El reloj climático.

San Juan de Pasto se convirtió hace unos días en la primera ciudad latinoamericana en tener un Climate Clock, un reloj digital de grandes dimensiones que se instaló en la puerta de la Alcaldía frente a la Plaza de Nariño. El reloj tiene dos líneas de lectura, y una de ellas opera en cuenta regresiva, algo que desde hace algún tiempo viene siendo muy usual. La cuenta regresiva se usa para eventos macro en páginas web, sean grandes festivales o Juegos Olímpicos, pero en este caso tiene que ver con la inminencia de un cambio climático irreversible.

Desde que el documental, Una Verdad Incómoda de Davis Guggenheim y Al Gore, nos puso en 2006 en alerta sobre esta situación límite de la vida en la tierra, el mundo ha fruncido el ceño. Pero la verdadera reacción de los Gobiernos y de la población sobre un tema tan importante ha sido lentísima. Sólo en los últimos diez años se han tomado medidas y apenas en estos cinco se ha visto su importancia reflejada en los libros de texto de los colegios, que es al fin y al cabo donde comienza toda la toma de conciencia del ser humano.

En Pasto la primera actividad oficial fue en 2016. Se llamaba Nariño Actúa por el Clima, un programa ecológico que lanzaron Gobernación y Alcaldía y que garantizaba un compromiso gubernamental para que la concientización arrancase y se transformara en un modelo social y ambiental para otras regiones. Paralelo a ello, en Ipiales se había creado la Subsecretaría de Medio Ambiente y el Comité Interinstitucional de Educación Ambiental.

¿Qué se ha hecho desde entonces? Poco. Colombia sigue con un índice medio de peligro climático (en 2016 ocupaba el puesto 47 entre los países más afectados y el 33 entre los que corren más riesgo). En esta columna decíamos que aún había tiempo para que las nuevas generaciones fuesen conscientes que sin una estabilidad climática estamos condenados al caos.

Pero el tiempo se agota y de allí este apocalíptico reloj, que a los pastusos siempre dispuestos a sacarle punta a todo, les recuerda el capítulo de los Simpson en el que al llegar año 2000 todas las computadoras ocasionan un caos cibernético mundial.

El Climate Clock, que nació en 2015, es un proyecto de la network Beautiful Trouble y de varios entes multidisciplinarios como el Human Impact Laboratory de la Universidad de Concordia de Montreal, la Fundación David Suzuki de Vancouver, el programa Future Earth, también de Montreal y el Climate Reality Project de Washington.

La primera línea de lectura en rojo es la Deadline, que muestra el plazo que tenemos para lograr cero emisiones, y que se agota el 2 de enero de 2028. La segunda línea en verde es la Lifeline, que muestra el porcentaje de energía mundial procedente de energías renovables. ¿Qué pasará en 2028? Que se hará un reconteo, pero con otros parámetros, porque mucho de lo que no hayamos hecho en estos años que faltan será irremediable. Fíjense en el deshielo polar. Las imágenes son angustiosas.

El calentamiento de la tierra tiene un efecto directo sobre el campo y, por ende, sobre economías agrarias como la nariñense. A más calentamiento, más plagas y más enfermedades y epidemias. A más plagas, más necesidad de remedios. Y a más demanda de remedios, mayores costos. Y si la vida se pone más cara, todos seremos más pobres. Así de simple.

Fijémonos en un producto: el café. A sol de hoy es nuestro producto estrella. Tenemos un microclima que lo convierte en el mejor café del mundo. Pero si en 2028 la temperatura ambiental sube 1,5 grados (el umbral que marca el reloj), ese microclima tan especial dejará de existir, y todos los productores de café tendrán que trasladar sus cultivos a zonas más altas, quizás a las montañas. Suponiendo que lo pudieran hacer (el pequeño caficultor es pobre y eso equivaldría a invadir tierras de otros), se tardaría años en volver a tener un café excelso, y si el calentamiento continúa, no habría garantías para que eso perdurase.

¿Y qué se puede hacer? Reciclar, por ejemplo. ¿Pero la instalación del reloj viene acompañado de una política de reciclaje por parte de la Alcaldía? No. Hay una conciencia del peligro del cambio climático, pero no hay un trabajo común en torno a ello. En ciudades como Pasto, la Secretaría de Medio Ambiente opera como una secretaría más, no como parte de todas las decisiones. Ese es el error. Y como esto es algo que ha sucedido en ciudades más grandes y poderosas, ha surgido la preocupación.

El cambio climático nos afecta a todos, pero no todos se sienten partícipes del cambio. Seguimos tirando basura a la calle y talando árboles, seguimos desperdiciando comida y no sabemos qué hacer con los residuos orgánicos, seguimos festejando con pólvora y generando una cantidad enorme de dióxido de carbono… En fin, detalles tan pequeños de los dos, como decía Roberto Carlos. Pero un día muchos de esos productos alimenticios desaparecerán, habrá más derrumbes por la sequedad del terreno, y las especies animales entrarán en vías de extinción.

¿Apocalíptico? Real.

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