Como por arte de magia (de magia negra)

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Hoy 9 de abril de conmemora el Día de la Memoria y Solidaridad con las Víctimas del Conflicto Armado, por tal motivo publicamos este cuento que hace parte del libro Noche de Desvelo del autor pastuso Tirso Benavides, un homenaje a los desaparecidos.

 

Por : Tirso Benavides Benavides

Doña Esther estaba sentada, o mejor, desparramada sobre el enorme sillón reclinable de cuero mientras veía en su televisor de 42 pulgadas las imágenes del reencuentro de Estela de Carlotto y su nieto Guido. La emblemática lideresa de las Madres de la Plaza de Mayo, ahora ya Abuelas, por fin había encontrado a su nieto secuestrado durante la dictadura argentina.

La dama de la alta sociedad pastusa se acomodó en su trono doméstico para ver mejor a la señora del pañuelito en la cabeza con la que nunca pensó sentirse identificada, la mujer a cuyos familiares desaparecidos no dudó de tachar de “comunistas peligrosos que algo malo habrán hecho”, por allá a finales de los 70. Pero sí, se identificaba con Ella y hasta la admiraba en silencio por haber hecho lo que ella no se atrevió a hacer. Así era se identificaba, y todo por culpa de Toñito, de su Toñito.

Marco Antonio Esparza Zarama, ese era Toñito, así le decían todos en la casa, su mamá, el chofer y las 2 empleadas (la de la cocina y la del aseo), también sus compañeros con los que había compartido todos los años, desde kínder hasta once en el colegio Javeriano. Pero él odiaba que lo llamaran así, por eso desde que empezó sus estudios universitarios siempre se presentó como Antonio, a secas.

Estudiaba dos carreras a la vez, habría podido irse a estudiar a Bogotá o a Cali como la mayoría de sus compañeros pero él había optado por quedarse en Pasto y seguir disfrutando de las comodidades del “hotel Mamá” y de su carrito Chevrolet Chevette 2 puertas modelo 82. Además, aunque por causa del machismo en el que fue educado trataba de no exteriorizar estos sentimientos, tenía una relación de apego muy fuerte con su madre y se había prometido no dejarla sola, más desde que doña Esther había perdido a su hijo mayor y a su marido de un solo golpe en un accidente de tránsito. Desde ese momento madre e hijo se quedaros solos, viviendo y compartiendo todo lo que pasaba en sus vidas en el enorme caserón de la Avenida los Estudiantes.

Se había matriculado para el programa de Comunicación Social en la Universidad Mariana, un centro educativo privado regentado por monjitas franciscanas en el que casi no sintió el cambio entre la vida colegial y la universitaria. Todo era similar, solamente habían cambiado sus condiscípulos y las materias que estudiaba, pero ni siquiera en la profundidad con la que se trataban los temas había notado una diferencia. Sin mucho esfuerzo era un alumno destacado que tras cursar la mitad de la carrera se había inclinado por los lados del periodismo escrito, área en el que según sus profesores demostraba cierto talento por lo que tenía una columna en el periódico estudiantil.

Tenía mucho tiempo libre y ese fue uno de los motivos que lo llevaron a pensar seriamente en estudiar otra carrera, además era realista y veía que un futuro como periodista no era muy prometedor en una ciudad en donde solo hay un periódico con fama de pagar sueldos de hambre.

Tras algunos análisis y consultas decidió estudiar Derecho, se presentó a la siguiente convocatoria e ingresó a la Universidad de Nariño. La Udenar, la universidad pública en donde se vivía un caldeado ambiente político sería su nueva alma mater.

Desde los primeros días de clases notó que su nueva U era el reflejo del país en miniatura, a pesar de sus casi tres años en la Mariana por primera vez se sintió en una universidad. Dentro de las aulas se sentía también la tensión en el ambiente que soportaba Colombia en tiempos del segundo gobierno de Uribe Vélez, todos los actores políticos, armados, civiles, naturalistas, pacifistas, anarquistas, importaculistas, querían mandar la parada e imponer sus ideologías.

Fue allí, en la universidad pública en donde a Toñito se le reventó la burbuja en la que había vivido hasta entonces, donde empezó a entender que existían miles de personas además de sus “amigos” del Club Colombia con los que ya no quería salir porque se aburría hasta el hastío al soportar las mismas charlas de siempre: Que quién cambió de carro, que qué es lo último en equipos de sonido, en tenis, relojes, computadores etc. etc.  Capitalismo puro y simple, “alienador”, habría dicho Florecita si hubiera estado presente en alguna de esas reuniones del club social, pero nunca estuvo ni estaría, las estrictas reglas del lugar prohibían la entrada a gente de otros “status”. Un apartheid a lo pastuso.

Florecita era su nombre de batalla, todo el mundo en la U la identificaba así, cursaba tercer semestre de sociología y era una de las líderes estudiantiles más reconocidas dentro del grupo que se hacía llamar los Raizales Libertarios. Tenía mucho carisma, si eso es saberle caer bien a todo el mundo, además era bonita, o por lo menos eso pensaba Antonio, así le pareció desde la primera vez que la vio en la plaza Ché arengando a los jóvenes para que “entre todos hagamos oír la voz de condena contra las ejecuciones de civiles inocentes que los gobierno y los medios amañados han tratado de ocultar bajo el eufemismo de falsos positivos”. Le gustó mucho su carácter, pero mucho más el brillo que despedía a través de unos grandes ojos verdes que brindaban transparencia a sus palabras y contrastaban con su pelo negro y su tez trigueña. Antonio había quedado prendado, no sabía su nombre aún, pero para efectos de recordarla y con las ínfulas de poeta que tarde o temprano le llega a todo periodista la llamo la Mujer de la Mirada Clara.

Antonio empezó a vivir en dos mundos paralelos pero muy distintos, a pesar de que los escenarios físicos apenas se alejaban el kilómetro que separa Maridíaz de Torobajo, las realidades eran totalmente opuestas. Poco a poco, en parte por la mayor carga académica que tenía en Derecho pero sobre todo por las ganas de acercarse a la mujer que lo había flechado empezó a inclinarse más por uno de estos mundos, el que menos conocía y le ofrecía un universo para explorar. ¿Quién no habría hecho la misma elección teniendo 20 años?

Transcurrido el primer año de Derecho ya sabía cómo moverse en la Universidad Pública, se había adaptado fácil y en sus clases le había ido bien, sus profesores veían en él potencial y sus pares lo reconocían como uno de los mejores estudiantes. Además, quién lo iba a creer, su columna en el periódico Horizontes de la Mariana le había dado algo de visibilidad y la fama de ir “contra el sistema” porque a pesar del carácter confesional del medio Antonio buscaba abordar en sus escritos temas de coyuntura, de los que se discutían en la Udenar, temas con alto potencial de generar controversia y pisar algunos callos. Esto no le agradaba mucho a las monjitas, cuya institución solo visitaba para cumplir con las obligaciones académicas estrictamente necesarias, faltaba mucho a clases, en algunas materias solo iba a los exámenes pero nunca lo sancionaron, la cuota que aportaba doña Esther a la causa evangelizadora de la comunidad religiosa bien valía omitir algunas nimiedades.

En el proceso de matrícula para el segundo año Antonio notó que varios de los líderes de movimientos, colectivos, grupos, células, núcleos o como se llamasen se le acercaron para invitarlo a conocer las organizaciones y sus ideologías que comprendían el más amplio espectro ideológico, con una mayor tendencia hacia la izquierda. Él los escuchó a todos con cortesía pero las palabras de nadie parecían haberlo convencido pues no tomó partido por ninguna de las opciones. No confiaba en los llamados líderes estudiantiles, no le gustaba generalizar pero por la edad se notaba a simple vista que la mayoría llevaba años en la universidad sin graduarse de ninguna carrera, buscando mantener de forma perenne el poder y control sobre el movimiento de estudiantes que podía ser decisivo en una institución donde los directivos se eligen por votación. Por otra parte Antonio seguía siendo fiel a su vocación de periodista y pensaba que militar en un partido necesariamente limitaría la objetividad necesaria a la hora de hacer una buena reportería.

A pesar de esto recordó que el amor es como la guerra y en estas artes todo se vale. Nunca había perdido de vista a Florecita, trataba de averiguar cosas de ella sin ser muy evidente, la veía en todos los mítines, asambleas, concentraciones, marchas, juntas, sesiones y similares que se organizaban en la Universidad y en casi todas lograba algo de protagonismo. No había podido acercársele porque casi nunca estaba sola y porque corría el rumor de que tenía una relación con el León, apellido y apodo a la vez del líder de los Raizales Libertarios. Lo pensó un momento y se decidió entonces por aceptar la oferta que le había hecho este sujeto barbado de unos 30 años que ya había estudiado agronomía, artes visuales, algunos semestres de contaduría y ahora probaba por el lado de idiomas. Antonio lo buscó por los lados del aeropuerto, la cancha desde donde “despachaba” y le comunicó que quería unirse a su movimiento. El León le dio un abrazo de bienvenida que casi le parte una costilla y ordenó que le entregarán la lista de libros cuya lectura exigía el ingreso al grupo pues era su corpus ideológico, con obras tan disímiles que con seguridad no podrían configurar una línea de argumentación coherente, prefirió ahorrarse algún comentario al respecto, al fin y al cabo su meta era otra y ahora la tenía muy cerca pues Ella caminaba hacia él. “Ahora la compañera Flor de Invierno te va a imponer nuestro brazalete” oía sin decodificar el mensaje por estar perdido en esos ojos verdes que de cierta forma habían provocado en su vida un vuelco, de cerca le gustaron más.

Un par de días después de la improvisada ceremonia de iniciación o como pueda llamarse esa puesta en escena nada radical había cambiado en la vida de Antonio. Una tarde cuando ya salía para su casa se topó con el León que parecía tener mucho afán y miraba hacia los lados buscando perseguidores inexistentes y le dio la orden, así se lo dijo, la orden de buscar un nombre de combate, de momento a él no se le ocurría ninguno y no le prestó importancia. Florecita que siempre estaba cerca le hizo una seña para que la esperara y fue a decirle que no entendí a un paranoico líder que siguió su camino. Ella le explicó que era importante lo de cambiar el nombre por seguridad porque “esto está lleno de tiras” y además porque estaba en el reglamento que le habían entregado, el no pudo confesarle que ni siquiera lo había ojeado y se quedó callado. Flor pudo de alguna manera interpretar ese silencio, “ni se lo digas a mi primo”, dijo apuntando hacia la dirección por donde se había ido el León, esas palabras entraron más por el corazón, que se alegró, que por los oídos de Antonio. Se fue feliz para su casa.

En la casa todo marchaba normal, la rutina se repetía con mínimas variaciones como el menú de cada día. Su madre y hasta sus tíos, los únicos familiares que quedaban en la ciudad, estaban contentos de saber que Toñito avanzaba con paso firme en su carrera hacia el título de abogado, eso permitiría que le dijeran “doctor”, como se lo merecía todo un Esparza. Por su parte Antonio estaba muy conforme con su decisión, notó que los conocimientos legales que estaba adquiriendo serían una herramienta muy útil para su labor en el periodismo.

Cuando llegó a la universidad al día siguiente se sorprendió de ver a Flor cerca de su facultad esperándolo para preguntar por su nuevo nombre. Tuvo que reconocer que no lo había hecho disculpándose por razones de estudio. Ella no se enojó como el esperaba y en un dos por tres le ayudó en este nuevo bautizo, fue muy practica la llamó Marcos, sólo agregando una S a su nombre real rendía tributo al comandante zapatista. Antonio accedió como si todo fuera un juego, y eso parecía al ver sonreír a Flor, como una niña, con sus propias ocurrencias. Ese mismo día ella le dijo su nombre real, como una compensación: “Mucho gusto Marcos, me llamo Patricia, Patricia Caicedo, pero te advierto que sólo me puedes decir así cuando estemos solos”.

Entre marchas, foros, tertulias y todo tipo de encuentros que casi siempre terminaban en fiestas con los mismos invitados: los casi 50 Raizales Libertarios, la relación entre Flor y Marcos o entre Patricia y Antonio (según las circunstancias) se fue afianzando y haciéndose de cierta forma oficial, estaban juntos la mayor parte del tiempo compartiendo las actividades que les gustaban a ambos en sus dos personalidades.

Una mañana Toñito había llamado para avisar que iba a llevar a una amiga a almorzar. Doña Esther estaba contenta pues su hijo no había mostrado interés por nadie desde que había terminado con su última novia, la hija de su amiga Olguita, que estudiaba en Medellín y no había querido seguir con una relación de lejos. Pensándolo bien, se decía, su hijo había sido juicioso, “sólo dos novias, la primera la Elenita que era hija de ese médico tan querido y estudiaba en las Bethlemitas y después la hija de Olguita. ¿Quién será la afortunada? ¿De quién será hija? ¿En dónde vivirá? se preguntaba mientras daba instrucciones para la correcta preparación de los camarones al ajillo, plato principal para el menú que había escogido para esa ocasión especial.

La pareja de estudiantes llegó puntual y con mucha hambre, entraron al comedor en donde los esperaba una Doña Esther más arreglada que de costumbre y Toñito le presentó a la sencilla muchacha a la que sin mayores protocolos le presentó como “mi compañera”, la señora tragó saliva porque no supo cómo interpretar este término. Antes de que sirvieran el almuerzo el interrogatorio ya había comenzado y cada respuesta parecía provocarle un preinfarto a la curiosa dama que no esperaba que su hijo sí tuviera una relación con esa muchachita hace unos meses, que la mamá de ella era Carmen Caicedo “¿Quién?, una NN”, que no había conocido a su papá nunca por eso tenía un solo apellido, que vivía en el barrio La Paz, “el mismo de la que viene a lavar por días” hasta que ya no aguantó y se paró para irse a su habitación pues se sentía “indispuesta”. Y su estado se agravó cuando supo que su “nuerita” no había comido camarones porque nunca los había probado en su vida y le parecían como gusanos y que para remediarlo Toñito había pedio arroz, papa y atún para complacer a la aparecida. A partir de ese día en esa casa se vivió una tregua no pactada que consistía en evitar hablar de la universidad y por su puesto de la relación de Antonio y Patricia, Marcos y Florecita, Toñito y “la esa” (dependiendo de las circunstancias).

La vida de su hijo fuera de la casa se convirtió para Doña Esther en una serie de simples conjeturas. Notaba en él algunos cambios en su ropa, en su físico, usaba pañoletas, gorras, se dejaba la barba por algunas temporadas, había cambiado sus camisas por camisetas estampadas con íconos de otras revoluciones como la típica del Ché, otra con la cara de Allende, muchas con mensajes en contra de casi todo. Al principio pensó que eran cosas de la moda en la nueva universidad pero varias señales la hicieron preocuparse. La primera fue la llamada de las franciscanas a decirle que no les importaba perder su colaboración pero que era perentorio cancelar la columna de Toñito, “Ordenes de arriba”, le dijeron y no precisamente refiriéndose a Dios si no al de la Casa de Nari. Un par de semanas después un primo en segundo grado que era coronel de la policía la llamó para advertirle que había visto la foto de Antonio junto a la de otros compañeros de la universidad en unas circulares de inteligencia en las que se sospechaba de ellos como posibles terroristas. La matrona se enfureció, “mi Toñito no es de esos, él tiene valores de la familia” le contestó a su pariente. A pesar de estos indicios nunca quiso averiguar nada, no hasta que Toñito reaccionara y dejara a esa mujer.

El 1 de Mayo de ese año se había programado una gran marcha por el Día del Trabajo y en contra de las políticas neoliberales del Estado. La convocatoria se había hecho con mucha anticipación y por todos los medios por lo que se auguraba una gran manifestación, además desde la noche anterior habían salido varios buses desde los municipios para apoyar la toma pacífica de la Plaza de Nariño desde 4 puntos de la ciudad, todo pintaba apoteósico y esto tenía muy emocionado a Antonio que salió muy temprano de su casa, como era festivo no quiso entrar a despedirse de su mamá ni a pedirle la bendición para no despertarla. Nunca volvió a su casa, nunca volvió a ver a su madre y ella nunca volvió a ver a su Toñito, ni vivo ni muerto.

Las autoridades manejaron tres hipótesis en el caso: 1. Antonio Esparza hacía parte de una célula de la guerrilla infiltrada en la universidad que al verse descubierta decidió huir y esconderse en el monte junto volviendo a la retaguardia junto a otros bandidos. 2. Patricia Caicedo, quien también desapareció ese día, y Antonio Esparza huyeron juntos para vivir tranquilos su romance, alejados de las presiones de sus familias que se oponían a esa relación. 3. Alias Florecita y alias Marcos fueron abatidos y sus cuerpos desaparecidos en un crimen pasional cometido por alias el León, líder de una red de microtráfico en las universidades, quien fue abatido al ser requerido por la policía.

Ahí murió todo.

Doña Esther veía las imágenes de la Carlotto pero no escuchaba nada, escuchaba su memoria y los reproches de la conciencia. “Que verraca esa mujer”, dijo antes de apagar el televisor y quedarse sola llorando sumergida en la oscuridad y en sus recuerdos.

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