El primer Three Wheeler en Tumaco

Cuando en 1918 terminó la primera la guerra mundial, en Tumaco se normalizaron las actividades de exportación y el comercio. Seis años más tarde, se empezó a construir el ferrocarril de Nariño que buscaba establecer una nueva ruta entre la sierra y la costa, consolidando el eje Pasto-Tumaco y marginando a Barbacoas.

El ferrocarril de Nariño era la expresión de las expectativas cifradas por las nacientes élites locales y departamentales al considerar a Tumaco como el puerto del Pacífico que se pondría acorde con la operación del canal de Panamá, y con el auge extractivo exportador de los años veinte. La composición social del puerto, durante esta época, se consolidó con un grupo comercial y político conformado por inmigrantes europeos y por miembros de la antigua élite barbacoana.

La comercialización del caucho y de la tagua en los mercados europeos y norteamericanos permitió la implantación y consolidación de casas comerciales ligadas a las grandes urbes de Inglaterra y Estados Unidos. Muchos extranjeros llegaron a Tumaco atraídos por el negocio de la tagua, el cacao, y el caucho.

Esta migraci6n fue facilitada, además, por la apertura del canal de Panamá en 1913, que significó el regular arribo de líneas navieras al puerto de Tumaco, como una escala más en el recorrido de los barcos desde el sur del continente americano hasta sus destinos en Europa. Igualmente, algunos de los antiguos propietarios de las minas del área de Barbacoas, ante el agotamiento del oro y el declive de los puertos fluviales de Barbacoas e Iscuandé, vieron mayores posibilidades en el puerto marítimo de Tumaco y se asentaron allí.

Estos extranjeros y antiguos propietarios de minas, consolidaron a principios de siglo 19 una élite comercial blanca que caracterizó al puerto marítimo en los albores de los años mil novecientos. Ello posibilitó la imagen de Tumaco como una pujante ciudad de etnia blanca y letrada y con mayores relaciones con el mundo que con el interior del país. Durante esta fase, la población negra se acrecentó en la zona rural por las actividades asociadas a los procesos de extracci6n y comercializaci6n de los productos forestales, al igual que por la creciente demanda de productos del mar.

Esto dio como resultado una minoritaria élite comercial y política blanca y, del otro lado, una mayoritaria población negra asociada a las actividades agrícolas, pesqueras y de extracci6n forestaI. La primera se encontraba ubicada en torno a las zonas de La Taguera, el Parque Colón y las Calles del Comercio, Sucre y Márquez. La segunda vivía en el área del Pindo, Villa Lola, Barrio Panamá y el Puente del Medio. De esta fase datan edificaciones legendarias delicadamente talladas en madera: el Palacio Municipal, el colegio de las Betlemitas, el Liceo Tumaco, la Prefectura Apost6lica y la Catedral de San Andrés, al igual que las residencias de familias ligadas al comercio, en muchas de las cuales funcionaban, en su planta baja, los almacenes y sedes de las casas comerciales.

Aquella madrugada de 1928, cuando el buque llegó a la bahía de Tumaco procedente de Inglaterra, los trasnochados estibadores quedaron impresionados con las tres voluminosas y pesadas cajas de madera que el joven David Levi traía de equipaje.

Hacía seis años que David había marchado donde sus tíos ingleses, los Levi Jarvis, a estudiar el Bachellor Degree, porque en el Liceo no pasó del primer año de bachillerato. Algunos profesores que transitaban por el embarcadero imaginaron que el estudiante había comprado toda la Enciclopedia Británica para descrestar a sus adinerados padres, y hacerles creer que todo ese mundo de libros le cabía en la cabeza. También algunas beatas que iban a misa, especularon que el contenido de las cajas era unos ángeles de mármol traídos para adornar el mausoleo familiar en el cementerio. Sin embargo, todos estaban equivocados…

Al día siguiente de su arribo, el bachiller Levi destapó las cajas, y mostró a todos los curiosos el regalo que sus padres le habían dado de graduación. Salieron a rodar una serie de repuestos, silletería de cordobán, motor de gasolina, un timón, y tres ruedas con lona de caucho. En el puerto no era conocido todavía el automóvil «Three Wheeler» de Morgan, que tenía el motor colocado en la parte delantera, sin guarniciones, con todos los elementos a la vista, y, además, lo más distintivo del extraño vehículo era que se movía con un motor Peugeot de siete caballos.

Fue entonces, cuando quedaron asombrados con el cuento que de ese reguero de cosas, al armarlas, saldría un carro que sería la admiración general. Con la ayuda del viejo maquinista del tren, y apoyados en el manual de instrucciones, armaron todas las piezas; luego llenaron de gasolina el motor; y David comenzó a manejar como un lunático por las polvorientas calles. Todas las chicas se enloquecieron con el audaz chofer, quien daba una vuelta por la isla a razón de cinco besos con tocata de piernas. No faltarían los envidiosos que le colocaran apodo al carro: «El tres patás».  

 Una vez pasada la novedad, David Levi tuvo que dedicarse a administrar la casa comercial de la familia. Como los curiosos querían deleitarse con siquiera una vuelta por la isla, decidió contratar al flaco González para que sirviera de chofer y cobrara por el paseo.

Pero, el futuro aprendiz, inicialmente no le paró muchas bolas, porque su afición era jugar fútbol. Nadie sabía que el astuto y mal nutrido jugador, tenía algo demasiado largo que lo ocultaba con un calzoncillo talla XXL. Hasta el día que, en el forcejeo del partido, por no dejar pasar el balón que un rival quiso meterlo por en medio de sus piernas, se desprendió algo que le pendía de la entre pierna. Fue el hazmerreír de todos los jugadores, y del público que presenciaba el encuentro en la cancha del potrero de la familia inglesa Douat. Desde entonces, quedó con la chapa de «El trípode».

A partir de ese momento, abandonó el deporte y se interesó por manejar «El tres patás», donde sentado al timón corría menos riesgos que el colgandejo se zafara. El desconfiado David Levi le exigió que se hiciera un examen médico, porque le causaba extrañeza su flacura y el color amarillo de la piel. Mientras llegaban los resultados del laboratorio de bacteriología, y ante la presión de los fanáticos por montar en el vehículo, decidió contratarlo al destajo.

Aquella tarde, cuando el sol se ocultaba en la bahía, el «Trípode González» se estrelló contra una palmera en la playa, por mirar de soslayo las piernas de la hermosa pasajera. Como no había ambulancia para atender a los heridos, fueron llevados en canoa al hospital local, y los médicos quedaron asombrados al revisar el cuerpo malherido del chofer, pues tenía algo anormal que no reducía de tamaño, y un color pálido en su rostro que presagiaba lo peor. Fue entonces, cuando el médico Valente de origen italiano, descubrió que al «Trípode González» no podía tener excitación alguna, porque toda la sangre del cuerpo se iba al colgandejo de la ingle, el corazón dejaba de bombear, y le producía fuertes mareos.

Después de este suceso, en la isla se acabó la diversión vehicular.

Al flaco Gonzales le aplicaron durante varias semanas unas compresas de hielo para que pudiera sobrevivir. En cuanto al carro «Three Wheeler», no pasó la prueba tecno-mecánica para circular, y el médico con su humor italiano, sugirió hacerle un examen coprológico en el laboratorio, porque, la carrocería quedó vuelta mierda.

Referencia: Libro “Tumaco haciendo ciudad”, Autores Michel Agier; Manuela Álvarez; Odile Hoffman, y Eduardo Restrepo. Editorial Ican, Ird, Univalle. 1.999.

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