelsen (1974-1978) le dio término al Convenio de Misiones con la Santa Sede. En 1975, el estado colombiano reasumió el manejo de la educación contratada que manejaban los capuchinos desde 1952 en el departamento del Amazonas y terminó con el concepto político de Territorio de Misiones que se había implantado en 1887. Dice Bonilla: “Se había logrado el objetivo: liberar en parte a los pueblos indígenas de la pesada carga que pesaba sobre sus hombros…”.

A pesar de la tensión entre cierto sector de la Iglesia y del gobierno de Carlos Lleras Restrepo, el país recibió con mucho entusiasmo y respeto al Papa Pablo VI, en agosto de 1968; visita en la que felizmente no hubo sorpresas desagradables.

PRIMERA Y SEGUNDA EDICIÓN DE SIERVOS DE DIOS

La primera edición de Siervos de Dios y amos de indios la realizó la imprenta Antares, bajo el sello editorial de Tercer Mundo de Bogotá, en noviembre de 1968. Sus 2.000 ejemplares en papel bond volaron en menos de cuatro meses, aunque hubo una

pequeña edición de lujo de no más de 20 ejemplares, en papel satinado y encuadernado en tela, destinado a personajes, a los que quería que llegara su mensaje. Uno de esos fue enviado al Papa Pablo VI, otro al presidente de la república Carlos Lleras Restrepo y un tercero al gerente del INCORA, a quien familiarmente llama “Muñeco” Peñaloza, padre del político actual.

La segunda edición apareció en abril de 1969, con 3.000 ejemplares en papel semisatinado, impreso en la Editorial Stella que manejaban los hermanos de La Salle. Al respecto Víctor Daniel nos dice: “Para finales de 1968, estando en Bogotá fui invitado a una conferencia relacionada con el Concilio Ecuménico Vaticano II y ahí tuve contacto con una persona de la editorial de los hermanos cristianos de La Salle quienes manifestaron  interés en reeditar el libro de Siervos de Dios y amos de Indios,  y esa propuesta me dejó perplejo. ¡Qué sorpresa!, era lo que menos podía esperar. Y más aún, porque creo recordar que hasta me dieron crédito para terminar de pagarla”.

Sin embargo el texto lo editó, como el primero,  con su propio peculio y aseguró firmemente que, a su saber, ningún libro fue llevado a la hoguera ni quemado en las calles, como en el momento se especuló. Y lo afirma categóricamente porque su esposa controló todo: su impresión y distribución a las librerías y grupos interesados escogidos. Su experiencia como periodista y su vinculación al sector de la impresión de libros, periódicos y revistas, le permitió hacerlo con el fin de sacarle provecho económico al libro.

Cuando en junio de 1969, Víctor Daniel Bonilla se encontraba en Europa recibió una invitación del Word Council of Church (Federación Mundial de Iglesias Evangélicas) de Ginebra, Suiza, en el sentido que mostraba cierto interés en conocer las relaciones de la Iglesia Católica y el estado colombiano, uno de los temas de los cuales se ocupaba el libro. Ello se hacía previamente a la entrevista de los miembros de la entidad religiosa con el Papa que se iba a efectuar durante su visita a Ginebra, “la ciudad de Calvino o el Vaticano de los protestantes”, como dice Bonilla. Según la Federación, en la charla no se habló de política, pero sí sobre la problemática que vivían los indígenas del Putumayo. “Al final terminaron hablando de la Paz Ecuménica, otra de las razones de las cuales también estaba interesado el Papa”, añade el sociólogo caleño.

A su regreso de Europa, a finales de agosto de 1969, Víctor Daniel Bonilla visitó la sede de los padres capuchinos en Cataluña, con el fin de verificar por sí mismo si era posible el testimonio que había recibido de un joven refugiado español en París, según el cual, siendo de tendencia izquierdista, había sido ayudado por los conventos capuchinos en su fuga del franquismo reinante en la península. “La entrevista fue cordial e instructiva para ambos, a pesar de la publicación del libro. De ahí que las fotografías testimonian el evento”, añade Bonilla, quien ríe al recordar la sorpresa de los hermanos capuchinos con la inesperada visita.

Después de esto Bonilla siguió algún tiempo como periodista pero su actitud y el “escándalo” que había promovido llevó a que numerosas comunidades indígenas lo llamaran para que les ayudara en otros problemas. Así terminó dedicándose a contribuir en la construcción del movimiento indígena en el Cauca, en la Sierra Nevada, en el sur y en otras partes de Colombia. Y se consagró a hacer eso, creyendo firmemente que la situación política y jurídica del indígena podía mejorar. Y aunque ha mejorado, todavía se dan situaciones de conflicto por el reconocimiento del territorio. En los últimos años se ha dedicado a la investigación, charlas, conferencias, mientras sigue asesorando a pueblos indígenas. Básicamente escribe artículos, monografías  de tipo histórico y socio-económico, actividad que inició desde hace 40 años con las que publicó con el nombre de Tierra que tienen que ver con lo que se trataba de hacer con la llamada reforma agraria de entonces. Pero decidió no volver a escribir libros para el gran público sino más bien dirigidos a personas particulares que necesitaban de sus conocimientos, y que todavía sigue compartiendo a través de sus escritos. Son escritos muy puntuales, precisos y de mucho contenido social.

LA RESPUESTA A SIERVOS DE DIOS Y AMOS DE INDIOS

La publicación de Siervos de Dios y amos de indios llevó a los capuchinos, sobre todo a monseñor Marceliano Eduardo Canyes Santacana, a solicitar al gerente provincial en Barcelona que consiguieran al mejor historiador eclesiástico de la comunidad para que refutara lo que había escrito Víctor Daniel Bonilla y el encargado fue el capuchino Ramón Vidal. Y lo hicieron a través de la Crítica Histórica al libro de Víctor Daniel Bonilla Siervos de Dios y amos de indios, edición elaborada en la separata Cultura Nariñense, en julio de 1970. Nos dice el sociólogo caleño: “Él me estuvo investigando muy a fondo, incluso se radicó en Pasto y escribió el librito que fue publicado por la Iglesia católica de esta ciudad. Esa fue la base para que la congregación me demandara por injuria y calumnia. Entonces me llamaron a juicio y para sorpresa mía se ofreció gratuitamente a defenderme un jesuita, nadie menos que el decano de Derecho de la Universidad Javeriana. Y así fue: yo, obviamente, fui declarado inocente de tal demanda. Afortunadamente no fui el que salió con el rabo entre las piernas”.

En septiembre de 1970, Amanecer Amazónico, el semanario de los sacerdotes capuchinos de Leticia, hizo el siguiente desagravio en el sentido que el libro de Bonilla era “netamente sectario orientado todo él a la difamación de los misioneros del Putumayo, por la sola culpa de haber, no sólo evangelizado ese sector del país, sino haberlo vinculado netamente al progreso normal del resto del territorio”; además de señalarlo como una publicación denigrante de calumnias y de sucias páginas. En la “Última carta pastoral” de mayo de 1989, monseñor Canyes Santacana, Prefecto Apostólico de Leticia, afirmó inexplicablemente que la entrega de la educación urbana al Ministerio de Educación había sido el “fruto de intrigas de políticos”.

En febrero de 1976, un año después de la terminación del Convenio de Misiones, aparentemente, el religioso catalán hizo entrega formal del Colegio Nacional Integrado, hoy Escuela Normal Superior que lleva su nombre, pero como la Prefectura Apostólica, hoy en manos del Vicariato Apostólico de Leticia de la Diócesis de Santa Rosa de Osos de Antioquia, recibió las propiedades de los colegios, escuelas e internados a lo largo del río Amazonas y ancho del Departamento que manejaban los capuchinos, hoy arrienda estos locales a la Gobernación por un valor simbólico aproximado de 300 millones de pesos anuales, según el decir de un ex secretario de Educación del Amazonas.

44 AÑOS DESPUÉS DE LA PUBLICACIÓN DE SIERVOS DE DIOS AMOS DE INDIOS

 Finalmente, el autor de Siervos de Dios y amos de indios, después de haber publicado su obra hace 44 años, del cual sólo han habido tres ediciones, una de ellas de la Universidad del Cauca para un número no mayor de 10 mil ejemplares, está más que convencido que gracias a su libro y a sus diversas luchas y gestiones al lado del indígena colombiano ha podido reivindicar parte de sus derechos, de su raza y su cultura, sobre todo del lado más profundo de la selva, del otrora llamado Territorios Nacionales. Éstos y él continúan en la lucha eterna del sueño y la realidad de una vida mejor.

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