Luis Enrique Fierro, sanador de cuerpos y alentador de espíritus

Apolo, el dios griego que encarnaba en sí mismo la deidad de la poesía y de la curación de las enfermedades, quizá representa mejor que nadie a aquellos seres que, como Luis Enrique Fierro, han sabido conjugar la expresión poética, la sintiente, la que nace del alma, de la sangre y de la piel, contenedores del espíritu, como anota María Zambrano, así como el arte de la sanación de cuerpos, en el bello ejercicio de la medicina, profesión que optó, sin duda alguna, para cumplir con su plan de vida. Y es que aunque pareciera rara dicha combinación, digo la de sanar cuerpos y la de alentar espíritus, en sí mismo encierran una conjunción de cóncavo y convexo que permite crear un círculo perfecto; el médico se preocupa por la salud física, buscando que haya una armonía de las partes que lo componen para que el ser humano esté sano; el poeta, a su vez, ahonda en el espíritu propio para poder extraer la palabra sintiente, para volverla sangre, fuego que recorre la piel, hasta brotar en el poema que exalta a quien lo lee o escucha.

Luis Enrique Fierro conjuga lo uno y lo otro, ha sabido, como anotaba Aristóteles, hacer doble expresión del Pharmakón, que en su significancia prístina evoca al remedio,  al veneno, al antídoto, a la cura de un mal. ¿Y es que acaso la poesía no implica una pócima que remite al receptor una poción mágica contenida en la palabra, para espantar los males, y porque no, acaso para atraerlos también?

Conocí a la obra antes que al autor, allá en mi querida Tebaida, como llamara don Juan Montalvo a Ipiales,  cuando gracias a la camaradería de los amigos me permitieron leer los poemas de Luis Enrique Fierro, luego tuve la fortuna de escucharlo de viva voz, como decían los abuelos y, finalmente, pude estrechar la mano del galeno que se volvió amigo, hermano en la palabra poética. Compartimos ese Sur/Norte de los Pastos, que forman una sola patria y un solo territorio, compartimos los sueños expresados en la metáfora del vino y el canto en medio del bullicio de las palabras de los amigos en tertulia contenida en la amistad, rompiendo todas las barreras de frontera, porque entonces y hasta ahora nos sentimos un solo pueblo.

Las fronteras, querido amigo, tu bien lo sabes, parten de las limitantes del ingenio y de la candidez de quienes quieren sacar provecho propio de todo. Tu poeta-médico amigo, has permitido con tus palabras y tus actos, hacernos entender que el Rumichaca no separa sino que une, que es gozne antes que limite, por eso tu palabra contiene la palpitación de un pueblo hermanado, unido, forjado con una historia que nos es común, por hombres y mujeres sencillos que no simples, puros que no ingenuos, por eso tu canto incorpora

a la gente más sencilla de su pueblo

con ellos y por ellos,

buscó la luz

en la inmensa soledad de la palabra

Gracias bardo amigo, por permitir esta unión, que nos hermana constantemente, gracias por permitirnos volver la mirada sobre el Kinde que nos encanta y nos conduce por el mágico sendero de los Pastos, ascender por el  Cueche y llegar al universo de la palabra poética. Por eso esta no es una despedida, de nadie, de nada, es un encuentro más, para afianzar la camaradería, para evocar los buenos recuerdos, para espantar con vinos y tardón del Mira las malas rachas. La poesía, hecha de piel y de carne, en un desgarramiento de lo que queremos ser, nos volverá a reunir más pronto que tarde, en donde estemos, desde donde estemos y con quien estemos. Saludos hermano poeta.

  1. MAURICIO CHAVES-BUSTOS

8 de julio de 2022

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