El derecho a no contestarle al jefe (y viceversa)

52 visitas

Compartir artículo en:

Por: Tirso Benavides Benavides

La escena se repite como una letanía moderna. Es Jueves Santo, el aroma a juanesca invade la casa, pero el resplandor azul de la pantalla rompe la tregua con un: “Qué pena molestarlo, pero ¿dónde quedó el archivo de los indicadores?”. Sin embargo, el asedio no es solo místico. Se manifiesta también los sábados al medio día, justo cuando el primer bocado del almuerzo familiar promete un paréntesis de paz, o el domingo en la noche, cuando el peso del lunes empieza a materializarse en un correo electrónico que bien podría ser leído al día siguiente. Incluso en la madrugada, ese territorio que debería ser exclusivo del sueño, el celular vibra en la mesa de noche. Es un mensaje enviado cerca de las 12: “Revisé el informe y hay que cambiar las gráficas; ojalá lo vea temprano”.

La oficina ya no es un lugar físico. Nuestro ámbito laboral es un intruso silencioso que se cuela en la intimidad de las sábanas, una sombra que nos vigila desde el nochero recordándonos que el descanso es hoy una mercancía escasa. La tecnología nos vendió la ilusión de la ubicuidad, pero terminó sacrificando una parte de nuestra libertad en un contexto digital en el que no existen horarios.

Frente a esta realidad se promulgó la Ley 2191 de 2022 como un salvavidas jurídico.

Esta norma regula el derecho a la desconexión laboral, un mandato que obliga a respetar el tiempo personal y familiar de los trabajadores. El espíritu de la norma es claro: el empleador debe abstenerse de dictar órdenes o requerimientos por cualquier medio fuera del horario pactado. La ley entiende que el cerebro requiere el vacío de la tarea para recuperar su humanidad.

Pero hay un detalle que solemos olvidar, la justicia camina en doble vía. Por eso el título de esta columna incluye un “y viceversa” necesario que no se consigna de manera expresa en la ley pero que se da por descontado bajo el principio de equidad. Así como el jefe debe soltar “el látigo digital”, el empleado debe soltar la urgencia del permiso trivial o la duda inoportuna.

El derecho a la desconexión también ampara a los jefes y directivos, quienes sufren el asedio de mensajes en horas prohibitivas: “Jefe, qué pena, pero para preguntarle si el martes puedo entrar más tarde” o “le envió los certificados que debo hace tres semanas”.

La desconexión es un pacto de respeto mutuo. Un superior que no logra desconectarse porque su equipo lo asalta con consultas que pueden resolverse dentro del horario laboral es un líder condenado al agotamiento. El respeto debe ser circular: si el subordinado no debe ser molestado, el jefe también merece el silencio necesario.

En nuestra región, donde la cultura laboral suele ser paternalista y el “favorcito” se confunde con la lealtad, poner límites se interpreta a veces como falta de compromiso. Nada más alejado de la realidad. El verdadero compromiso es la eficiencia dentro de la jornada, no la sumisión fuera de ella.

El trabajo es una parte fundamental de la vida, pero no la vida entera. Apague el celular. No conteste. No envíe ese mensaje a deshoras. El mundo no se va a acabar por un chat ignorado, pero su salud mental sí se extingue bajo la dictadura de la notificación permanente.

El silencio digital después del horario laboral no es grosería, es un derecho de todos.

Comentarios de Facebook

SOBRE EL AUTOR

Compartir en:

NOTICIAS RECIENTES