UN SUEÑO

Fotografía: Andrés Arbelaez

 

Por: Julio Andrade

 

 

Cuando mi mamá nos llevó por primera vez al morro en compañía de mis tías Martha y Alicia Lafaux, había que contratar con anticipación uno de los pocos taxis que apenas empezaban a circular en nuestras polvorientas calles.

El carro lo dejaba directamente en el arco y emprendíamos una larga caminata por la extensa playa, hasta llegar a un bonito restaurante bar de propiedad del señor Rubiano.

 

 

Era una playa inmensa, cercada por inmensos amargos enterrados casi en su totalidad, para formar una especie de muro de contención, y proteger la playa de la embestida de la olas.

 

Durante muchísimos años esta empalizada protegió nuestras playas, hasta que los mandatarios del municipio se olvidaron de reemplazar los amargos y el mar con su impetuoso arrebato fue tomando poco a poco posesión de nuestras playas o porque no de sus playas. 

Nuestra playa del morro era tan grande que se paseaba por detrás de la peña conocida como “el quesillo”, para llegar si era posible hasta la empresa pesquera que si mal no recuerdo se llamaba “PESMACO”.

 

 

 

Hago este relato y presento disculpas porque lo escribo sin reparar en errores de escritura, simplemente para decir que no entiendo por que razón, con tanta tecnología que hay ahora, no se hace algún tipo de muro de contención que proteja nuestra playa.

 

Estoy seguro que si esto se hace por los lados frente a Villa del mar, con el tiempo recuperaremos mucha parte de lo que el mar y el viento se llevó.

Tampoco entiendo por que razón la Secretaria de Turismo no ha querido arrasar ese monte entre villa del mar y la caseta de la Gobernación para recuperar por lo menos una hectárea de playa, donde se pueden realizar muchas obras para el embellecimiento de este sitio turístico o por lo menos trasladar los kioskos que hoy están frente al arco, que afean la postal de nuestro emblema turístico y que bien organizados en unas casetas bien construidas y bonitas cambiarían notablemente nuestro paisaje.

 

Allí dejo la inquietud para que alguien la tenga en cuenta y que ojalá algún día nuestros descendientes sigan gozando de este paraíso que la naturaleza no dio como premio a nuestro don de gentes buenas y amables

 

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