Un Éxodo Silencioso

Por: Alejandro Reyes[1]

3 am, es 6 de diciembre de 2019 y en las calles de Barbacoas, Nariño, ululan las alarmas, gritos, pitos, chiflidos, Lucero abre los ojos y de un salto pone sus pies en el suelo, acostumbrada a que sean balas de todos los lados  las que ponen en emergencia a este pueblo del pacifico Nariñense, siente con extrañeza agua fría que le llega a las canillas, el Río Telembí se estaba creciendo y el vértigo de los vecinos hace que el miedo carcoma la mente y empuje el alma hacia el miedo de lo impensable.

Mira hacia los lados, con todas sus fuerzas se mueve entre el agua para buscar a sus hijos que aún duermen el placido sueño de los inocentes.  Mientras camina ve que la nevera por la que sacrificó el viaje con sus hijos a conocer la ciudad de Pasto naufraga en el agua.  Respira profundo, mira a su alrededor y en la casa de madera flotan los tapetes rotos que dicen “Bienvenidos”, 3 juguetes, y el control del televisor que ya no funcionaba; con la velocidad del viento agarra a sus 2 hijos,  de 5 y 7 años, la lata de leche en polvo donde guarda los pocos ahorros que una vida de concina como madre soltera le permiten tener y sale rápidamente mientras empuja de espalda la puerta de latón con todas sus fuerzas en medio del miedo y el desazón de no entender lo que pasa.

En la calle su vecina Martha, embutida en una paradójica camiseta politiquera que dice “El Futuro es de Todos” le grita que ¡corra!, que el río sigue creciendo y que hay que buscar un refugio más alto, con el agua a la cintura busca a alguien que le ayude en medio de ese “sálvese quien pueda” que nombra un río cuando se crece, pero nada, ni policía, ni bomberos, ni alcalde, ni nadie, solo ella y sus hijos en combate directo contra un río que no da tregua.  El cansancio la invade, el frio del agua parece cobrarle factura a sus movimientos que ya son más difíciles, se asfixia su alma cundida de pánico ante esta catástrofe natural.

De golpe como un ángel negro de decorosa armadura nutrida por el sol, un corpulento hombre caído del manglar la libra del extenuante y pavoroso peso de sus hijos y corren juntos a la única casa de dos pisos que hay en este barrio de nadie; llegan a una casa abarrotada de gente que se mira tristemente mientras el río se traga lo que por años construyeron con tanto esfuerzo, mientras se esfuma todo lo que se creía permanente y perenne ¿a dónde desembocan los sueños que se lleva el río cada vez que crece?

6 am, el sol da sus pincelazos al amanecer sobre la selva sacudida por el dolor, el miedo y la ineludible sosobra de la gente,  el río tiene memoria espacial que se mueve con el tiempo, y hoy le recuerda a Lucero y a las 8.000 personas afectadas por las inundaciones entre Roberto Payan, Barbacoas y Tumaco, que el río arrastra en sus aguas victimas ignotas, y nos hace danzar los ritmos de la muerte cuando se nos olvida a donde pertenecemos, que a esta tierra nos debemos.

¿Me pregunto en qué momento los dinosaurios sintieron que algo andaba mal?, piensa Lucero mientras veía en las noticias de las 6 am que el presidente se dirigía a inaugurar una flota de aviones de Avianca, donde trabaja su hermana, -que bueno con su familia- sarcásticamente comenta doña Martha, su amiga, mirando en su camiseta perderse la palabra “Todos” entre la gordura insalvable de su ser.

La palabra desilusión es un dolor que se nombra cuando el pueblo colombiano piensa en quien los gobierna, mientras tanto, las cifras de desplazados por efectos ambientales y climáticos pasa de agache en un departamento que cuenta sus muertos por decenas en cada emisión del noticiero, y los ocho mil desplazados que dejó la inundación del río Telembí se suman a los más de 25 millones de desplazamientos que al año se registran en el mundo por efectos climáticos.

3 pm, doña Lucero siente el peso de la estrambótica madrugada en sus parpados, mientras se juntan cerca de la Alcaldía con los hermanos de la tragedia, ve a sus vecinos salir con una bolsita a rayas que contiene un frasquito de aceite, dos libras de arroz, una lata de atún y una bolsa de leche, y se pregunta ¿esta es la ayuda que nos dará la Alcaldía?.  Mientras tanto,  un alcalde regordete y sancochado en sus propios sudores grita por un alto parlante que todo está bien, y que hay ayuda para todos, “sobre todo para sus amigos” le grita rota de rabia doña Lucero, mientras da la espalda a la miseria.  Sin bolsita se devuelve a su rancho, para ver junto a sus hijos que el río se llevó todo, menos su dignidad.

7 pm, “Tragedia natural desplaza a centenares de familias en Nariño” titula un medio, “miles de desplazados climáticos en el suroccidente colombiano”,  nombra el otro,  todos refugiados en la miseria de un país que se resiste a superar los odios del ayer y que les anclan al ciclo de odios heredados que es Colombia.  Doña Lucero va sollozando en medio de ese mal necesario que son las noticias, sabiendo que por la voz va herida la palabra,  buscando un reverbero de alcohol para prepararse algunos sueños a la luz de la mirada de sus hijos, pensando que quizá algún día este éxodo termine y el futuro, en serio, sea de todos.

[1] Ingeniero forestal, presidente de la Mesa Departamental de Cambio Climático de Nariño, gerente de la empresa verde Raiz Fuerza Natural S.A.S.

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