Del castellano arcaico al tumaqueñismo

Por: Oscar Seidel

La  península ibérica durante el transcurso de toda su historia, sufrió  los embates  de la conquista de pueblos  invasores como los  celtas, griegos, romanos y musulmanes, entre otros, lo que configuró una mezcla de culturas, que dio como resultado un enriquecimiento del latín vulgar al fusionarse con otras lenguas, el cual se hablaba y predominaba de forma mayoritaria en la parte norte de la península, surgiendo de manera paulatina el idioma castellano, especialmente  en la zona central de España (Castilla). Tomando como propia, tanto su cultura, como gran parte de su idioma, enriqueciéndola con  una diversidad de palabras, predominando la arábiga, la cual se arraigó en España por su permanencia en ella por casi 800 años, influenciando  muy fuertemente  en su historia y cultura.

Considerado el idioma oficial del reino de Castilla, e impuesto como medio único de comunicación en el Nuevo Mundo, el castellano, fue traído al territorio líquido del Pacífico sur por los conquistadores, y más tarde por los evangelizadores y esclavistas. Los invasores vinieron, vieron, explotaron, y se fueron, dejando como uno de sus legados el idioma. En lo profundo de la selva, en los ríos, y en el mar, quedó entronizado el castellano arcaico, perdurando hasta nuestros días innumerables palabras, que incluso en la misma península, ya se encuentran extintas

En nuestro territorio estaban los indígenas que tenían sus propios dialectos, y se entendían de esa manera. Después con el secuestro del negro de África, éste sufrió una simbiosis idiomática al intercambiar sus dialectos de Guinea, Congo, y Angola  con el de los europeos.

Hasta hace un tiempo, conversar con nuestros campesinos era fantástico; ya por la forma hiperbólica como narraban sus historias a través del relato oral, ya por el sinnúmero de adagios y dichos que utilizaban, ya por las palabras que empleaban en el diálogo, con las que podíamos quedar completamente “turulatos” por no entender nada. A la correa le decían “badana”; para referirse a las zapatillas usaban el vocablo “babuchas”; el pasador del pantalón era identificado como “bichonga”; y si a usted le decían que era un “badulaque”, debía ponerse serio, porque lo estaban tratando de inútil.

 Hoy, cualquier arquitecto moderno quedaría perplejo si nuestro obrero campesino le hablara de los lugares comunes de una edificación: la “canoera” no es la mujer que rema la canoa, sino la canal del desagüe de las aguas lluvias; el “soberao” es lo mismo que el “altillo”, que es igual al cuarto de San Alejo; “aljibe” quiere decir pozo o cisterna.

¿Quién te trujo? ¡Yo que me vengué! Este es el saludo en los ríos del litoral Pacífico sur, para preguntar al compadre en cuál embarcación llegó, y él le responde que:”me vine solo en mi canoa”.

 En el campo, los mayores conservan sus cantos  en manuscritos con letra Palmer, allí se observa el aporte mayúsculo del castellano arcaico. ¿Por qué nuestros campesinos del litoral se comen las letras P y C al pronunciar palabras como aceptar, captar, efecto? Porque así se hablaba en la antigüedad: acetar, catar, efeto.

  En la actualidad, el habitante del Pacifico sur que ha dado el salto hacia las ciudades, evita pronunciar palabras y declinar verbos como: talega, aguaitar, fierro, pandar, canilla, anduve, enflaquecer. Lo que no sabe es que esas palabras forman parte del castellano arcaico, y no tiene la culpa que se quedara para siempre en su lenguaje cotidiano.

El licenciado barbacoano Justo Walberto Ortiz compiló en 1996 el Diccionario Tumaqueño, prologado por el escritor colombiano Oscar Echeverri Mejía, quien dijo de manera textual: “Justo Walberto recoge localismos, nombres de personas, de sitios geográficos y modismos de la gente de Nariño en general, y de Tumaco en particular. Con sus tumaqueñismos, estoy seguro, Justo Walberto no pretende agotar el tema, puesto que  ningún lexicón o diccionario es completo, pues la lengua, y en especial la vulgar, evoluciona y se enriquece a diario”.

De igual manera, el abogado tumaqueño Álvaro León Benítez Acevedo escribió en 2005 el “Diccionario de voces típicas del Litoral Pacífico colombiano”, de quien hizo el siguiente comentario el periodista Enrique Santos Molano en El Tiempo:”Hace pocos días me llegó un libro estupendo, que he disfrutado al máximo, del abogado y escritor tumaqueño Álvaro León Benítez Acevedo. El “Diccionario de voces típicas del litoral pacífico colombiano”, edición de autor (2005), con una preciosa ilustración en la portada, del célebre pintor Germán Tessarolo. El título, que dice bastante, no lo dice todo sobre el real contenido de este libro sustancioso y aleccionador. A las más de mil doscientas voces que estudia el autor, empleadas en el lenguaje típico de la Costa Pacífica colombiana, y no pocas incorporadas ya al habla habitual de las diferentes regiones de nuestro país, se agregan ensayos acerca de la geografía de la Costa Pacífica, su geología, y datos históricos.

Concluimos, apreciado lector, que el castellano arcaico se fusionó con los dialectos indígenas y africanos, dando origen a la jerga tumaqueña, la cual no se ha perdido a pesar de la influencia de gente del interior del país, que cada día llega al territorio en grandes cantidades atraída por otras cosas, y menos por conocer su lingüística y el folklore.

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