Matices de vida sobre el gris

Dicen que las paredes hablan (y son muy elocuentes), expresan lo que el transeúnte se calla, lo que el miedo impide su elocuencia. Son parlantes que hablan por las multitudes inconformes reprimidas mediante balas de goma, y en ocasiones balas de plomo de aquellas que silencian la vida. Los muros no son solo para contener la arquitectura urbanística, son para darle vida a la ciudad cuando el ciudadano pasa de prisa a llevar una misión precisa.

Son mensajes que protegen la vida, que llaman a acabar con la barbarie; ferviente clamor para que los crueles entiendan de una vez por todas que la vida está en los jardines floridos, en las escuelas populares, en las ciudades y en los campos coloridos. Hablan las paredes porque al pueblo le están pisoteando su dignidad; le están cerrando las puertas de la luz del conocimiento y sometiendo a un estado de iniquidad.

El hambre, la usurpación, la falta de oportunidades de educación y trabajo lleva a que sean multitudes quienes salgan a las calles a corear su descontento. Múltiples formas para hacerse escuchar porque muchas son las motivaciones: así lo exige el momento. La balanza está inclinada de manera desproporcionada en favor de los más poderosos, eso es lo que hace que el pueblo una sus manos y brazos vigorosos.

Quieren silenciar las voces de denuncia que se plasmaron en los muros de la quinta; para ello pagan a obreros y policías de civil para borrar el mensaje que expresa la bella tinta. Taparon los murales con un opaco color con el que quieren borrar la vida de un plumazo, creyendo que apagarían el sol y el recuerdo de Alison, la chica que terminó su vida por culpa de un pelmazo.

Esparcieron gris, como gris es su conciencia. Les encandila el color y el llamado a responder por la vida y las violaciones. Ellos actuaron con cobardía por eso no se inmutan ni con cánticos ni con poesía. Aman el gris del plomo (porque plomo es lo que hay), no les conmueve el verde del campo ni los colores del iris de los cielos. En nombre de su dios generan terror, disparan a mansalva por el hecho de ser ‘gente de bien’, o como dicen, de la ‘jay’.

Ellos no entienden, no los culpo, no conocen de arte, solo quieren acumular dinero como una obsesión. Por eso escogieron el gris, por que su vida es plana; ignoran lo refrescante y placido que es meterse en una obra de arte surgida de la mente reflexiva, crítica y creativa de un artista urbano que se enamora de su ciudad.

Ponerse del lado de la vida implica color, esperanza y dulzura. Un llamado ferviente a no claudicar en un propósito único: que cada vez que la gente pase, se le recuerde que una vida se marchitó por acción de un agente carente de conciencia, porque le robaron hasta su personalidad. Ellos aman las flores marchitas, campos desérticos, los árboles arrasados, la hierba pisoteada y las flores en ausencia de las aves.

Ellos actúan en nombre de Jesucristo y maldicen a su hermano como mandato de su fe. Juran silenciar a quién pide lo que le pertenece porque se lo ganó con el sudor de su frente. Estos amantes del plomo dirán que el que se moviliza es un hereje, puesto que les molesta que el tránsito sea más lento. Tienen el perfecto pretexto de pecar y rezar para quedar a tablas con Dios.

Mientras que la voluntad popular indicará el camino de la creatividad, del amor a la naturaleza, de la defensa de lo que es patria auténticamente, representado en soberanía y justicia. La voluntad popular quiere murales coloridos. Son multitudes las que defienden los contenidos de vida que expresan estos gigantes lienzos.

El pueblo quiere más inteligencia artística y menos inteligencia militar. El arte y la ciencia permiten el desarrollo de la nación, el exceso de pie de fuerza solo concentra el poder económico en plutócratas, y no es ningún delito pedir bienestar para el que trabaja. Amos y señores del gris plomo, pierden su tiempo al querer borrar el arco iris, porque el color resurge en los espíritus de quimera.

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