Un Nobel Para Petro

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Por Tirso Benavides Benavides

En Colombia la abundancia de noticias es habitual. Sin embargo, los últimos días han estado más movidos que de costumbre, cargados de un cúmulo de acontecimientos que involucran –de una u otra forma- al presidente o al Gobierno Nacional.

Suspenden al canciller Leyva por orden de la Procuraduría de Margarita Cabello, cercana a la casa Char, entidad que también ordenó suspender los viáticos para los viajes de la Primera Dama. La Fiscalía, en cabeza del compañero de pupitre del expresidente Duque, investiga el aporte de 500 millones de Fecode al partido Colombia Humana con el fin de apoyar la campaña presidencial del 2022, como consta en actas, dineros sobre cuya destinación no hay claridad. Renuncia el director del Departamento de Planeación Nacional, Jorge Iván González, conocido en el ámbito académico como el “sabio de Lovaina”, se va de su cargo por tener opiniones diferentes a las del primer mandatario. Hay ruido de otro revolcón ministerial por la solicitud de una renuncia protocolaria hecha por Laura Sarabia que después salió a negar la Casa de Nariño. Y la lista seguiría, pero no quiero alargar más el párrafo.

Ante este escenario un Petro políglota, a través de X (antes y para siempre Twitter), emitió un comunicado que tradujo hasta al árabe. Aprovechando la politización evidente y el doble rasero de los organismos de control, de las famosas ías, anuncia una “ruptura institucional”, denuncia que lo quieren tumbar, que se viene un “golpe blando” para evitar que culmine su mandato y llama a la “movilización popular” en su respaldo. Con ese trino alborotó el avispero político.

En medio de esta andanada, como un oasis en este desierto de noticias negativas, se dio a conocer que nuestro presidente había sido nominado al premio Nobel de Paz. ¡Bravo!

El anuncio lo hizo quien lo postuló: el diputado ecologista noruego Rasmus Hansson. “Petro promueve una política de paz creadora, moderna e integral. Él muestra en la práctica que el diálogo con los actores armados puede ser un medio eficaz para solucionar conflictos y reducir la violencia“, dijo para justificar la nominación desde la lejana Oslo.

Las reacciones ante el acontecimiento evidenciaron la polarización que vive el país.

Los adeptos al mandatario sacaron pecho y no escatimaron en elogios. “Presidente Gustavo Petro es nominado al premio Nobel de Paz por su trabajo inspirador para el mundo”, tituló la página oficial de Palacio. Por su parte los detractores criticaron la candidatura al premio por los claroscuros de la “Paz Total”. Muchas buenas intenciones y pocos resultados, afirman desde estos sectores.

Ni lo uno ni lo otro. Respuestas un tanto oportunistas ante una noticia que debe entenderse en sus justas proporciones. No es un hecho tan trascendental como lo quieren hacer ver los unos, ni tampoco hay que restarle mérito como pretenden los otros.

El presidente Petro anunció desde campaña que intentaría buscar la paz dialogando con todos los actores armados y en eso ha sido coherente. Un proceso complicado al intentar atender al tiempo diferentes frentes de negoción con grupos tan disímiles como el ELN, las disidencias de las FARC, que sostienen actuar por motivos políticos, y otros como el Clan del Golfo y los carteles de la droga que funcionan como transnacionales en procura de recursos de todo tipo, sin dejar de lado otra clase de organizaciones que hacen parte del elenco de una película bélica y violenta que parece ser eterna en Colombia.

En esta etapa es prematuro celebrar o rechiflar. Si hacemos un símil con un reinado de belleza (algo de farandulesco y mucho de lobby tiene el Nobel) esto es apenas como estar elegido como la “reina” de un departamento. Una cándida candidata entre tantas. Ni siquiera se ha clasificado al grupo de las 20, las 10 o las 5 finalistas, mucho menos a la entrevista final con el jurado.

Por otra parte, han sido varios los colombianos postulados para el Nobel de Paz, no es un hecho tan extraordinario como lo quieren hacer ver inflando la noticia con fines propagandísticos.

Además del expresidente Santos, quien ganó el Premio en 2016 por firmar la paz con las FARC, hubo otros seis compatriotas relacionados con este proceso que fueron candidatos a este galardón. La mayoría representantes de las víctimas, además de Rodrigo Londoño, más conocido como Timochenko, vocero de la organización guerrillera, postulación que obviamente generó controversias.

Los otros: La periodista Jineth Bedoya quien tras las vejaciones sufridas a manos de autodefensas y autoridades corruptas se ha convertido en un símbolo de la libertad de expresión; Constanza Turbay, hermana del congresista Diego Turbay Cote quien fue asesinado por las FARC junto a otros miembros de su familia en una carretera del Caquetá; José Antequera, homónimo de su padre, víctima del exterminio a la UP por parte de organismos estatales; Leyver Palacios, oriundo de Bojayá, testigo y sobreviviente de uno de los tantos episodios de la guerra en que los civiles perecieron bajo el fuego cruzado; Luz Marina Bernal, una de las madres de Soacha, cuyos hijos hacen parte de las cifras de los “falsos positivos”, eufemismo usado para nombrar las miles de ejecuciones extrajudiciales cometidas por las Fuerzas Armadas.

Cualquiera de ellos se lo merecía más que Juan Manuel Santos.

El Nobel de la Paz nunca ha sido ajeno a las polémicas. En 2009 ganó Obama, a pocas semanas de ser elegido, teniendo drones y tropas atacando fuera de sus fronteras. Ese año una de las nominadas fue la recientemente fallecida Piedad Córdoba, líder negra que no pudo competir frente a la diplomacia de la Casa Blanca. Si nos vamos más atrás personajes no muy bien recordados en la historia han hecho parte de la lista de posibles ganadores: Mussolini en 1935, Hitler en 1939 y Stalin en dos ocasiones en 1945 y 1948.

Al parecer, una nominación no se le niega a nadie.

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