Crónicas de mitos

Por: Oscar Seidel

La novela “En busca de la semilla” de Oscar Seidel, es una crónica minuciosa de la invasión de Francisco Pizarro al Imperio Inca, y narra las vicisitudes que padecieron con los fenómenos mitológicos en tres viajes que realizaron en el territorio que es hoy Panamá, Colombia, Ecuador y Perú.

  Cuando los invasores castellanos llegaron al Pacífico sur, no contaban con que este hermoso territorio era alucinante. A pesar que los mismos indígenas les sugirieron ciertas recomendaciones para que la selva no los embrujara, algunos de estos no hicieron caso, entraron en chanzas con la floresta y les vino el embrujamiento. Comenzaron a sentir el influjo de los malos espíritus, porque la selva empezó a movérseles, los árboles le bailaban ante los ojos, y los bejucos no le dejaban abrir la trocha.

Los enloqueció la selva y el pildè

Antes del segundo viaje del invasor castellano Francisco Pizarro al Perú, su socio el tuerto Diego de Almagro, después de vencer mil obstáculos, finalmente convenció en Panamá al gobernador De los Ríos que le diese licencia para enviar un navío hasta la isla de la Gorgona, lleno de provisiones, entre ellos puercos y gallinas vivas, al mando del fiel Bartolomé Ruiz, sin llevar más gente que los soldados. El gobernador De los Ríos le dio a Pizarro un plazo de seis meses para concluir el descubrimiento del imperio Inca, y éste último determinó dejar todos los indígenas que había traído de la Isla del Gallo y a los tres castellanos enfermos, Cristóbal Peralta, Gonzalo Martin de Trujillo, y Martin Paz, en la isla Gorgona.

El soldado Paz fue uno de los primeros que se enloqueció en esta invasión, fruto de haber tomado la bebida pildè para curar las grandes verrugas que le salieron en la cara. Le invadió una oleada de vértigos y la choza de paja le empezó a dar vueltas. Vio luces de mil colores frente a los ojos. Apenas podía caminar. No tenía ninguna coordinación. Los pies estaban pesados como dos bloques de madera guayacán. Estaba en cuatro patas, convulsionando por las contracciones de las náuseas:

Entonces, llamaron al chamán Sindagua, que curaba con solo oler el pantalón sudado del enfermo, y éste abrazó el cuerpo del soldado Paz, le llenó las tripas con su aliento de fuego, y le obligó a tomar otro calabazo de pildè, para que con su efecto se pudiese inspirar y lograr comunicarse con los espíritus de la selva, y a través de su revelación obtener información sobre su salud.

Era la única manera de encontrar el diagnóstico a la insólita enfermedad que había adquirido el soldado Paz antes de llegar a estas tierras del Pacífico sur. Era una epidemia hasta entonces desconocida que sembró el terror en el resto de la tripulación, y que obligó a dejarlo en Gorgona. Unas verrugas del tamaño de una avellana, pero que podían llegar hasta el de un huevo de gallina; desfiguraban a los hombres; enrojecían y supuraban antes de romperse soltando un olor pestilente, y cuyo desenlace era a menudo la muerte.

No era posible percibir las visiones ni encontrarle explicación a lo que sentiría, sin estar borracho. El pildé le iba a producir más adelante, fuertes reacciones físicas y mentales. Pero, el necio soldado Paz se pasó de la cantidad requerida de pildè. Al rato su estómago bramaba como un toro, se quedó dormido y parecía que le estaba dando un paro anal, cuando sus compañeros decidieron ir de manera apresurado a traer al chamán quien estaba en su bohío.

El chamán le advirtió que este proceso era paulatino, ocasional y, que para conocer al pildè se necesitaban muchos años.El pildè era como un animal salvaje que se aproximaba con cautela, y no establecía contacto hasta que no lo conociera a uno bien. El soldado Paz tenía que quedar alelado por mucho tiempo, mientras se le pasaba la borrachera. Lo único bueno es que se le cayeron algunas verrugas.

Al final, el chamán recomendó esperar hasta que se despertara de esa alucinación. Sugirió de igual manera darle plátano sancochado para que no se le removiera el estómago, porque iba va a quedar con una cagadera perpetua si no se la trancaban, y terminó huyendo de la ira de los castellanos.

El buque fantasma

                                        

Días más adelante, cuando Francisco Pizarro regresaba a Panamá, después de su segundo viaje al Imperio Inca, llevando a los dos enfermos de Isla Gorgona, Cristóbal Peralta y Martin Paz, porque una noche murió allí Gonzalo Martin, la inquietud y la duda se apoderaron de él y preguntó a sus dos compañeros enfermos por éste último.

Fue entonces cuando le contaron a Pizarro que, cierta noche que estaba de guardia, el compañero Gonzalo Martin vio al Maravelì. Según el chamán, en la costa del Pacífico sur existía la leyenda del buque fantasma, que en forma misteriosa viajaba por las noches navegando desde la Isla Gorgona; era tripulado por demonios, y su carga eran las almas de los difuntos que se portaron mal en vida. Cada noche arrimaba a las poblaciones costeras, y a las doce de la noche citaba a los hombres malos, para que reservaran su cupo en el próximo viaje a la eternidad.

Según los indígenas, ellos veían en las noches que este buque fantasma subía y bajaba con las olas y huía de los vientos violentos; llevaba lámparas amarillas con candelas en el palo mayor. Su luz refulgente era de tal intensidad que enceguecía a los animales, helaba la sangre de los hombres y dañaba los sembrados. Por lo que comentaron los indígenas, deducimos que tenía como mil brazas de largo, quinientos pies de eslora, una gran manga, ochenta pies de puntal y una gran velocidad.

El buque fantasma al que los nativos le llamaban el Maravelì lo habían visto los indígenas saliendo de Gorgona y anclando en los territorios de los Sindaguas, los Sanquiangas y los Telembies. Según sus creencias, era la proyección de una embarcación que hizo piratería antes que la invasión castellana llegara por estas tierras. Otros, relataron que era el fantasma de una embarcación que cargó las riquezas obtenidas de las explotaciones del oro de la región de los indígenas Barbacoas, y que se hundió en el mar con toda su tripulación.

Existía la creencia entre los indígenas de que, quien era malo y miraba de cerca el Maravelí se enloquecía, o quedaba ciego, o moría lanzando gritos espantosos; los perros aullaban y los animales corrían presos del terror. El buque fantasma viajaba sin descanso a toda vela, estremecía los bosques de manglares y llenaba de misterio la naturaleza. Era el terror de las gentes del litoral Pacífico sur. El compañero Gonzalo murió de tanto gritar como un endemoniado, y lo enterraron aquí en la isla Gorgona. Los indígenas dijeron que, la única manera de ahuyentar al Maravelí era enfocándole una luz fija sobre la proa, y así se lograba desaparecerlo para siempre.

 La venganza del Riviel

La bibliotecaria Eloísa continúo con sus investigaciones y, pudo aportar material valioso para que su esposo Alcibíades terminara la novela sobre Francisco Pizarro. Sobre todo, acopió la leyenda mitológica del Riviel, que la oralidad del Pacifico sur narró desde la época de la colonia española y la mantenía viva a través de los años, y que Eloísa encontró en los manuscritos del escritor barbacoano Faustino Arias Reinel, los cuales Alcibíades transcribió así…

» Eran los señores de Borbón una familia fastuosa y llena de ambiciones, con amplio miraje hacia reinos grandes y ricos, en donde pudieran ocupar a sus principios que, en lujosa ociosidad, se desesperaban de hastío. Era una rama de la casa real de Francia y el Rey de este país quería darles ocupación, para amortiguar las ocultas aspiraciones al trono. Por eso, con cualquier pretexto, quería irse a la guerra con su vecina, la España millonaria, que tenía ilimitados reinos al otro lado del Océano Atlántico, en el mundo de los espacios, donde los ríos fluyen oro y los árboles dan leche, miel y pan. Es así como en el año de 1697, una flotilla francesa atacó las fortalezas de la risueña Cartagena de Indias, entró a saco en la ciudad y se robó los tesoros de las iglesias y de los comercios españoles.

Pocos meses después del asalto, apareció en Panamá la figura misteriosa de Monsieur Riviére, quien, en uno de los bergantines franceses había ejercido, con lujo de competencia, las funciones de médico. Era un hombre de veintinueve años, delgado y de regular estatura.

Se había quedado en Panamá al regreso de la flotilla, porque allí oyó hablar de las grandes riquezas del Sur del Nuevo Reino de Granada, de un río al que llamaban Telembí, desde donde cada mes zarpaba, con rumbo a España, una balandra cargada de oro, o llegaban barcos trágicos e inhumanos, llevando en su vientre, como racimos de dolor y de sangre, grandes cargamentos de negros, traídos de Santa María de las Barbacoas, al otro extremo del reino. Y, como médico de esclavos, Monsieur Riviere se vio, después de grandes penalidades, paseando por las empedradas calles de la población recién nacida, donde el pián, la malaria, la disentería, el escorbuto y el látigo eran el precio del lujo y el beato de nobles y clérigos peninsulares.

Así empezó su vida en Barbacoas el médico Rivier. Dotado de una gran sensibilidad humanitaria; sintió en carne propia las llagas y las miserias de la gente que le rodeaba. Los esclavos se morían o retorcían solitarios y abandonados en los pantanos, trabajando agotados, día y noche, bajo la urgencia del fuete que no descansaba; y allí estaba él, en ese pequeño mundo de dolor, rápido en la sanguijuela, acucioso en el emplasto y listo con la pólvora para la mordedura de la serpiente. Siempre estaba calado hasta los huesos, porque llovía día y noche, pero era dinámico, rápido y enérgico.

En tres años, Rivier se había convertido en el faro luminoso de mestizos, negros y blancos. Porque cuando el español se acercaba al negro, era para maltratarlo y herirlo; en cambio, el blanco francés se inclinaba ante el caído a restañarte la herida suavemente y su mano era como una bendición sobre la carne lacerada, casi una caricia hipnotizante que calmaba el espasmo y el dolor.

Y es a la altura de esta época, primer año del setecientos, cuando cambia por completo la vida de Rivier: Una tarde, entre un cortejo de damas y de hidalgos, mientras las claras campanas de la iglesita cantan alegremente, de brazo con doña Ximena del Castillo de Fontverde, entra Rivier hasta el altar, a contraer matrimonio. No falta una sonrisilla mal disimulada tras un abanico, y una dama pregunta a su compañera, en voz baja, con cierta malicia, que cómo siendo doña Ximena de tan alto linaje, hija de encomenderos, se casa con aquel franchute desconocido, de ignorada procedencia de sangre.

Todos en la iglesia de Barbacoas sabían que los señores de Fontverde trataban de borrar, con este matrimonio, las manchitas de la bella doña Ximena. Miraban con disimulo hacia la nave de la izquierda, para ver en la cara del Teniente Preciado de Ferrín, el dolor que entre comillas lo afligía.

Y no pasaron seis meses, cuando ya el Teniente español se pasaba largas horas plantado en la esquina de la casa del reciente hogar. Y si Rivier andaba por fuera del poblado en misión de medicina, bien que se veía desde la calle, tras la celosía, una sombra de mujer mirando hacia la esquina.

Una noche, Rivier fue llamado a asistir a una mujer al otro lado del rio Telembí, frente a Barbacoas y en su ancha canoa de fino chachajo, manejada por un esclavo negro hercúleo, atravesó el río. Aunque era recién entrada la noche, la oscuridad anunciaba una de esas tempestades que, solamente en Barbacoas, habían visto ojos humanos.

Un momento después, desde la casa del médico, dos sombras entrelazadas se abrían paso por entre la oscuridad de la calleja, rumbo al río. Era doña Ximena y el Teniente español, quienes, urgidos por el amor oculto e insatisfecho, habían resuelto fugarse río abajo en busca del mar. Luego tomarían un velero, quizá en Tumaco o Iscuándé, que los llevase al Perú, en donde vivirían plenamente el amor a que estaban destinados. El canoero los esperaba en la canoa, previamente cargada con todo cuanto pudiera serles necesario durante el largo viaje, que emprendieron de manera inmediata.

A los pocos minutos lo supo Rivier. El negrito llegó jadeante pues había atravesado el río a toda prisa nadando y le dijo al patrón que la niña se fue con el Teniente español que vive en la calle Real. Se fueron río abajo en una canoa, y que, si se alcanzaba a ir, los cogería en Playa Grande.

Rivier, aunque meridional, era de sangre fría, sereno, de una serenidad elegante y casi diabólica. La noticia no le apuró en su tarea. No descuidó un solo detalle y cuando el niño nació con su carita negra, lo envolvió en su humilde pañal de trapo viejo, lentamente y con cuidado. Luego fríamente, a la luz de un largo “embil”, examinó el fino puñal de hoja toledana que siempre cargaba en el cinto. Llevando en la mano el “embil” de casi un metro para alumbrarse, bajó la escalerita de guadua hacia la orilla.

Con el largo embil en la izquierda para alumbrarse, Rivier se acomodó en su canoa de chachajo. Bajo la capa acariciaba con el índice de la derecha, la punta de su puñal que medía más de una cuarta. Reconcentrado y pensativo, se imaginaba la cara de su mujer, esa cara que había acariciado y adorado, unida a la del Teniente español, no solamente por el amor, sino por el frío del viento que amenazaba lluvia. Pensaba también que él era un ser sin un brillante destino, el pobre y opaco servidor de una humanidad ingrata y cruel. Pero no se dejaría burlar tan miserablemente. Los mataría a ambos y luego seguiría río abajo, a buscar el mar, el mar amplio donde cada ola es un camino que conduce a todas partes, hasta a la misma muerte. Y tragaba sus angustias. Vuelta tras vuelta. Vueltas oscuras del río Telembí, que nunca acaban; largas y negras como túneles de sombra, con gritos de selva y parpadeos de cocuyos y güimbas. Vueltas interminables y eternas, como las esquinas de la muerte. Por allá va una sombra que casi no se ve. Pero Rivier la advierte porque la siente en los poros, en las microscópicas puntas de los vellos, en el instinto. Ordena al canoero que acelere y se acerque a la canoa con sigilo, para reconocer si son ellos. La canoa se acerca lentamente; él de pie, con el embil en alto y el puñal escondido y listo en la mano derecha.

Y antes de que Rivier abordara la canoa, el Teniente español, con su larga espada, desde su propia canoa lo atraviesa por el pecho, de parte a parte. Cae de la mano de Rivier el largo mechero, que queda arrimado a la pared de la canoa, con la candela hacia afuera y Rivier se desploma sobre el borde, para luego caer definitivamente al río, donde se hunde para no salir jamás. El canoero de Rivier trata de abordar la canoa del Teniente español, pero el peón de éste lo rechaza con el canalete y el negro también cae al agua, dirigiéndose en la oscuridad, hacia la lejana orilla. Ha sido una tragedia en silencio, sin más testigos que el agua, el viento y los árboles ciegos.

Presos del más desesperante terror, los fugitivos siguen su marcha aceleradamente. Doña Ximena está desmayada en brazos del Teniente español, quien tiembla de terror. Cuando doña Ximena recobra el sentimiento y mira hacia atrás, ve, con horror, que una luz los persigue en la oscuridad. Es una llamita que, a veces es roja y, a veces, es verde, que parpadea, que se alarga, que los sigue…

Allá viene su alma, grita desesperadamente Doña Ximena. Nos persigue el alma de Rivier. Allá viene su alma. Se retuerce como una poseída del mal espíritu. El Teniente español la sujeta, mudo, tembloroso, porque ella grita y quiere arrojarse al agua. Y la luz viene atrás, estirándose, escondiéndose, persiguiéndolos. También el Teniente español tiembla y mira el alma de Rivier que los sigue. El canoero tiembla, en un paroxismo de terror que lo paraliza. No recuerda que, en la canoa de Rivier, se quedó, arrimada al borde, la larga vara del embil, con su llama parpadeante en la punta. En su oscura mente primitiva se despierta, como una niebla que asciende, el terror milenario de su raza por las cosas que no comprende. Y se tira al agua, con rumbo a la orilla, dejando a los fugitivos a merced de la corriente, seguidos por el alma de Rivier, en forma de candela.

Al regreso de los dos canoeros a Barbacoas, las gentes del poblado se congregan a escuchar la Historia: El alma de Rivier, en forma de candela, regresó de la otra vida y en su propia canoa persiguió a los amantes. «

Desde entonces, pasan los días, los meses, los años y siempre la misma historia. Y así, de generación en generación Rivier es y será siempre una luz solitaria y errante en su canoa. Dos siglos después, con la libertad de los esclavos, esta tremenda historia sale de sus límites barbacoanos y se riega por las costas del Pacífico, con nuevos contornos creados por la imaginación terrífica de cada generación que la contó a la siguiente. Ya nadie se acuerda del ambicioso francés que viniera en un barco negrero para convertirse en apóstol de dulzura ante el dolor y la miseria. Ya no es Monsieur Riviére. Ya no es el señor Rivieg. Ya no es Rivier. Los negros no pronuncian la ere (r) y la confunden con la ele (l). Ahora es Riviel. El Riviel que, en las noches oscuras de nuestros grandes ríos, esteros y ensenadas del sur de Colombia, persigue a las canoas con su luz que se estira y se encoge, que produce el espanto de agua, ese espanto difícil de curar, porque el único médico que tenía la fórmula mágica para hacerlo, era Monsieur Riviére. Pero Monsieur Riviére ya no existe. Es apenas una luz solitaria, eternamente errante que, en su canoa en forma de ataúd, asalta a las demás canoas que surcan la noche, porque anda siempre en busca de su amor fugitivo.

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