Psicología deportiva

Por: José Arteaga

(Twitter: @jdjarteaga)

Cuentan que en la novena etapa del Tour de Francia de 1957, Federico Martín Bahamontes, llamado con justicia “El Águila de Toledo” y uno de los mejores escaladores de siempre, se bajó de la bicicleta y dijo que no corría más. Se quejaba Bahamontes de un dolor en el codo supuestamente provocado por una inyección de calcio que le había aplicado su técnico Luis Puig. Según los médicos, dolor, de haberlo era mínimo, pero Bahamontes se retorcía gritando y no hubo poder humano para convencerlo, así que se retiró dejando a todos con la boca abierta. “Lo nunca visto”, se dijo entonces.

Las relaciones de Bahamontes con su entrenador eran pésimas, tanto que este último tuvo que renunciar tiempo más tarde. Y tampoco eran buenas con su compañero de equipo, Jesús Loroño Arteaga, a quien acusaba de ser el favorito del equipo y al que le perdonaban todo. “No comeré en la misma mesa que él”, solía decir. Bahamontes protagonizaría un nuevo berrinche en el Tour de 1958. Tras una pelea con el ciclista Antonio Suárez, se encerró en su habitación de hotel y dijo: “Mañana no salgo”. Y otra vez una tarde entera para convencerlo. En 1959 Bahamontes ganó el Tour de Francia.

Ciclistas obstinados ha habido siempre, problemáticos también, y dados a la rabieta como forma de expresar su inconformidad igualmente.

En la Vuelta a España de 2003, Óscar Sevilla, de Kelme, escuchó la orden de su entrenador Vicente Belda de no atacar y esperar más bien a Alejandro Valverde, y se puso furioso. Se quitó el auricular y lo tiró a la cuneta. En la Vuelta de 2019 Marc Soler, de Movistar, recibió la orden de esperar a Nairo Quintana que venía detrás. Se puso histérico. Daba manotazos y gritaba enfadado. Tardaron en reconducir su accionar.

En la Red Hook Criterium de Milán de 2016 el ciclista neoyorquino Jeremy Santucci se cayó. Se levantó, cogió su bicicleta y la empezó a golpear contra el suelo hasta destrozarla. Como un rockero con su guitarra o un tenista con su raqueta. “Cuando tu corazón va a más de 190 pulsaciones y ves que después de entrenarte todo el año te caes, las emociones te dominan”, explicaría más tarde.

Con todo lo anterior quiero decir que los equipos profesionales muy raras veces ponen en un papel relevante la psicología deportiva. Para la mayoría puede que se tenga en cuenta, pero no deja de ser secundario. Cuando se contrata a una estrella, primero están otros aspectos: financiero, físico, técnico, logístico, y mucho después está lo psicológico. Se da por entendido que el deportista está sano mentalmente y no tendrá problemas o que, si los diera, estos no serían relevantes. Se piensa que quien lo debe educar para que no tenga rabietas es la familia.

El caso de Miguel Ángel López, “Superman”, en la pasada Vuelta a España donde abandonó la carrera completamente obcecado, se une a otros hechos protagonizados por él mismo anteriormente (en el Giro de 2019 se peleó con un aficionado en plena carretera, por ejemplo), y evidencian una falta de trabajo en tal sentido. Hoy el mal está hecho. El ciclista hizo lo que hizo y pecó por ello, debiendo asumir todas sus consecuencias. ¿Se podía haber evitado? Por supuesto.

En medio del escarnio público y de la hoguera mediática en cuyas redes sociales se le quiere linchar, una voz autorizada me ha llamado la atención. Es la del ex ciclista y comentarista deportivo Joaquim “Purito” Rodríguez, quien dijo: “Estamos viendo que últimamente varios deportistas están viviendo este problema psicológico de no aguantar la presión y la verdad que en este caso creo que lo peor que podemos hacer es echarle la culpa al corredor, y pensar un poco en ayudarlo mejor”.

Purito hacía referencia, obviamente, a la atleta estadounidense Simone Biles, la gimnasta más laureada de todos los tiempos, que prefirió no competir en las pruebas más importantes de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, alegando problemas de salud mental. “Desde que entro al tapiz, estoy yo sola con mi cabeza, tratando con demonios en mi cabeza”, dijo, y su decisión ha sido aplaudida universalmente.

Catalina Sarrabayrouse, del diario Olé, se preguntaba a propósito de esto, “¿Se entrena la cabeza? ¿Se pueden hacer ejercicios mentales para mejorar el rendimiento de un atleta?”. Y sacaba a relucir el caso del portero argentino Emiliano Martínez “que cuando el Aston Villa decide comprarlo le pide a su psicólogo en el Arsenal que lo acompañe”.

Volviendo al caso de Superman, la rabieta no es un problema psicológico en si mismo, pero si es la ventana de algo más profundo. Según se sabe, las rabietas en adultos son muy comunes, aunque menos visibles que las de los niños. Cuando las vemos, solemos decir que esa persona se ha portado como un bebé y defenestramos a dicha persona. Pero todos escondemos un niño dentro y nadie está exento de una crisis emocional.

Un deportista debería llegar a la élite con toda la preparación deportiva, física y mental completa. Para eso sirven las escuelas de formación y los clubes amateurs, para controlar el estrés en el deporte y llegar a competir sabiendo cuales son los límites de resistencia de cada persona. Pero hay algo que no estamos haciendo bien y estos casos lo demuestran. Y me temo, además, que el caso de Superman será el primero de muchos que veremos en un futuro inmediato.

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