Apolo, el dios griego que encarnaba en sí mismo la deidad de la poesía y de la curación de las enfermedades, quizá representa mejor que nadie a aquellos seres que, como Luis Enrique Fierro, han sabido conjugar la expresión poética, la sintiente, la que nace del alma, de la sangre y de la piel, contenedores del espíritu, como anota María Zambrano, así como el arte de la sanación de cuerpos, en el bello ejercicio de la medicina, profesión que optó, sin duda alguna, para cumplir con su plan de vida. Y es que aunque pareciera rara dicha combinación, digo la de sanar cuerpos y la de alentar espíritus, en sí mismo encierran una conjunción de cóncavo y convexo que permite crear un círculo perfecto; el médico se preocupa por la salud física, buscando que haya una armonía de las partes que lo componen para que el ser humano esté sano; el poeta, a su vez, ahonda en el espíritu propio para poder extraer la palabra sintiente, para volverla sangre, fuego que recorre la piel, hasta brotar en el poema que exalta a quien lo lee o escucha.
Esta nota es parte del archivo histórico de Página 10.
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