Las mujeres de la muerte

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Con la vanidad que nos caracteriza a quienes entendemos la grandeza de los hombres y nos rendimos ante ella cuando una caricia nos sorprende, debo reconocer el profundo halago que me embarga al recibir el libro LAS MUJERES DE LA MUERTE del escritor Gustavo Álvarez Gardeázabal. Con su puño y letra resume mi paradoja existencial: “A Pablo Emilio, estandarte de las reivindicaciones imposibles de su pueblo. Con mi admiración”.
Y se firma en El Porce, en abril 14 de 2024.
Al cerrar sus páginas me recorre un sentimiento indefinible, mezcla de nostalgia, despedida y tristeza. En medio de sonrisas que espantan a mis gatos acurrucados entre mis piernas, saboreo cada palabra con la dulzura de un niño que sospecha un adiós de su madre en la puerta de su escuela.
Me parece ver ese salón amplio y grande del Instituto San Juan Bosco en el cual me sorprende una imagen descomunal de un santo luchando contra las fuerzas del mal. En el momento en que todo parecía perdido y mis lágrimas se extraviaban entre esa paredes grandes y descomunales, aparecen de entre la nada dos figuras que me rescatan de las puertas del averno. Son ellas mis profesoras, Míriam y Mercedes, que en un santiamén me llevan de su mano por un vuelo que hoy lo veo como un hecho imposible. Pero que fue real.
Y así se debió sentir el maestro Gustavo Álvarez Gardeázabal para retornar a su niñez y tomar la mano de esas mujeres que sembraron faros de sonrisas y un poco de solaz en diferentes momentos de su vida. Desde su madre, de quien prefiere no hablar, pero que lo recorre en cada palabra y en cada evocación . Mujeres que lo marcaron en su vida y en su trayectoria literaria.
También mujeres que lo persiguieron en sus sueños febriles, contándole sus penas, sus angustias y sus dolores de parto existencial. Mujeres que retornan una y otra vez en su palabra, habitándolo en cada pliegue de las hojas en blanco, moviendo sus dedos, su pluma, su memoria.
Mujeres que ve “perderse calle abajo como las heroínas de la historia patria, me dicen que no la dejaron llegar hasta la barricada que ellos habían montado, y que la agujerearon tanto que cuando papá la recogió solo supo que era su mujer porque todavía seguía oliendo a esperanza “.
Son sus mujeres, que siempre lo rodearon hasta hacer de él ese niño invencible que una vez crecido las buscó desesperadamente en otros rostros y en otras manos. Desde Gertrudiz, La Potes, hasta Pilar Narvión, sin olvidar a Rubiéla Pérez Castillo que entre códigos y leyes lo “iluminó con su serenidad en los momentos de gloria y en los duros episodios a los que fui sometido…”.
En contraste con el título del texto “LAS. MUJERES DE LA MUERTE “, en su sentido epílogo a la edición de 2024 lo transmuta en un verdadero sentido a la vida. Una especie de confesión laica que nos obliga a mirar hacia ese paisaje de manos femeninas que lo tejieron con sus risas y ensueños, bien podría leerse como LAS MUJERES DE MI VIDA.
Historias de vida y muerte, de huída y reencuentro. Doce historias y un epílogo. Bien lo señala el escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal: “Este libro lo merecen las mujeres, las que quedaron viudas o huérfanas, las que no cayeron junto a sus padres, sus maridos o sus hijos, en las guerras que hemos vivido”.
También las que lo habitan, las que nunca murieron y lanzan permanentemente sus voces desde ese lugar que se asemeja al cielo y no es otra cosa que la memoria. Todas ellas y en especial las que nos miran con los ojos que nunca olvidan.
Un libro de mujeres para espantar la angustia de sentirse parte de ellas en su misma ausencia.

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