Rubem Fonseca, el abogado que hizo de su profesión literatura negra

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Por: Tirso Benavides Benavides

La novela negra latinoamericana no se consolidó en los salones de la academia, sino en las calles, allí donde las normas se quiebran ante la impunidad del poder. En ese escenario, el género policial encontró su fisonomía más visceral y desmitificadora gracias a la irrupción de Mandrake, un abogado criminalista cínico, amoral y pragmático que recorría los bajos fondos urbanos de Brasil, despojado de cualquier heroísmo romántico. A través de este detective atípico, la narrativa negra dejó de ser un simple juego de adivinanzas para convertirse en una autopsia social.

El cerebro detrás de esta revolución fue Rubem Fonseca (1925–2020), un autor que no entendía el oficio de escribir como un ejercicio de decoración estética o complacencia burguesa, sino como una disección implacable de las estructuras criminales y de la pura condición humana. Para adentrarse en su universo, hay que estar dispuesto a aceptar que la buena literatura nace de la voluntad de mirar donde los demás prefieren hacerse los ciegos.

Suele decirse que para narrar el mal con semejante precisión se necesita haberlo conocido de frente. Fonseca no imaginaba la criminalidad desde una torre de marfil, la entendía desde los códigos penales y las esquinas lúgubremente reales.

Antes de convertirse en el secreto mejor guardado de las letras iberoamericanas, se graduó en Derecho, se formó como criminólogo y ejerció durante un tiempo como abogado criminalista. Más tarde, en la década de los cincuenta, se integró al cuerpo de comisarios de la policía en el populoso barrio de San Cristóbal en Río de Janeiro. Aunque su labor no era la del patrullaje callejero, aquella experiencia redactando minuciosos informes de escenas del crimen y lidiando con la burocracia de la justicia penal le otorgó un pase de primera fila a los laberintos de la miseria real, la corrupción institucional y las bajas pasiones urbanas. Allí aprendió todo lo que un escritor necesita saber sobre la violencia y el desamparo.

Ese conocimiento de los bajos fondos forjó un pacto inquebrantable con el silencio, convirtiéndolo en el maestro absoluto del anonimato. Fonseca se negaba rotundamente a conceder entrevistas, a posar para las cámaras o a alimentar el circo vanidoso del establishment literario, viviendo convencido de que todo lo que tenía que decir ya estaba escrito en sus libros y que, por lo tanto, la obra debía ser capaz de defenderse sola.

A menudo la crítica se obsesiona con sus andamiajes novelísticos, construidos bajo la inteligente máscara del género policial. Es imposible negar la potencia de novelas formidables como El caso Morel, la monumental crónica política y judicial que desentraña los días previos al suicidio del presidente Getúlio Vargas, o la brillante crudeza de El gran arte. Es en esta última donde cobra vida su personaje más célebre, Mandrake, ese abogado que evoca a los clásicos detectives del noir norteamericano pero aclimatado a la selva de asfalto tropical, donde la codicia, la mentira y la traición humana se imponen. A través de sus andanzas, Fonseca logró desnudar el teatro entero de la corrupción carioca.

Rubem Fonseca no era un novelista que ocasionalmente escribía relatos, sino un cuentista que a veces escribía novelas, un atleta de la brevedad corporalmente afín a Maupassant, Chéjov o Capote.

En el cuento, su prosa se vuelve un arma blanca inconfundible, caracterizada por frases cortas que golpean como un puño cerrado, diálogos limpios que avanzan a velocidad vertiginosa  y una absoluta economía verbal desprovista de adornos superfluos o digresiones líricas. El autor despojaba al lenguaje de adornos. A través de sus más de veinte libros de relatos, su producción se dividió en dos grandes momentos. Un primer ciclo de pura furia urbana, ubicado entre los años sesenta y setenta con obras como Los prisioneros, Feliz año nuevo y El cobrador, donde exploró la delincuencia, el erotismo al borde de lo patológico y la amoralidad en ambientes sórdidos. Posteriormente, a partir de la década de los noventa, su narrativa maduró en volúmenes como El agujero en la pared, Secreciones, excreciones y desatinos o Amalgama, donde lo grotesco de la vida cotidiana se tiñó de una ironía fina, erudita y profundamente desencantada.

Esta evolución literaria responde a temáticas recurrentes que configuran un inventario de nuestras fijaciones, exponiendo siempre la naturaleza bivalente del ser humano, donde conviven la sofisticación cultural y la brutalidad más abyecta. Sus relatos retratan con crudeza la impunidad y la desigualdad social, evidenciando la enorme brecha existente entre la opulencia ridícula de la alta sociedad y la marginalidad desesperada de la favela. Todo esto se enmarca en un suspenso existencial donde el objetivo final no es descubrir quién es el asesino, sino revelar las oscuridades de la condición humana y el vacío de la existencia.

Retratar las vísceras de una sociedad gobernada por la hipocresía política tiene sus consecuencias. A mediados de los años setenta, la dictadura militar brasileña catalogó a Fonseca como un autor pornográfico que hacía apología del delito y perturbaba la moral pública, lo que llevó a la prohibición y censura de su obra Feliz año nuevo. Lo que incomodaba a los censores era la intolerable nitidez del espejo que el escritor les ponía en frente.

Leer a Fonseca es, en última instancia, un recordatorio de que la ficción no se escribe con guantes blancos. En mi caso su influencia se ha convertido en una brújula para mis cuentos y relatos, una lección constante de que la narrativa debe atreverse a mirar los márgenes y a diseccionar la realidad sin concesiones. De su universo aprendí que el misterio no está en descubrir quién disparó, sino en comprender las fuerzas invisibles que empujaron el dedo hacia el gatillo. Con su obra Fonseca reafirma que escribir no es buscar la comodidad del lector, sino arrastrarlo, aunque sea por un instante, al banquillo de los acusados.

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