Circo

Iba manejando hacia mi casa cuando vi una gran carpa. Desde hacía mucho no venía un circo a la ciudad y yo no iba desde que era niño. Una sonrisa involuntaria salida de  mis recuerdos infantiles alivió en parte el estrés de una semana pesada en la oficina.
Quería ir al circo.
Llevaba unas semanas saliendo con Marta, una filósofa que daba clases de literatura en un colegio de monjas en donde a cada rato le recalcaban su condición de madre soltera, lo que la molestaba mucho según me contó en alguna de nuestras tantas salidas a comer o tomar algo. Tenía un niño, Simón de 9 años, decidí invitarlos al circo y así conocer más al pequeño, Marta me gustaba de verdad; de paso yo mataba mis ganas de volver a una carpa de colores.
Cuadramos todo y el domingo llegamos muy puntuales a la taquilla, compré 4 entradas, un palco, Samuel un primito de Simón también se había invitado al circo. La boleta de más era lo de menos, quería complacerla siempre, compartir su tiempo, sentía que con Marta no era solo sexo, aunque era muy buen polvo, sentía otra vez confianza para querer y eso estaba haciendo. Con miedo, pero contento.
Entramos, pasamos por los puestos de ventas en donde naturalmente los niños se antojaron de toda clase de mecato. Llegamos a nuestros puestos cargados de manzanas con caramelo, perros calientes. crispetas y gaseosas. Los niños se ubicaron en las dos sillas de adelante y nosotros en las de atrás. Empezó el show, la pista estaba a un par de metros por lo que la visión era uno A. Yo estaba feliz, no solo por volver al circo sino también por la compañía, me sentía como en familia.
Se presentó un lanza cuchillos, luego una bailarina que hacía girar decenas de ula ula en todas las partes de su cuerpo y entonces como suele pasar, los niños interrumpieron. Tenían ganas de ir al baño.
Marta se levantó y salió como un tiro con un niño en cada mano, el caso era de urgencia. En medio del afán había dejado olvidado su celular, del que no se separaba ni para dormir, sobre la silla. Yo lo observé con curiosidad, pero me aguanté las ganas de revisarlo. Sin embargo, preciso en ese momento empezaron a llegar mensajes al whatsapp y podían verse en la pantalla. El remitente era un hombre, Santi “corazón”, mejor dicho Santi seguido por el emoji del amor. Bastaron pocos mensajes para percatarme de que lo mío con Marta si que era un circo, en donde el payaso hasta ahora, sin darme cuenta, había sido yo.
Ella volvió con los niños sonriendo. Yo interpretando mi papel también sonreí por fuera y lloré por dentro. Tampoco iba a arruinarme el espectáculo que ahora protagonizaban hermosos equinos sobre los que una mujer vestida de lentejuelas hacía piruetas y contorsiones  de todo tipo.
De pronto Marta deslizó su mano hasta mi entrepierna y empezó a acariciarme, como lo hacía a menudo cuando íbamos en el carro, se acercó mucho, sentí sus tetas 34B sobre mí costado y susurró casi soplando en mi oído: – eso no es nada comparado con la forma en que yo te voy a cabalgar. Me informó que ya había hablado con su hermana y que ella, en agradecimiento a la invitación de su hijo se encargaría de Simón esa noche. – La luna de miel que hemos estado esperando -volvió a susurrar- mientras su mano agarraba firme mi miembro aún más firme.
Ahora sabía la verdad. Ya no había engaño, o si lo había era mío, ya que ella no sabía que yo ya sabía, así que me relajé y me dejé hacer una paja mientras todos veían hacia arriba pues tenían los ojos puestos en los trapecistas.

Decidí no decir nada, sería solo sexo, pero ella no lo sabría. No quería perderme esas caricias, esa lengua inquieta en sus besos, ese culito paradito, esas teticas redondas de pezones rosas, esa cuquita que empecé a acariciar para devolverle el favor, como lo hacía a menudo cuando íbamos en el carro, y así lo hice, mientras veía a una joven pareja en traje de fantasía arriesgar la vida en las alturas, haciendo trucos en la cuerda floja.

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