El acto más hermoso de Colombia

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Colombia necesita volver a mirarse al espejo. Pero no al espejo roto de la violencia, del escándalo y de la confrontación permanente. Necesita contemplarse desde el rostro silencioso de la bondad, desde la grandeza humilde de su gente, desde esos actos anónimos que pocas veces llegan a los titulares, pero que sostienen la esperanza de toda una nación.
Durante años nos hemos acostumbrado a despertar con noticias de masacres, corrupción, odio, polarización, pobreza, guerra y desesperanza. Los colombianos hemos sido bombardeados diariamente por relatos de tragedia, como si nuestra identidad estuviera condenada únicamente al dolor. Y no. Colombia también es otra cosa. Colombia es la maestra rural que cruza montañas para enseñarles a leer a sus niños. Es el campesino que comparte su cosecha con el vecino que perdió todo. Es el médico que atiende en silencio en lugares donde nadie más quiere ir. Es la madre que levanta sola a sus hijos con dignidad. Es el joven que rescata animales abandonados. Es el artista que transforma la violencia en poesía. Es el periodista que defiende la verdad. Es el músico que devuelve alegría a un barrio golpeado por la pobreza. Es el ciudadano que ayuda sin esperar aplausos.
Por eso hoy debemos convocar al país entero a construir una causa nacional: El acto más hermoso de Colombia.
Una iniciativa que reúna a los medios de comunicación, universidades, empresas, agremiaciones, entidades culturales, el sector financiero, periodistas, escritores, artistas y ciudadanos, para escuchar y visibilizar las historias más nobles, humanas y extraordinarias de los colombianos. Historias reales. Historias que conmuevan. Historias que nos recuerden que todavía existe un país bueno latiendo bajo el ruido de la confrontación.
Que cada colombiano pueda postular o postularse. Que las emisoras abran sus micrófonos. Que los periódicos publiquen testimonios. Que la televisión dedique espacios a los héroes silenciosos de nuestra tierra. Que las redes sociales se conviertan, aunque sea por un momento, en escenarios para la esperanza y no para el insulto. Que podamos descubrir actos heroicos de carácter cultural, romántico, intelectual, científico, laboral, ambiental, artístico, deportivo o humanitario.
No se trata de negar las dificultades de Colombia. Sería irresponsable hacerlo. Se trata de equilibrar la mirada. De entender que un país no puede sobrevivir alimentándose únicamente de rabia. Los pueblos también necesitan motivos para sentirse orgullosos de sí mismos. Necesitan referentes positivos. Necesitan recordar que la bondad existe y que sigue siendo poderosa.
Imaginar un gran reconocimiento nacional al acto más hermoso de Colombia no es ingenuidad; es una necesidad moral. Un premio nacional a la solidaridad, al humanismo y a la sensibilidad podría convertirse en un símbolo de unidad en medio de tantas divisiones. Que se premie al colombiano que salvó vidas, al joven que transformó su comunidad, al docente que cambió destinos, al científico que ayudó desde el anonimato, al artista que sembró esperanza o al ciudadano común que realizó un gesto extraordinario de humanidad.
Tal vez el mayor problema de Colombia es que hemos dejado de admirar a la gente buena. Hemos convertido el escándalo en espectáculo y el odio en rutina. Por eso resulta urgente cambiar la conversación nacional. Necesitamos volver a emocionarnos con la nobleza. Volver a creer en la ternura, en la generosidad y en la capacidad de construir juntos.
Porque Colombia no puede reducirse a sus tragedias. Colombia también es abrazo, resistencia, inteligencia, sensibilidad y grandeza humana. Y quizás haya llegado la hora de que el país entero se una para descubrir, contar y celebrar esos actos maravillosos que todavía nos hacen sentir orgullosos de ser colombianos.
Que esta sea entonces una invitación abierta: a los ciudadanos, a los periodistas, a las empresas, a las universidades, a las instituciones culturales y a todos los medios de comunicación del país. Abramos espacio para las historias luminosas. Escuchemos a quienes hacen el bien. Rescatemos la belleza moral de Colombia.
Tal vez así, entre miles de testimonios, descubramos que el acto más hermoso de Colombia no es uno solo, sino millones de pequeños actos de amor que ocurren cada día y que todavía tienen la fuerza suficiente para salvar el alma de la nación.
Esta gran convocatoria nacional también debe convertirse en un compromiso colectivo de todos los sectores del país. Por ello, resulta fundamental hacer un llamado al sector financiero, a la empresa privada, a las entidades públicas, a las federaciones, cámaras de comercio, universidades, fundaciones, medios de comunicación y agremiaciones nacionales para que se unan a esta causa profundamente humana.
Colombia necesita construir un gran fondo nacional de reconocimiento a la bondad, a la solidaridad y a los actos heroicos de sus ciudadanos. Que entre todos podamos aportar recursos, respaldo institucional y escenarios de difusión que permitan premiar y exaltar a aquellos colombianos que, desde el anonimato muchas veces, han sembrado esperanza, cultura, sensibilidad y humanidad en medio de tantas dificultades.
No puede existir inversión más valiosa para una nación que aquella destinada a fortalecer sus valores humanos. Premiar estos actos hermosos no debe entenderse únicamente como un reconocimiento económico o simbólico, sino como una manera de decirle al país que todavía vale la pena hacer el bien, servir a los demás, construir comunidad y creer en Colombia.
Que los bancos, las empresas, las industrias, el comercio, las cooperativas y todas las fuerzas vivas de la nación comprendan que apoyar esta iniciativa es también ayudar a transformar la mentalidad colectiva de los colombianos. Porque un país que aprende a admirar a su gente buena es un país que empieza a sanar sus heridas, a reconciliarse consigo mismo y a construir un futuro más digno, más humano y más esperanzador para todos

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