BUE, una ciudad que se cree Europa y se sabe sur

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Por Tirso Benavides Benavides

El título no engaña, pero etiqueta. BUE son las tres letras que los operarios aeroportuarios pegan en las maletas que tienen como destino el terminal Ezeiza. Es el código aeronáutico de una llegada, pero también la marca de una identidad. Martín Caparrós titula su última novela con esta sigla para advertirnos que entrar en su Buenos Aires es, ante todo, un acto de registro, un desembarco en una historia que se narra entre el despegue y la caída.

Escribir sobre Buenos Aires hoy, para Caparrós, es un acto de resistencia física y mental. El autor es un porteño total, de esos que llevan la ciudad en el acento. Siempre fue un viajero incansable, pero ahora su movilidad está dictada por la ELA, esa enfermedad terminal que lo ha anclado a una silla de ruedas. Sin embargo, su pluma sigue teniendo el mismo músculo de siempre. Caparrós conoce tanto su ciudad que ya no necesita la reportería de calle, puede recorrer El Abasto, los callejones de Once, la calle Florida o describir el carácter de sus habitantes de memoria. Escribe desde la quietud del cuerpo, pero con una agilidad mental que le permite cartografiar la metrópoli sin moverse de su escritorio en Madrid, donde vive ahora, destilando décadas de caminatas en una prosa que no ha perdido ni un gramo de su estilo.

BUE se presenta como un caleidoscopio sociológico, un retrato polifónico que abarca desde los orígenes de una urbe que quiso ser París hasta una progresiva y a veces acelerada decadencia. No es una lectura complaciente. Caparrós no deja de lado el aspecto político, las consecuencias de las decisiones de los dirigentes de esta sociedad diversa, fruto de la migración europea del siglo pasado que hoy convive —a veces a regañadientes— con los flujos provenientes de las provincias y de otros países latinoamericanos que buscan un futuro en la gran urbe.

Esa diversidad se palpa en un desfile de personajes anónimos pero arquetípicos, seres que cruzamos en la calle y que aquí cobran una dimensión literaria. Así, aparece el quiosquero que ve pasar la vida entre titulares de prensa que siempre anuncian una nueva crisis, los taxistas y remiseros que ofician de filósofos del asfalto, y los polis que patrullan una ciudad que se les escapa de las manos, a veces a cambio de alguna coima.

Pero es en las historias individuales donde el libro cobra más fuerza.

Entre ellas Caparrós nos presenta a Jhon Jairo, un inmigrante colombiano que encuentra en el anonimato de la capital argentina un refugio que su ciudad de origen le negaba. En Buenos Aires, el paisa puede ejercer su orientación sexual sin el peso del juicio social, perdiéndose entre la multitud para ser, finalmente, él mismo.

En otro extremo del espectro porteño, figura un presentador de televisión, ególatra y vanidoso, un tipo dispuesto a cualquier bajeza con tal de mantener su cuota de pantalla y subir el rating, quien sostiene una relación por conveniencia con una joven aspirante a actriz, situación que desnuda las miserias y ambiciones del mundo del espectáculo y los medios.

La violencia también tiene su espacio en esta Ciudad en la que la desconfianza es un rasgo tan típico como los alfajores. Un vendedor de droga de poca monta que termina molido a palos por la ingenuidad de intentar vender “merca” sin el permiso de los dueños del territorio. Un grupo de amigos cuarentones, que se conocen de toda la vida, de esos que se sientan en el barcito de la esquina a arreglar el mundo entre cafés y cervezas, terminan divagando de tal forma que terminan planeando un secuestro, mostrando cómo el aburrimiento y la desesperación pueden ser una mezcla explosiva. Y no falta la familia rica y poderosa, esa que combina con maestría los negocios legales con los oscuros, apalancados en la influencia de una pariente que ocupa un cargo político. Todo un dechado de los habitantes que conviven en la capital de la Argentina.

Como columna vertebral del texto, aparece la historia de la familia Giunti, una suerte de novela corta incrustada en el libro que utiliza la casa familiar como un termómetro histórico, a través de sus paredes, de sus lujos iniciales y sus posteriores grietas y ruinas, se ve reflejada cada etapa de la convulsa historia argentina.

Al final, es el azar —ese dios caprichoso que gobierna las grandes ciudades— quien mueve los hilos para que estos personajes, tan disímiles entre sí, terminen cruzándose en una esquina cualquiera.

Este paisaje cosmopolita está bañado por una banda sonora omnipresente. El escritor utiliza la música como el pegamento de esta desconfianza colectiva. En las páginas resuenan letras de tangos que huelen a nostalgia, pero también el rock en español que definió a generaciones. Desde la rabia de Fito Páez en Ciudad de Pobres Corazones, hasta la icónica En la ciudad de la furia de Soda Estéreo, otro nombre que define a una urbe donde todos sospechan de todos, donde el vecino es un potencial enemigo, pero donde todos están obligados a convivir bajo el mismo cielo gris de hollín.

Quien conoce Buenos Aires —y conocerla no es sacarse la típica foto en el Obelisco, pasear por Caminito o pisar la Bombonera— entiende perfectamente el veredicto de Caparrós. Quien la ha vivido, como lo hice yo como estudiante de maestría en la UBA, sabe que esa fachada de “ciudad europea” que muchos porteños se empeñan en sostener con soberbia es solo un espejismo, pero la realidad es otra. Buenos Aires es una urbe más del tercer mundo, caótica y golpeada por los ires y venires de una política interna que parece un círculo y en ocasiones hasta un circo vicioso. BUE es, en definitiva, el retrato honesto de una ciudad que, a pesar de sus pretensiones, es una muestra más de la resistencia y resiliencia latinoamericanas.

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