Therians, cuando el delirio se disfraza de autopercepción

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Por Tirso Benavides Benavides

En estos días al buscar noticias uno no sabe si está ante un medio de comunicación o ante un manual de psiquiatría. Al escribir estas líneas me auto cuestiono, ¿estoy haciendo periodismo de opinión o dándole más pantalla a un delirio viral? Es el dilema del columnista ante las modas del algoritmo. Al señalar el incendio, a veces terminamos dándole el oxígeno necesario para que algún desorientado decida sumarse a una tendencia. Sin embargo, el fenómeno de los therians ha alcanzado tal nivel de exposición que el silencio puede parecer complicidad, especialmente cuando la salud mental de los jóvenes está en juego.

Estamos ante un fenómeno en el que algunos han decidido que la condición humana es un traje que le queda grande y que es mejor buscar el sentido de la vida disfrazado de animal.

La etimología, que tanto sirve para entender conceptos nos dice que el término, proviene del griego therios (fiera) y el sufijo an (de anthropos). Es decir, el “hombre-fiera”. Pero no se confundan, que aquí no hay elegancia mitológica ni licantropía mística; no esperen transformaciones poéticas bajo la luna llena, sino un extravío de la autopercepción donde el individuo afirma que su ADN es un error.

Aunque este peculiar colectivo se ha hecho popular en esta semanas, esta fauna viene reptando desde los años noventa en todas las redes sociales. Pero existen matices, para que no haya confusión: mientras el furry juega a disfrazarse por afición, el therian reclama que su “yo” profundo es un animal atrapado en una anatomía humana. Ya no es un simple juego de roles, es una convicción que raya en lo clínico y que hoy nos regala titulares de comedia negra: jóvenes exigiendo atención veterinaria o mordiendo a los transeúntes mientras emiten gruñidos.

Dicen los psicólogos que la adolescencia es el campo de batalla de la identidad, pero lo que vemos aquí es una preocupante falta de identidad. Cuando el joven no logra integrar sus valores y metas en un “yo” sólido, el vacío es llenado por cualquier narrativa externa, por absurda que sea. Otros no tan estudiados opinan que hace falta la mano dura, el fuete, esa herramienta pedagógica de antaño que podría ser efectiva para recordar que lo normal es andar en dos patas.

En este caso, el refugio es el comportamiento animal: el joven adopta hábitos de otra especie para evadir la angustia de ser humano. Para algunos esto es apenas una moda, u otra tribu urbana más. Pero si observamos este comportamiento sin el filtro de lo políticamente correcto, lo que vemos es una psicosis evidente, un cuadro de esquizofrenia o de otra enfermedad mental mal atendida que se disfraza de “estilo de vida”.

Y es que hoy la autopercepción se ha convertido en el comodín de una baraja donde la realidad biológica no tiene valor. Hemos abierto una caja de Pandora donde el “yo me siento” anula al “yo soy”. En temas de género es tal vez en donde más se ha aceptado socialmente este concepto, en donde también se ha prestado a exageraciones en el ejercicio del derecho al libre desarrollo de la personalidad.

Si la moda es percibirse como se nos dé la gana, en unos años, yo mismo, podría decidir autorreconocerme como mujer, no por una crisis de identidad, sino para pensionarme más rápido. Si alguien puede ser un zorro, ¿por qué yo no puedo ser una jubilada anticipada, feliz y barbada? Al final, el abuso del derecho parece ser la única “identidad” que todos comparten.

Como la globalización de la estupidez es el único servicio que funciona con puntualidad suiza en este país, el fenómeno ya aterrizó en nuestra tierra. Se dice que en Pasto y en Ipiales se realizarán encuentros de estos nuevos cuadrúpedos.

Si vamos a llegar al extremo de copiar estas modas absurdas para llenar nuestro vacío existencial, al menos exijamos un mínimo de coherencia regional. Si sientes que tu alma no es humana y quieres salir a corretear por los jardines del Parque Rumipamba, o los alrededores del Gran Plaza ten la decencia de no ir de lobo siberiano ni de lince europeo… Disfrázate de cuy, así, al menos, los nariñenses sabremos exactamente qué hacer contigo cuando llegue la hora del almuerzo.

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