El populismo es una herramienta eficiente porque simplifica los grandes debates a la exacerbación de emociones, frustraciones o resentimientos. Es el ejercicio emocional de un deber democratico ciudadano, que se instrumentaliza en todos los espectros ideológicos. Sin embargo, el candidato populista de derecha Abelardo de la Espriella, ha evidenciado en las últimas semanas una versión particularmente peligrosa de ese fenómeno: una masculinidad autoritaria que convierte la agresividad, la humillación y el desprecio por las diversidades en espectáculo político.
Un sector de la opinión pública se ha referido al candidato como un representante de una derecha basada en el espectáculo mediático que lo lleva a comparar con fenómenos políticos como Trump y Milei: liderazgos hipermasculinizados que sustituyen deliberación por provocación y discurso violento en identidad.
Sin embargo, el hecho que sea uno de los tres candidatos con mayor opción también revela mucho sobre los valores y principios éticos que son aceptados en una sociedad colombiana, que asiste expectante un debate público donde la agresividad ha sido convertida en capital político.
Esta línea de acción del candidato Abelardo de la Espriella,lo ha encaminado incluso a señalar a quién debería ser su aliada natural en una segunda vuelta, como un liderazgo débil frente a la construcción performática del “macho alfa” como símbolo de autoridad. Y ahí aparece uno de los mecanismos históricos del patriarcado en política: hacer que el poder masculino parezca más confiable que la autoridad femenina.
Su embestida contra Paloma, se explica más en su machismo que en su postura política. Ambos, tienen agendas políticas que buscan invalidar simbólicamente la existencia de quienes consideran distintos y se han manifestado en contra de los derechos de ciertos derechos de las diversidad y la autonomía de las mujeres.
Sin embargo, el éxito de la estrategia de Abelardo contra la candidata Paloma, sí evidencia otra verdad que no por ser incómoda es nueva: Las mujeres en política enfrentan exigencias imposibles. Deben demostrar firmeza, pero no demasiada porque entonces son catalogadas como arrogantes. Deben ser sensibles, pero jamás frágiles. Deben ser extraordinariamente inteligentes, pero con una prudencia milimétrica para no incomodar. Mientras tanto, a los hombres agresivos se les premia el exceso bajo la etiqueta de “carácter”, “autoridad” o “liderazgo fuerte”.
Y es precisamente ahí donde el populismo macho encuentra terreno fértil.
El éxito político de Abelardo no puede explicarse únicamente por una lectura precisa de las emociones de su electorado. Su crecimiento también expresa la validación —o al menos la tolerancia— de un modelo de masculinidad autoritaria que premia la agresividad, ridiculiza la sensibilidad y asocia el liderazgo político con dominación. Los ataques machistas y homofóbicos no son errores espontáneos sino parte de un repertorio político funcional.
Un repertorio que ha entrado a reforzar la construcción de su imagen pública como abogado poderoso y vencedor, bajo una teatralidad de lo que puede llamarse socialmente “éxito”, aunque su fortuna se haya construido a partir de un listado de clientes que incluye figuras asociadas al poder sin limites, paramilitares, parapolítica, economías ilegales y corrupción, hechos que no generan cuestionamiento sobre su calidad profesional pero que sin embargo si generan una pregunta: ¿es la vara ética desde la cual pretende construirse un liderazgo presidencial?
El episodio con la periodista Laura Rodríguez merece un análisis particular. Minimizar el acoso sufrido bajo argumentos como “no era para tanto” revela precisamente el problema de fondo. La violencia de género no depende únicamente de la existencia de un delito; también opera mediante dinámicas de poder, intimidación y dominación simbólica. Cuando el poder utiliza el cuerpo, la incomodidad y la humillación como mecanismo de dominación, entonces sí estamos hablando de masculinidad y poder. Aquí, la política convierte la humillación en espectáculo, la violencia simbólica deja de ser anecdótica y empieza a normalizarse socialmente.
Lo mismo ocurre con los ataques homofóbicos contra Juan Daniel Oviedo. Tampoco son espontáneos. Responden a la misma lógica heteropatriarcal que asocia todo aquello que se salga del modelo tradicional de masculinidad con incapacidad para liderar, gobernar o ejercer autoridad.
Ese es el verdadero riesgo del populismo macho: no solo endurece el discurso político, sino que instala culturalmente la idea de que los derechos, las diversidades y las agendas de igualdad son amenazas frente a las cuales debe restaurarse un orden masculino tradicional. Vale la pena preguntarse: ¿hasta dónde puede convertirse en cómplice de una cultura política machista, homofóbica y violenta?
El problema de fondo no es solamente Abelardo de la Espriella. El problema es una sociedad que todavía encuentra tranquilizador al hombre fuerte, incluso cuando su fuerza depende de humillar o agredir a otros.
Y ese es quizás el síntoma más preocupante del populismo macho.
*Conny García-Figueroa
Abogada, Magister en Derechos Humanos y Justicia Constitucional
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