En recordación de Álvaro Gómez Hurtado

Por: Alvaro Zarama Medina.

 Exgobernador de Nariño y presidente de la Fundación Agustín Agualongo.

“Yo no me meto en política cuando no tengo algo que proponer”. Así definía Álvaro Gómez la motivación de su quehacer público. Y, claro está, siempre tuvo algo importante y creativo para proponer; porque era, ante todo y por sobre todo, un ideólogo.

Ciertamente, Álvaro Gómez fue un ideólogo, más no un ideólogo perdido en nebulosas especulativas, desubicado de su tiempo y de su gente; Él fue un ideólogo comprometido con sus causas, con “talante” de activista, presente en cuanto escenario existiese espacio para el ejercicio de la “inteligencia”, única condición humana a la cual le concedía el atributo de poder mandar. Su culto por la inteligencia, le permitió oficiar como catedrático, escritor, periodista, y como dirigente político, mientras fuese la política, a su gusto y según la más pura concepción aristotélica, “el ejercicio civil de la belleza”.

Sobre el particular, con manifiesta nostalgia, y entusiasta ansia de renovación, afirmaba: “Antiguamente, en la política pertenecíamos a unas ideas y a una ideología. Hoy no se busca convencer a la gente, sino contratarla; no se busca la solidaridad frente a lo que se propone, sino la complicidad. Ahora no hay clase política sino traficantes del poder que cada día se expresan más descaradamente”. Por sus ideas políticas, y sus consecuentes posturas y actuaciones públicas, Álvaro Gómez fue dos veces derrotado electoralmente, en su merecida aspiración de ser Presidente de Colombia; y luego cobardemente asesinado.

En 1974, le propuso el desarrollo, pensar en grande, a un país sumido en el atraso y la pobreza. Y fue derrotado. Cuando hasta el mismo Sumo Pontífice Pablo VI predicaba que “El Desarrollo era el nuevo nombre de la PAZ”. En 1986, cuando el país se precipitaba por los abismos del narcotráfico y la violencia guerrillera, con un eslogan de sectarismo partidista (cual convenido plagio con el América de Cali), fue derrotada su convocatoria al restablecimiento del orden moral, el cambio y el progreso nacionales. ¡Quien Hoy lo creyera! En 1995, le propuso “Tumbar el Régimen”, a un país sumido en una honda crisis social y política, en una aterradora corrupción, y en una ostensible decadencia institucional. Fue asesinado, precisamente, cuando campeaba Él triunfante en la opinión, siendo porta – estandarte de la noble bandera democrática de crear, mediante un movimiento nacional de opinión, un nuevo “Régimen” para Colombia.  Todo ocurrió así, porque “La política se había vuelto fea” (conforme Él mismo lo había denunciado en sus Editoriales del Periódico El Siglo); porque en la práctica de la política “se había refundido la elegancia”, y porque en ella “había llegado a predominar lo viscoso, lo romo y lo turbio”.

En una y otra ocasión electorales y, definitivamente, en un torpe, horrible e imperdonable magnicidio, el país perdió la oportunidad de experimentar una Gran Revolución Conservadora. Una revolución pacífica, democrática, generadora de un nuevo orden (políticamente más limpio, socialmente más justo, y económicamente más contemporáneo, creativo y progresista). Una Revolución Conservadora, adelantada con las fuerzas de la opinión, reivindicativa del “país nacional” frente al “país político”, generadora de grandes acuerdos nacionales sobre lo “fundamental” en el devenir de la patria.

El revolucionario ideario conservador de Álvaro Gómez tiene plena validez, veinticinco años después de su asesinato. Infortunadamente, en el panorama político nacional actual, y al menos en el que fuera su Partido, no se percibe un liderazgo capaz de materializar, social e institucionalmente, ese ideario.

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