Sobreviviendo a las redes sociales

Por muchos años se recordará a este 4 de octubre como el “lunes negro de la era digital”. El hecho de que por mas o menos 6 horas se haya paralizado prácticamente la comunicación a nivel global por la caída de WhatsApp, Facebook e Instagram, no sólo representó una debacle para el patrimonio de Mark Zuckerberg en casi 6 mil millones de dólares (1.000 millones por cada hora de ausencia), sino que además nos hizo sentir que la vida se detenía, el aire a muchos les comenzó a faltar y el fantasma del confinamiento, que hace un año se manifestó con fuerza en nuestras casas, ahora se posaba ahora en nuestros dispositivos móviles. Este corte abrupto en la disponibilidad de redes sociales tan importantes para la existencia y su devenir, nos ha hecho recapacitar sobre las formas de comunicarnos y de interactuar, y de cómo determinar de mejor manera las prioridades de la vida misma.

Que fácil puede ser caer en la tentación de alimentar sin medida a ese gran monstro llamado redes sociales. Facebook, Twitter, Instagram, Tik tok, YouTube y un sinfín de otros tentáculos que este gran leviatán postmoderno nos muestra son el reflejo de la superficialidad que nuestras sociedades están experimentando por estos días. Desde ningún punto de vista estoy en contra de la tecnología y de lo que esta hace a favor de la generación de bienestar y calidad de vida, así como la gran oportunidad que nos brinda de poder compartir con otras personas mensajes e ideas superiores, de ánimo, de consuelo para aquellas que no la están pasando bien. Lo que me preocupa es ese desmedido afán que muchas de las nuevas generaciones, que se les conoce ahora como “nativos digitales”, experimentan por mostrar una cara muchas veces falsa e ilusoria de felicidad a otras personas, cuando por dentro la cosa es totalmente distinta.

El filosofo surcoreano radicado en Berlín, Byung Chul-Han, en su libro “La sociedad de la transparencia”, nos habla de la inclinación a exponernos en las redes, un hábito que Han compara a la pornografía y que es “contagioso y ficticio”. Han nos dice que las redes sociales “solo quieren presentarnos aquellas secciones del mundo que nos gustan”, ocultando esa realidad de lo distinto y lo desencantador que puede llegar a ser la pobreza, la depresión, el cansancio, la apatía y las ganas de no vivir más. Nuevamente, este mensaje no es un llamado distópico y fatalista sobre la tecnología y sus alcances sobre el ser humano y su psiquis, es más bien un grito de auxilio a todas aquellas personas que luego de postear y postear y postear un sin número de veces en decenas de páginas y espacios virtuales cada día, y que al ver que no logran los “me gusta” o los “vistos” o los “compartidos” que anhelaban, caen en un torbellino de desesperación y descontento.

No lo permitan, la vida no es la que está encerrada en ese pequeño dispositivo con una pantalla de retina y una cámara de 50 megapíxeles, la vida es la que está pasando al lado tuyo mientras mantienes la cabeza clavada y encallada sin sentido. Necesitamos volver a ese momento en el que la tecnología y sus avances le sirven al ser humano y no que el ser humano se convierta en un esclavo más de las redes sociales.

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