Antes de perder el juicio, elogio de la conversación en tiempos de trincheras

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Por: Tirso Benavides Benavides

A muy poco de que nos enfrentemos nuevamente a una jornada de elecciones, inmersos en un ambiente de total polarización que a menudo raya en el odio puro, la lectura de Antes de perder el juicio, el más reciente ensayo de Mauricio García Villegas, no solo es oportuna, sino estrictamente necesaria. A través de un viaje por la historia de las ideas —que va desde la Ilustración hasta las complejidades de nuestros días—, el autor nos ofrece una brújula intelectual para explicar el caos y el delirio colectivo en el que parecemos atrapados. Lejos de la condescendencia o el fatalismo, el libro se levanta como un llamado urgente a la razón, al diálogo y, sobre todo, al reconocimiento del otro en su condición de opositor legítimo y jamás como un enemigo a exterminar.

Para desentrañar el entramado de nuestra crisis actual, el autor nos invita a mirar hacia atrás, recordándonos que los males que hoy nos aquejan tienen raíces hondas. Los sofistas, aquellos charlatanes de la Atenas antigua, expertos en cobrar por entrenar ciudadanos en el arte de la plaza pública para convencer a una audiencia de cualquier cosa sin importar la verdad, como Protágoras o Cárneades, han sido reemplazados en la actualidad por los modernos publicistas y estrategas digitales.

Estos nuevos embaucadores poseen una alarmante capacidad de engaño potenciada por las nuevas tecnologías que hoy les sirve igual para vender una marca de gaseosa que para empaquetar y buscar la adhesión a un candidato a la presidencia.

Es aquí donde el algoritmo entra en juego con un poder tan sutil como riesgoso. Apoyándose en los postulados de psicólogos cognitivos como Daniel Kahneman —quien dividió la mente humana en el “Sistema 1” (emociones y respuestas rápidas) y el “Sistema 2” (racionalidad lenta y disciplinada)—, García Villegas advierte que las campañas políticas han encontrado una mina de oro digital. Como bien señala el autor en una reciente conversación: “la sociedad no está guiada por agitadores de ideas sino por agitadores de emociones, y esas emociones lo que hacen es opacar, capturar o aplastar la racionalidad”. El algoritmo no busca la verdad ni la justicia, busca el impacto puro, perfilando a las masas y exacerbando las pasiones sectarias porque los estrategas han aprendido que, lamentablemente, “odiar produce placer”.

Esta preocupante manipulación nos sitúa ante un escenario que evoca las grandes distopías literarias. El ensayo confronta el control totalitario y asfixiante de la novela 1984 de George Orwell frente al adormecimiento hedonista de Un mundo feliz de Aldous Huxley. García Villegas se decanta con preocupación por esta última: el algoritmo y el consumo actúa hoy como el “Soma”, esa droga de diseño huxleyana que adormece el pensamiento crítico. Trae a colación el concepto de La servidumbre voluntaria de Étienne de La Boétie y el “despotismo dócil” anticipado por Alexis de Tocqueville, un modelo de control sin armas físicas, donde las mentes son condicionadas y domesticadas a través de la gratificación instantánea de las pantallas.

Bajo esta dinámica, el “yo” hedonista y consumista ha mutado en un individualismo extremo y profundamente atomizado. Nos hemos convertido en una sociedad melindrosa e hipersensible, donde las personas han dejado de decir “yo pienso” para validar todo bajo el manto del “yo siento”. Hemos extraviado los puntos ciegos colectivos, aquellos espacios de empatía que nos permiten ver más allá de nuestros propios sesgos. Por ello, se hace vital volver a pensarnos como un colectivo y rescatar con urgencia más lugares de encuentro físico, de café y de plaza real, lejos de las tiranías de la pantalla.

En este río revuelto de la posmodernidad y el wokismo malentendido, herederos radicales de la reacción romántica contra el universalismo de la Ilustración, la verdad misma se ha vuelto difícil de distinguir.

Vivimos en una frontera tan difusa donde a veces la ficción retrata y descompone mejor la realidad, mientras que la propia realidad copia de forma deliberada los peores elementos de la ficción melodramática y caricaturesca de la política mediática. Ante la ausencia de un norte claro, el autor recalca la importancia mayúscula de las reglas del juego y del Derecho. El desmantelamiento del derecho internacional y el resquebrajamiento del Estado de Derecho no son meros debates jurídicos, son la antesala de la catástrofe humanitaria.

Gran parte del valor de este texto radica en la formación y el estilo de su creador. Mauricio García Villegas —abogado, doctor en ciencia política, investigador de Dejusticia y columnista agudo— ya nos había sacudido con su obra El país de las emociones tristes. En esta ocasión, nos entrega un ensayo que se distancia saludablemente de la aridez del tratado académico tradicional. Con una estructura ágil y un tono que abraza la buena conversación, el autor intercala sus tesis filosóficas y sociológicas con cuentos, entrevistas ficticias y breves piezas de ficción llamadas “entremeses”, logrando que las ideas de Kant, Diderot, Hume o Adam Smith se sientan vivas y cercanas para cualquier lector.

Al cerrar las páginas de este texto, queda en el aire una lección contundente. Para García Villegas, el dilema del futuro no se reduce a la simplona disputa ideológica entre izquierda y derecha: “la gran diferencia para el futuro es entre un grupo de gente que es tolerante, que acepta a los demás y es capaz de conversar con ellos y acepta las reglas de juego… y otro grupo de gente que no cree en la Constitución, que no cree en la tolerancia, que es dogmática”. Este libro es, en definitiva, un llamado lúcido a retornar a la conversación reposada y sin estridencias como un elemento fundamental de la convivencia pacífica, como una herramienta indispensable de autorreconocimiento y, ante todo, como el eje central de la democracia. Una lectura preventiva, para mantener la cordura antes de que el ruido de los intolerantes termine por apagar nuestra razón

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